Por. Gerardo Flores
La política mexicana, siempre tan propensa a la tragicomedia, ha producido una nueva subespecie de actor público: el influencer del amarillismo político. No legisla, no organiza, no propone, no construye —pero sí sube stories, graba lives, edita clips, arma reels y produce una estética permanente de crisis. En Michoacán esa categoría tiene apellido: Valencia.
El registro no es accidental. Mientras otros partidos intentan recomponer programas, cuadros o alianzas, los Valencia entendieron que en la guerra por la atención el contenido vale más que la estructura, la primicia vale más que la veracidad y el drama vale más que la responsabilidad. No hay estrategia territorial ni institucional, hay estrategia de enganche: hooks, cliffhangers, acusaciones, víctima, villano, persecución y al final el infaltable “mañana les cuento más”.
La figura central es Memo Valencia, que encontró en la inseguridad el formato perfecto para triunfar en una economía de clics. Desde el Congreso podría hacer algo más que editorializar el horror: reformar leyes, exigir sistemas de protección, auditar presupuestos, coordinar municipios, proponer mecanismos de justicia restaurativa, discutir atribuciones o construir mesas con víctimas y fiscalías. Pero eso no da alcance. El alcance está en convertir el dolor en contenido, y el contenido en capital político.
Sus videos recibiendo víctimas frente a cámaras, su giga-selfie en Tierra Caliente, el “regalo” de una esquirla para Omar García Harfuch, la acusación improvisada contra Leonel Godoy y los constantes episodios donde es él mismo el perseguido, el amenazado, el vigilado. Su narrativa funciona porque explota un viejo recurso del amarillismo: la víctima que es a la vez héroe; el hombre que denuncia, es acosado, pero nunca se rinde. No es política: es branding.
El hermano menor, René, aporta el género de acción. Su episodio más célebre —el atentado en Jarácuaro— tiene todos los elementos de un mal thriller viral: persecución nocturna, quince sicarios, un escape milagroso y una camioneta que sólo recibe dos impactos en la defensa. Ningún herido, ningún detenido, ninguna evidencia más allá del testimonio. Un caso perfecto… salvo que si fuese real, sería un caso perfecto para la Fiscalía, no para TikTok.
A eso se suma otra habilidad: la cobertura en vivo del horror. René siempre tiene la primicia de los hechos violentos en el estado. Siempre llega antes que la prensa. Siempre tiene datos antes que las instituciones. Siempre está informado antes que quienes deberían estar informados. ¿Quién le alimenta el feed? Es una pregunta que nadie formula en público pero que todos comentan en privado.
Pero lo importante es lo siguiente: no estamos frente a ocurrencias sueltas, sino frente a una estrategia de comunicación y supervivencia partidista que tiene un productor ejecutivo: Alejandro “Alito” Moreno. El dirigente del PRI no está jugando por influencia, está jugando por existencia. El PRI llega a 2027 al borde del abismo. Sin alianzas desaparecería en media docena de estados. Perder el registro nacional no es un escenario improbable: es la línea de tendencia.
¿Qué hace un partido que ya no tiene programa, ni cuadros jóvenes, ni proyecto ideológico, ni gobernadores? Produce contenido. Provoca escándalos. Golpea donde sea que haya cámara. Ataca a Noroña en el Senado para fabricar un clip. Viaja a Washington para fingir interlocución internacional. Va a Perú a respaldar un régimen autoritario como si eso le otorgara legitimidad. Una gira internacional del delirio para probar que todavía respira.
Y debajo de ese reality hay otro miedo: la justicia. Con Ernestina Godoy al frente de la Fiscalía General de la República se esfuma la era dorada de la impunidad priista en la capital. Para Alito la estrategia es clara: sobrevivir en los medios ahora para intentar sobrevivir en los tribunales después.
La mutación es reveladora. La política ya no se disputa en el Congreso sino en el For You Page. No en los partidos sino en Telegram. No en los argumentos sino en las emociones. Los Valencia llevan esa lógica al extremo: no hacen política como política, sino como lifestyle de crisis. Son influencers del colapso, creadores de contenido del caos, coaches de la paranoia. No quieren resolver la inseguridad: quieren que la inseguridad les dé engagement.
El problema es que, mientras ellos maximizan alcance, el Estado tiene que gobernar. Mientras ellos hacen lives desde escenas del crimen, las instituciones trabajan sin reflectores. Mientras ellos convierten víctimas en utilería, hay familias tratando de sobrevivir al duelo real. Mientras ellos simulan atentados, hay comunidades que sí están sitiadas por el crimen. El país no puede darse el lujo de confundir clips con política.
Detrás de todo reality, incluso los de bajo presupuesto, hay una verdad incómoda: los personajes mediáticos suelen ser patéticos cuando se les quita la cámara. Sin escándalo no hay Valencia; sin Valencia no hay PRI de Alito; sin PRI de Alito hay un sistema que finalmente entierra su viejo lastre. Quizás ha llegado el momento de que Michoacán y México hagan lo que toda audiencia cansada hace cuando encuentra un programa agresivo, vacío y repetitivo: cambiarlo por algo mejor.

