El Gesto de la Cabeza hacia Atrás: Un Signo de Éxtasis Negador en el Discurso de Claudia Sheinbaum
Por. Elena Sombra /Instituto para el Diálogo Humano (IDH)
Desde la perspectiva psicoanalítica, los gestos corporales y faciales no son meros adornos retóricos; constituyen irrupciones del inconsciente que delatan las tensiones entre el yo y lo real.
En este video breve —un clip viral donde Claudia Sheinbaum interrumpe una interacción para autoelogiarse—, observamos una secuencia que culmina en un momento particularmente revelador: el gesto final donde, al mencionar el “bacheo de calles”, echa la cabeza hacia atrás con los ojos abiertos de manera exagerada, como si experimentara una especie de éxtasis ante su propia narrativa.
Echar la cabeza hacia atrás equivale a un retroceso físico ante la confrontación; abrir los ojos de par en par, a una hipervigilancia selectiva que ve solo lo que confirma la fantasía.
El video comienza con Sheinbaum en un entorno de conferencia o mañanera, respondiendo a un reportero. En lugar de sostener el diálogo, decide “echarse flores” a sí misma: enumera logros y, en un punto, aplaude, un autoaplauso que parece dirigido tanto al público presente como a su propia imagen idealizada.
Este gesto de aplaudirse a sí misma no es solo narcisista en el sentido vulgar; psicoanalíticamente, evoca la autoafirmación defensiva del yo frente a una percepción de amenaza externa (la pregunta del periodista).
Es un intento de reforzar el narcisismo primario, ese estado donde el sujeto se basta a sí mismo, ignorando la falta inherente al deseo del Otro. El aplauso resuena como un eco vacío: ¿quién aplaude realmente? ¿El público, o el yo que necesita validación constante para no confrontar la realidad?
Pero es el clímax final el que concentra la mayor carga simbólica. Al referirse al bacheo de calles —un tema prosaico, cotidiano, ligado al deterioro visible de la infraestructura urbana en muchas ciudades mexicanas—, Sheinbaum realiza un movimiento de cabeza hacia atrás acompañado de una apertura extrema de los ojos.
Este gesto, lejos de ser neutro, puede leerse como una expresión de sorpresa placentera o de arrobo, casi orgásmico en su exageración. Los ojos se abren desmesuradamente, las cejas se elevan, y la cabeza se inclina hacia atrás en un arco que expone el cuello: una postura clásica de abandono gozoso, reminiscentes de las descripciones freudianas del éxtasis histérico o del jouissance lacaniano.
En el contexto de la negación, este gesto adquiere un significado profundo. El bacheo —símbolo tangible del abandono, de lo que la realidad impone como agujero en el tejido social— se transforma, en su discurso, en un triunfo personal.
La cabeza hacia atrás y los ojos abiertos exageradamente no expresan mera satisfacción; revelan un momento de desconexión radical con lo real. Es como si, al evocar esta “hazaña” mínima en medio de problemas estructurales mucho mayores (violencia, desigualdad, crisis económica), el inconsciente irrumpiera en un gesto de puro goce: el placer de habitar un mundo donde incluso los baches se convierten en logros espectaculares.
La apertura ocular exagerada sugiere una dilatación del campo perceptivo hacia lo imaginario, donde el “país maravilloso” se hace visible solo para ella, mientras lo real (calles rotas, ciudadanos frustrados) queda fuera de foco.
Este gesto final no es patológico en sí mismo, pero sí sintomático de una estructura defensiva más amplia: la escisión entre el yo idealizado (la presidenta que todo lo resuelve) y la realidad que resiste esa idealización.
Echar la cabeza hacia atrás equivale a un retroceso físico ante la confrontación; abrir los ojos de par en par, a una hipervigilancia selectiva que ve solo lo que confirma la fantasía. En términos lacanianos, es el instante en que el sujeto se entrega al significante amo (“transformación”, “progreso”) para evitar el encuentro con la falta.
Este análisis no pretende reducir la complejidad de una figura pública a un diagnóstico; busca, más bien, iluminar cómo los líderes —como cualquier sujeto— navegan el conflicto entre deseo y realidad mediante gestos que traicionan más de lo que comunican.
En un México donde los baches no son solo físicos sino metafóricos de promesas incumplidas, este gesto invita a preguntarnos: ¿qué goce se protege al negar lo evidente? ¿Y cómo, desde el diálogo responsable, podemos ayudar a que lo real emerja sin destruir la ilusión necesaria para gobernar?
