Sinaloa, El último cártel

José Luis Montenegro / La Opinión de México

El 25 de abril de 2025, le pregunté a Camilo Ochoa –mejor conocido como “El Pollo Loco” o “El Alucín–, exintegrante del Cártel de Sinaloa: “¿Quién iba ganando la guerra entre los herederos de Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán e Ismael ‘El Mayo’ Zambada?”; y respondió sin tapujos: “La guerra armada, en campo, la va ganando Iván Archivaldo Guzmán Salazar; mientras que la batalla mediática, sin duda, el claro vencedor es Ismael Zambada Sicairos, “El Mayito Flaco”.

El hombre que, en su momento, supuestamente lideró una célula importante de la organización del Pacífico en Mazatlán, ofreció una entrevista exclusiva y detalló que “La Mayiza” tiene cuentas de redes sociales propias y canales de YouTube aliados como “Ocran Leaks” y “Grillonautas”, a través de los cuales envían mensajes para “hacerle creer a la población que ‘La Chapiza’ es el cártel responsable de ciertos tiroteos y matanzas, principalmente, en el estado de Sinaloa”.

En el encuentro, “El Alucín” justificó el ‘modus operandi’ de “La Chapiza” y contó que cuando Joaquín Guzmán se encontraba en libertad, “en el estado [de Sinaloa] no había secuestros y estaba prohibido matar gente sin antes corroborar que se tratara de algún enemigo o traidor de la organización”. Como si el destino de los sinaloenses estuviera subcontratado a las acciones, buenas o malas, generosas o despiadadas, pero eso sí, “siempre justas” de los capos, según ellos mismos; el otrora miembro del crimen organizado contó que “Los Chapitos” no traficaban fentanilo ni atacaban comercios de los ciudadanos, pues eso “solo implicaba ser injusto con la gente que había trabajado por obtener dicho patrimonio”.

A todas luces, el testimonio de Ochoa parecía más una especie de campaña de relaciones públicas a favor de la familia Guzmán, que un intento razonable por cuestionar la presencia y complicidad, histórica, de la delincuencia organizada con la clase política en la entidad.

La batalla mediática era más que evidente. Bastaba con darle clic a cualquiera de las siguientes cuentas en X (antes Twitter): @SinaSinFiltro, @HEARST_BB, @CuliacanazoNews, @untalculiacan, @FuriaNegra77, @joshua30523343, @ELNAYARITA8248, @clnactivado_1, @Eco1_LVM, entre muchas otras; para apreciar cómo todas, sin excepción, estaban empecinadas en narrar desde su trinchera quiénes eran los responsables de los asesinatos, ataques a negocios locales, tiroteos, cobros de piso y un sinfín de delitos más. De manera sorprendente, la ciudadanía respondía de manera favorable cuando “La Mayiza” justificaba que ellos no habían sido los autores intelectuales o materiales de los hechos, a pesar de que sí ejecutaban dichas acciones criminales.

Por su parte, “La Chapiza” intentando contener los daños y, en algunas ocasiones los infundios, comunicaban días después a través de algunas de sus redes sociales, que ellos no habían sido los responsables. Para ese momento, ya era demasiado tarde. “La Mayiza” sabía que, “el que pega primero, pega dos veces”. Los hermanos Guzmán tenían que conformarse con ejecutar a otro rival y, aclarar a través de una ‘narcomanta’ que ellos no habían realizado tal o cual acción difundida por “La Mayiza”. Un sistema de dimes y diretes del hampa que generaba más confusión y, por supuesto, más violencia.

Si bien, históricamente, los gobiernos de Estados Unidos y México han utilizado la “narconarrativa” para enmarcar a un grupo conformado por dos o más personas dedicadas al trasiego de drogas en el vocablo “cártel”, así como catalogar a los líderes de estas organizaciones como “capos”, y nombrar a la lucha emprendida por el Estado en contra de estos como “guerra contra las drogas”; también los delincuentes han contribuido a la percepción de la delincuencia organizada a través de expresiones como “Culiacanazo”, refiriéndose al arquetipo de violencia que desata una organización sitiando una comunidad, poblado e, incluso, un estado, para defender los intereses de dicha mafia. Por eso, a nadie sorprende que sean los propios capos, los que ahora envíen mensajes dirigidos o semidirigidos a sus propias audiencias o internautas que, no solo gustan de enterarse sobre los actos criminales de “sus cárteles” por morbo, sino tomar partido a favor de uno de ellos.

De forma extraña, los culiacanenses, mazatlecos, mochitenses y otros, han adoptado los neologismos del crimen organizado en su vida diaria; tales como “alucín”, persona que aparenta pertenecer a una organización criminal y no es más que un mandadero o personero de algún capo. Otra más podría ser “sapo”, referido a alguien que es “traidor”; o frases como “te voy a renunciar”, una forma de decir que alguien será “violentado” e, incluso, “asesinado”.

En una clara mimetización, la ciudadanía y los miembros del narcotráfico han provocado la creación y enriquecimiento de productos de entretenimiento relacionados con el crimen, entre ellos, ‘narcocorridos’, ‘narcoseries’ y el ‘narcoturismo’, este último con la exposición de sitios emblematícos que, en muchas ocasiones, han sido el escenario de enfrentamientos o capturas notables: el poblado de Jesús María, donde fue aprehendido Ovidio Guzmán López; el cenotafio de Edgar Guzmán López, en el centro de Culiacán; el arco del poblado de Badiraguato, el lugar donde nació y creció “El Chapo” Guzmán; la necrópolis de Jardínes del Humaya, donde yacen los restos de capos notables como Ignacio “Nacho” Coronel o Arturo Beltrán Leyva “El Barbas”; el memorial de Arturo Guzmán Loera “El Pollo” en Jesús María; por mencionar solo algunos.

La “narconarrativa” obedece a una serie de patrones y conductas en el tiempo que, además de ser nombradas e incluidas en discursos que justifiquen acciones criminales y gubernamentales, son cada vez más recurrentes en un complejo problema político, económico y social, que incluye las alianzas y corruptelas de otro intrincado vocablo también conocido como “narcoestado”. El problema da origen a otro conflicto aún mayor. Como si la podredumbre no fuera suficiente, llega la peste.

Hoy en día, existen al menos tres generaciones de narcotraficantes con total semejanza entre ellas. Todos luchan feroces a su interior, protegen su interés por estar vigentes en el mercado, pero hacia afuera son uno frente al Estado; aunque recientemente se han mimetizado con él. Se relevan en una especie de “pacto vital”, pertenecen a una cultura cuyos miembros llevan en sus genes sentimientos de pertenencia que asumen la aceptación fatal de un destino; aunque eso ya no les garantiza la hegemonía criminal, más bien se han adaptado a un obligado perfil bajo en el hampa para sobrevivir.

Han sido distintas personas: “Don Rafa”, “El Jefe de Jefes”, “Don Neto”, “El Chapo”, “El Mayo”, “El Güero Palma”, “El Azul”, “El Mochomo”, “La Barbie”, “El Guano”, “El Cholo Iván”, “El Mero Mero”, “El Chino Ántrax”, “La Emperatriz del Virus”, “La Reina del Pacífico”, “El Macho Prieto”, “El Licenciado”, “El Mini Lic”, “El Ratón”, “El Gabacho”, “El Alfredillo”, “El Señor Iván”; pero son el mismo agente criminal. El que ha sido capaz de llevar la iniciativa por más de medio siglo. La modalidad criminal se ha hecho evidente y, desde hace algún tiempo, comenzó a democratizarse al hacerse accesible a todos. ¡Todos son “Chapos”, todos son “Mayos”, todos son bienvenidos!

De haber sido una actividad de pocos por allá de la década de los cincuenta o sesenta, pronto vino a ser labor de miles de operadores, con millones de adeptos. Ellos fijan qué, cuánto, cuándo, para qué y por quiénes de la evolución del mundo delictivo. Brotaron en Sinaloa, brincaron a Jalisco, aparecieron en Tamaulipas, surgieron en Guerrero, paralelamente en Michoacán. Se decía que no, pero sí y fuerte en Ciudad de México; son señores de Cancún y crudelísimos en Guanajuato y Zacatecas. Su capacidad de cambio es sorprendente. Ahora son dos facciones: “La Chapiza” y “La Mayiza”, antes conformaban una sola agrupación inscrita en el complejo vocablo: “cártel”. Eligen las futuras zonas de acción; cómo se agrupan, dividen, reorganizan, mueven, asocian o matan; deciden cuáles modalidades de operar les conviene, sus cómplices y víctimas; saben a quiénes van a corromper y cómo; tienen bien definido qué desean ser y hacer a futuro.

Ellos determinan y conducen la lucha contra el Estado o los pactos que se deriven de la afrenta que lleva 50 años, desde la Operación Cóndor, el Gobierno de México ha sido derrotado. Tan derrotado como han sido los muchos gobiernos norteamericanos, desde Richard Nixon hasta Joe Biden; y, muy probablemente, la administración Trump.

La violencia criminal es cada día más orgánica, más sofisticada. La violencia oficial (soldados y policías) crece en crueldad, y la originada en el pueblo se esparce de forma desgarradora. Estamos yendo por la ruta de la normalización, del acostumbramiento social ante el terror. La peor desgracia para México es convertirnos en un país de cínicos. Quizás ya lo somos. Todo rastro del país que deseábamos ser, se habría esfumado. Vivimos en el salvajismo que elegimos o que no supimos evitar.

Badiraguato y las familias Guzmán y Zambada son símbolos de nuestros extremos y claros mensajes de advertencia. Por eso, siguiendo ese arquetipo, a todos podemos llamarles “Chapitos” o “Mayitos”. Si esa es la lección de algo que no hemos podido evitar, es inaceptable; pero útil como referente de un mundo que muy poco ha logrado con las políticas ejercidas.

Bienvenidos a la era del último cártel, está por iniciar la histórica institucionalización del narcotráfico con el Estado.