Iniciación, el fundamentalismo del narco… Fue Nazario Moreno el ideólogo

Por. J. Jesús Lemus/La Opinión de México

Lo perverso y siniestro con lo que hoy se revisten los cárteles de las drogas, no siempre fueron inherentes al crimen. Hubo un momento en que las organizaciones criminales evolucionaron, al grado de deshumanizar a sus miembros para -mediante el terror someter a la sociedad.

La masacre de los mineros de Concordia, los abatidos en un campo de fútbol en Salamanca, los migrantes ejecutados en San Fernando, la masacre de Villas de Salvárcar, todos esos asesinatos, entre otros, tienen un factor en común: el fanatismo de los narcotraficantes.

El fanatismo del que se desprende el terror, con el que hoy todos los cárteles de las drogas han comenzado a someter a la población, tuvo un origen. Fue Nazario Moreno González, el jefe fundador de Los Caballeros Templarios, el que, a través de la iniciación fanático-criminal de sus correligionarios, instituyó la era de terror que hoy mantiene sometida a la sociedad.

El control que como máximo líder del crimen organizado mantuvo Nazario Moreno en la década de 1990 a 2000 sobre el trasiego de drogas, la producción minera y las estructuras de gobierno locales en todo el estado de Michoacán, no hubiera sido posible sin contar con una red de células fieles, obedientes, casi devotas de su persona. 

El efecto causado por su libro “Me Dicen el Más Loco” entre sus huestes fue efectivo: la hermandad de los iniciados dentro del cártel-logia afianzó su identidad. 

Allí se reflejó el aleccionamiento ideológico como resultado de los ritos de iniciación que se constituyeron en forma oficial dentro de todos los grupos que controlaban las plazas de Michoacán entero. Nadie, desde adentro de las células, era capaz de traicionar el principio de lealtad que había jurado.

Los ritos de iniciación, que sólo se daban en la Fortaleza de Anunnaki y siempre con la presencia de Nazario Moreno para encabezarlos en calidad de Gran Maestro, pronto dejaron de ser exclusivos. 

Los jefes de plaza al servicio de Nazario Moreno fueron ordenados en ceremonias especiales, se les otorgaba el rango masónico de Gran Caballero para poder encabezar ellos mismos las ceremonias de iniciación en sus propias localidades. 

El Mito, como modelo de ejemplo

En la mayoría de esas ceremonias se hacían lecturas del libro “Me dicen el Más Loco”; en algunos casos, dejado a la experiencia espiritual del jefe de plaza, el Gran Caballero que ordenaba podía leer cualquier otro texto que considerara conveniente, si se ajustaba a la enseñanza que hacía Nazario Moreno en su propia obra.

En la mayoría de las iniciaciones se utilizaba como texto complementario algún pasaje de la Biblia, a veces la católica, a veces la versión protestante.

Los pasajes más leídos del libro en cuestión eran los que tenían que ver con la infancia de Nazario Moreno. Se hacía hincapié en las condiciones adversas que había tenido que afrontar aquel chiquillo sin escuela y en extrema pobreza hasta llegar a ser “el hombre más poderoso de Michoacán”. 

Hacían apología de su valentía: le gustaba jugar a los balazos y casi siempre ganaba porque se levantaba luego de estar muerto, contaban con emoción muchos de los iniciados. Algunos ex miembros del cártel aseguran que la enseñanza de ese pasaje les salvó la vida; ellos, como Nazario, entendieron las ventajas de verse muertos sin estarlo.

Algunos jefes de plaza entendieron esas palabras como un episodio visionario, asegurando que en ese relato Nazario Moreno predijo de alguna forma su falsa muerte, anunciada por el gobierno federal en voz de Alejandro Poiré, secretario técnico y vocero del consejo de Seguridad Nacional, el 10 de diciembre de 2010.

El discurso del Gran caballero en turno siempre recordaba a los iniciados la sagacidad de Nazario, que en su inocente juego de policías y ladrones siempre se simulaba abatido en la refriega, tenía la paciencia para fingirse muerto y luego remontaba hacia su escondite.

Nazario Moreno siempre fue visto por los iniciados como un padre. Los jefes de plaza lo sabían, por eso era común que las células se reunieran en alguna ocasión en la semana y repasaran el texto del libro “Me Dicen el Más Loco”, en el capítulo tres, donde se lee: 

“Mi madre, en su afán de hacer de nosotros, sus hijos, gente de bien, no atinó más que a corregirnos a base de férrea disciplina, haciéndonos desdichados en nuestra niñez, pues fue tanta su severidad que le temíamos, al grado que le pusimos por sobrenombre la Pegalona. Sufrimos su energía todos los hijos por igual, hombres y mujeres”. 

Esa enseñanza tenía que ver con la obediencia: había que aceptar la férrea disciplina que se daba en las células, donde eran frecuentes los golpes a manera de castigo. Así se ganó Nazario Moreno un mote más entre los iniciados, el del Pegalón, pues muchos conocieron la disciplina de las tablas en las nalgas.

De criminal a Santo

La imponente figura de Nazario Moreno había ganado notoriedad dentro de la cúpula del cártel de los Caballeros Templarios. Pese a que el jefe establecido de la organización era Jesús Méndez Vargas, el Chayo era imponente y carismático. 

Nazario Moreno, desde adentro de la dirigencia del cártel de Los Caballeros, fue respaldado totalmente por Servando Gómez y Enrique Plancarte; consolidaron una alianza de grupo que podía hacer contrapeso a las decisiones de Méndez Vargas cuando no les eran gratas. Méndez se limitó al apoyo que recibía de Arnoldo Rueda Medina y Nicandro Barrera Medrano, quienes se volvieron sus incondicionales.

Nazario Moreno, mediante su estrategia de iniciación hermética, pudo mantener el control del 70 por ciento de las células de la Familia tanto en Michoacán como en Querétaro, Guanajuato, Zacatecas, Chihuahua, Sonora y Baja California. 

La capital del grupo de Nazario era el municipio de Apatzingán, en el corazón de la Tierra caliente; la Fortaleza de Anunnaki fue el centro estratégico de operaciones de las células de la Familia leales al Chayo.

Fue en la madrugada del 6 de diciembre cuando un helicóptero Black Hawk de la Marina ubicó lo que parecía un campamento enclavado en la sierra de Acahuato, cerca de la comunidad de Holanda. 

Se organizó el ataque desde el aire; no hubo enfrentamiento terrestre en la sierra. El ataque fue sorpresivo en punto de las diez de la mañana del 9 de diciembre. Desde lo alto, tres helicópteros artillados dispararon sobre el campamento; la mayoría de los que estaban en el lugar corrieron hacia lo espeso del bosque, otros subieron a las camionetas para descender de la sierra. 

Nazario Moreno no estaba en el lugar, aseguran fuentes consultadas sobre el hecho. Una caravana de ocho vehículos que descendía con al menos veinte hombres a bordo fue atacada con cohetes desde los tres helicópteros. No quedaron restos para reconocer.

En la zona urbana de Apatzingán los combates de las células leales a Nazario que intentaban expulsar a los federales se extendieron por más de veinticuatro horas; la batalla dejó un saldo de 11 personas muertas, entre ellas cinco policías federales, dos presuntos sicarios y tres civiles.

A la lista se agregó el nombre de Nazario Moreno González, el que según presumió Alejandro Poiré, vocero oficial del gobierno federal en materia de seguridad, se encontraba entre las camionetas destrozadas por los cohetes aire-tierra de la Marina. 

El anuncio de la muerte del Chayo se hizo con bombo y platillo desde el gobierno federal pese a no tener elementos materiales para soportar el dicho; su cuerpo nunca fue encontrado, todo era una suposición con la finalidad de ganar espacios mediáticos y atribuir avance a la lucha contra el narcotráfico que era la bandera de la administración calderonista.

Existe la versión de que cuando supo la noticia de su muerte Nazario Moreno soltó una carcajada. Le gustaba escucharlas noticias de radio; se enteró de su fallecimiento mientras cortaba una toronja para comerla en la Fortaleza de Anunnaki, a menos de cuarenta kilómetros de donde se dieron los enfrentamientos. 

Tras soltar la risa y moverla cabeza, ordenó a uno de sus lugartenientes que pusieran una cruz con su nombre en el lugar donde decía el gobierno que había sido abatido. Sin saberlo, las autoridades le habían decretado la absolución.

A tres días de su “muerte”, Nazario Moreno se reunió con su estado mayor: fueron convocados a la Fortaleza de Anunnaki Enrique Plancarte, Dionisio Loya y Servando Gómez. Revisaron las posibilidades que tenían las fuerzas federales de ubicar el campamento de iniciación en la sierra de Acahuato y completar el operativo de cateo a los domicilios que frecuentaba Nazario. 

Dedujeron que el gobierno federal se había movilizado en función de información filtrada desde el bando de Jesús Méndez y decidieron ir contra la cabeza del que fundara la Familia Michoacana.

otras de las decisiones tomadas en esa reunión, celebrada entre el 11 y el 14 de diciembre de 2010 en Apatzingán, fue difundir —conto do el aparato informativo a disposición del grupo criminal—la muerte de Nazario, para permitirle actuar con mayor facilidad y sin la presión de ser el más buscado por las fuerzas federales. 

En ese mismo encuentro se acordó además difundir con mayor intensidad, ahora con la población en general como destinataria, la ideología de Nazario Moreno, escrita en un legajo que se venía distribuyendo entre todas las células leales.

La idea de hacer un libro de ese material surgió de Enrique Plancarte, quien pidió a Servando Gómez, el más letrado al tener el grado de profesor, que hiciera el trabajo de edición y se encargara de la impresión formal; la intención era dotar a la organización de principios ideológicos que pudieran ser aceptados por la sociedad en general, entre la que con mucho tino pretendían crear una base social de apoyo.

Declarado oficialmente muerto, Nazario Morenore nació a su misma vida, tal como hacía cuando jugaba con su medio hermano Arnoldo Mancilla González, al que de cariño apodaba Canchola y que siempre lo miró con respeto, como la figura paterna que Nazario nunca tuvo. 

El gobierno de Felipe Calderón lo consideró muerto y el Chayo hizo lo que en sus juegos de niño: “Nos escondíamos en la maleza o en las rocas y tratábamos de sorprendernos uno al otro, y cuando alguien lograba disparar antes, el otro caía redondito al suelo haciéndose el muerto, pero todavía así tirando balazos. 

”cuando él me alegaba que me había matado antes, yo le replicaba que solamente me había herido y que todavía tenía alientos para ‘hacer mi deber’. Yo salía ganando porque no me podía demostrar lo contrario. Pero también él me jugaba chueco, pues cuando yo veía clarito que le había dado un balazo en medio pecho, él decía que solamente había sido un rozón. Así, empatábamos la alegata y cada uno se retiraba a esconderse de nuevo; él cojeando y yo dando traspiés, como si de veras estuviéramos heridos”.

A partir de que se decretó su muerte, Nazario Moreno se sometió al menos a tres cirugías estéticas faciales. El lujoso salón que operaba como casino en las noches de fiesta en la Fortaleza de Anunnaki se convirtió en improvisado quirófano, donde al menos dos médicos especialistas le hicieron modificaciones en el rostro. 

También cambió su identificación oficial. Pudo obtener dos credenciales, una con el nombre de Ernesto Morelos Villa, en honor a sus tres héroes históricos: Ernesto Che Guevara, José María Morelos y Francisco Villa; y otra con los datos de Faustino Andrade González, con domicilio en la calle Monterrey, número 303 de la colonia Roma, en la ciudad de México.

El 15 de diciembre Servando Gómezse convirtió en la cabeza visible del grupo de Nazario Moreno. Lanzó a la red una grabación de audio donde, en tres minutos y nueve segundos, anunciaba la muerte del Chayo; tenía como propósito confirmar la versión del gobierno federal, para que Nazario Moreno no fuera buscado más. “compañeros —habló en tono eufórico—, pónganle un poco de atención al Brujito. Tiene toda la razón del mundo, eran las cosas del Doctor, eran las cosas que él nos inculcó. Que Dios lo tenga en su santa gloria. Dondequiera que se encuentre sabe que cuenta con nosotros. 

No se desesperen —arengó a las células—, algún día tenía que pasar. Esto no se acaba, vamos a seguir adelante, todos unidos con mucha fuerza y con mucho anhelo vamos a lograr lo que el Doctor quería y que con mucho cariño nos inculcó; aunque de alguna manera algunas personas lo tachen de delincuente o de mala persona, eso es una gran mentira, los que lo conocimos sabemos el gran corazón que tenía”.

Después se ordenó que en todos los municipios donde hubiera pequeñas capillas de adoración a la Santa Muerte (la religión casi oficial que implantaron en la entidad los grupos de Zetas que llegaron cuando el cártel de Tamaulipas era aliado de los michoacanos) se cambiara su imagen por la de Nazario Moreno. 

Se mandaron a hacer, entre los artesanos de Pátzcuaro y algunas monjas de Morelia, figuras de yeso de tamaño natural: un portentoso caballero templario ataviado con una túnica blanca y con las manos al pecho, empuñando una espada hacia el piso. 

En realidad, era el molde de San Bernardo de Claraval, pero le agregaron un rostro parecido al de Nazario Moreno, con la inconfundible barba de candado: así nació San Nazario, patrono de los pobres.

Junto con los cientos de bultos del nuevo santo michoacano, fue también distribuida una oración entre las células criminales y algunos sectores sociales donde la devoción a San Nazario pronto creció. 

El rezo al criminal fue fustigado desde el púlpito por algunos sacerdotes, principalmente en la región de Apatzingán, donde el obispo Miguel Patiño Velázquez condenó el hecho, convirtiéndose en el principal enemigo del cártel en la zona de Tierra Caliente.

El padre Gregorio López Jerónimo fue más allá: amenazó con la excomunión a quien implorara la intercesión de Nazario Moreno ante Dios para la realización de milagros.

El texto que se distribuía entre la población civil -y que todavía se reza- por parte de los sicarios decía: “Oh Señor Poderoso,/ Líbrame de todo pecado / Dame protección bendita / A través de San Nazario./ Protector de los más pobres,/ caballero de los pueblos,/ San Nazario danos vida,/ oh bendito santo eterno./ Luz bendita de la noche,/ Defensor de los enfermos,

/ San Nazario, santo nuestro,/ Siempre a ti yo me encomiendo./ Gloria a Dios Padre,/ Te dedico mi rosario,/ Danos salud y más trabajo,/ Abundancia en nuestras manos,/ Que nuestro pueblo esté bendito,/ Yo te pido San Nazario”. Junto con la oración se entregaban imágenes de san Nazario, a veces también el libro Me Dicen: El Más Loco.

Mientras la Iglesia fustigaba la figura y la oración como bases del culto a san Nazario, el gobierno federal se encargó de hacer crecer el mito involuntariamente a través de la curiosidad de la gente. El libro de Nazario Moreno comenzó a prohibirse no sólo en la zona de Tierra Caliente, sino en todo el estado de Michoacán; su sola posesión era, en la lógica del gobierno federal, prueba fehaciente de adhesión a alguna célula criminal de los Caballeros Templarios. A principios de 2011 el Ejército lanzó una campaña para incautarlo en los estados de Guerrero y Michoacán; hubo revisiones en puestos de revistas, librerías de viejo, vehículos, transporte público y en algunos domicilios en busca de copias.

A quienes se les encontraba en su poder un ejemplar del libro “Me Dicen el Más Loco” se les detenía, interrogaba y el libro era decomisado; al menos un centenar de michoacanos fueron procesados como miembros de la Familia con la posesión de la obra de Nazario Moreno como principal prueba de cargo. 

Una decena de esos detenidos estaba en la cárcel federal de Puente Grande entre mayo de 2008 y mayo de 2011, tratando de evitar sentencias hasta de veinte años de prisión. Al interior del grupo que se estaba separando de la Familia Michoacana se fortaleció la unidad con la utilización de la imagen redentora de Nazario Moreno González.