Sergio Enrique Villarreal, “El Grande”, el Narco que en Puente Grande alardeaba su vida criminal

Por. J. Jesús Lemus

Sergio Enrique Villareal dentro de la prisión de Puente Grande, cuando no estaba hablando de sus glorias como sicario y emisario de los grupos políticos que mantenían el control de la presidencia del país, se pasaba las días contando –desde su óptica muy particular- las historias que conocía de los grandes narcotraficantes.

A veces esas historias no eran otra cosa que adaptaciones personales de los corridos de Los Tigres del Norte. Así contaba algunos paisajes históricos de Pedro Avilés, Pablo Acosta Villarreal –del que se aseguraba era familiar en línea directa-, Lamberto Quintero, Amado Carrillo Fuentes, Rafael Caro Quintero y Migue Ángel Félix Gallardo, principalmente. La debilidad del Grande por estos personajes era tal que siempre estaba sobre los oficiales de custodia que tenía a su servicio, para que ubicaran si dentro de penal del Cefereso II de Jalisco a los presos que estuvieron cerca de esos personajes. Cuando alguno de los colaboradores de estos o familiares en la más remota línea sanguínea era ubicado, el Grande establecía contacto con ellos mediante cartas.

Era común que dentro de la cárcel de Puente Grande algunos reos, principalmente sentenciados, que eran señalados por los agentes de custodia como allegados a los personajes de antaño del narcotráfico, recibieran cartas del Grande. Las cartas eran enviadas por Sergio Enrique Villarreal a alguno de sus abogados, y estos a su vez, con nombres distintos se las hacían llegar a los internos seleccionados. En sus cartas, el Grande era por demás atento, entraba con un saludo al destinatario y luego procedía a manifestar su deseo de conocer más a fondo sobre la personalidad del personaje histórico del que tratara.

Todas las cartas las firmaba con su primer nombre de pila y su apellido paterno, no sin antes manifestar su deseo de que “La fuerza de Dios” estuviera en el corazón de aquel interno. Siempre colocaba un Post Data al termino de sus escritos, en donde dejaba ver si interés por una rápida contestación, con la respuesta a todas las dudas planteadas sobre el personaje aludido.

Algunos reos de la cárcel de Puente Grande respondían puntualmente a las solicitudes del Grande, en respuesta Sergio Enrique Villareal Barragán se mostraba agradecido: ordenaba a sus oficiales de custodia que hicieran llegar algún detalle a aquellos internos.

A veces el detalle solo era un saludo de parte de El Grande, a veces ese saludo se traducía en la entrega de un chocolate, una menta o un pedazo de goma de masticar que el propio custodio  se encargaba de introducir al penal federal. Esa misma tónica, de entregar detalles personales a cambio de la contestación de sus interlocutores siguió utilizando cuando –según su propia versión- estaba organizando la cumbre de narcos para alcanzar la paz.

 Contó que a ninguno de los invitados que le respondieron a su invitación para la reunión por la paz le fue mal. A cada uno de los que le mandaron decir que sí asistirían a la junta, les hizo llegar un millón de dólares. Primero como una muestra de agradecimiento por la contestación, y después como una cortesía para que cada uno de los capos interesados organizara su propio esquema de movilización.

Con un millón de dólares –explicaba en sus pláticas- era suficiente para comprar dos o tres camionetas blindadas. Los gastos del hospedaje y demás serían costeados por el gobierno federal, el que se comenzó a organizar a través de un grupo especial de la Secretaría Federal de Seguridad Pública.

En las historias contadas por el Grande, a veces era tal la narrativa que algunos lugares y nombres de personas aparecían indistintamente en otros sucesos fuera de tiempo y lugar, como si el rompecabezas que se iba formando repitiera piezas y tratara de embonarlas a la fuerza. Cuando eso sucedía, la callada audiencia se convertía en la iracunda masa que solo se sentía presente por las rechiflas y mentadas de madre. Luego de eso, el Grande optaba por guardar silencio.

La reunión aludida por el Grande estaba pactada para el 10 de agosto del 2010. El encuentro sería en una casa de seguridad del puerto de Acapulco. El encuentro sería breve: se contemplaba un dialogo de entre tres a cinco horas. El encuentro sería sancionado por altos funcionarios de la Secretaría de Gobernación. No estaba contemplada la presencia de ningún secretario del gobierno, aun cuando el Chapo pidió dialogar directamente con el presidente Felipe Calderón Hinojosa.

Después de la reunión para acordar las bases de la paz, los presentes en el encuentro tendrían la posibilidad –tal como la había solicitado el jefe fundador del cartel de la Familia Michoacana- de un espacio para poder establecer rondas de negocios, pactos y alianzas entre los representantes de los carteles reuniones. Los que habían acordado asistir al encuentro fueron los representantes de los carteles de El Pacifico, El Golfo, La Familia Michoacana, Los Arellano Félix, Los Beltrán Leyva y de Juárez.

La reunión no se pudo llevar a cabo, contaba el Grande con el desánimo de quien habla del desenlace de una mala película, el que se anticipa desde las primeras escenas. “No se concretó porque los Zetas  hicieron todo para cerrar la posibilidad del dialogo”. Las explosiones de coches bombas que se registraron en todo el país -entre los primeros días de junio y la primera semana de agosto el 2010-, desalentaron a los convocados.

En la mayoría de los casos las explosiones, que ante la opinión pública se presentaron como atentados sin objetivos particulares, en realidad estaban encaminadas a matar a los jefes de las delegaciones del narco que acudirían a la cita para la cumbre por la paz. Los Zetas atentaron contra la delegación del Cartel de Golfo, del Cartel de Juárez y del Cartel de Sinaloa. Los mensajes escritos en algunas de las escenas del crimen, en donde los ataques fueron atribuidos a sicarios bajo el mando de Sergio Enrique Villareal Barragán, hicieron dudar a todos los convocados a la cita por la paz.

-El primero en cancelar fue el Chapo –contó el Grande con algo de tristeza-, después los de La familia y luego los de los Arellano Félix.

La cancelación a solo unos días de que se llevara el evento hizo que el secretario de federal de seguridad pública montara en cólera. Contó el Grande que ese fue el principio de su desgracia. Que le mando decir con el Monin que solo tenía una semana para convencer a los jefes de cartel de reunirse para el acuerdo de paz. Por más mensajes que mandó ya no tuvo respuesta. Ningún jefe de cartel quiso responder a la nueva invitación.

Tras el desenlace de la historia, la rechifla de los presentes en el pasillo no se dejó esperar.

Cuando el pasillo no estaba con el ánimo de escuchar las narraciones del Grande, siempre había un boicot con aplausos y rechiflas justo al momento en que el narrador comenzaba a hablarle a nadie, con el consabido “hey compita, le voy a platicar la vez que…”Cuando sobrevenía en cascada el cansancio del auditorio, entonces el Grande optaba por solicitar que fuera trasladado al área de locutorios, donde siempre estaba un abogado a la espera de que él quisiera asistir a verlo.

El penal se paralizaba y se montaba un operativo para brindarle la seguridad necesaria, para evitar –de acuerdo a sus propios temores- ser víctima de un atentado por parte de alguno de los leales a su ex amigo y socio Edgar Valdez Villareal, la Barbie.

Pero en esa ocasión el Grande reculó. Dijo que no se trataba de un acto de fe que tenían que creer todos los oyentes. Se defendió. Aseguró que nada lo movía a mentir. Que de todas formas lo que había contado no cambiaba en nada su realidad. Que no lo habían mandado a ese lugar para entretener a la audiencia y que finalmente él estaba seguro de que las cosas que había contado eran la verdad que a él le había tocado vivir. Insistió en que el plan de pacificación entre los grupos del crimen organizado aun cuando salió como una iniciativa de las cúpulas del poder, el ayudó a consolidarlo, por eso –recordó- de esa forma se ganó la amistad del mismísimo presidente de la república.

Y tal era la cercanía del Grande con el presidente Felipe Calderón que el reo, a mediados del mes de diciembre del 2010, ya alardeaba en los fríos pasillos del área de tratamientos especiales sobre su breve estancia dentro de esa prisión.

Con sangre fría, pero sabiéndose seguro de lo que hablaba, lanzaba apuestas provocadoras a sus vecinos de celda, asegurando que su estancia dentro la prisión sería breve. Alardeaba al decir que las puertas de Puente Grande se le abrirían pronto; hasta denostaba el acto de fuga del Chapo Guzmán de aquella cárcel, cuando –decía- hay otras formas más inteligentes de salir de prisión. El Grande tenía su propio plan de escape, sin necesidad de fugarse.

Antes de que concluyera el mes de diciembre el 2010, Sergio Enrique Villareal Barragán se hizo testigo protegido. La PGR de la administración panista de Felipe Calderón Hinojosa lo acogió al programa de beneficios, a fin de que delatara las estructuras criminales que él aseguraba tener en pleno conocimiento. Cuando en el pasillo se supo que el Grande era un testigo del gobierno federal, le llovieron las amenazas de muerte.

El Grande tuvo que optar por el silencio y no volvió a contar ninguna historia. A veces le ganaba la necesidad de hablar, pero la mitigaba con soliloquios que se escuchaban apenas como murmullos saliendo desde su celda.

El Grande ofreció ante un juzgado federal poner al descubierto una red de corrupción que estaba diezmando la operatividad de la PGR: fue el principal soporte de la mediática campaña conocida como Operación Limpieza, la operación insigne del presidente Felipe Calderón, la que a falta de pruebas contra los indiciados se convertiría ya en la mayor pifia de Guerra contra el Narco.

Ante el juez de la causa se presentó el Grande y por espacio de dos semanas, en periodos consecutivos de hasta cuatro horas diarias, deposó una serie de historias, similares a las que narraba en la mazmorra del tratamientos especiales, en donde intentaba contar su visión de cómo el Cartel de los Hermanos Beltrán Leyva, cuando precisamente él era el sicario favorito del grupo, se hizo del control de la PGR mediante la compra de funcionarios de esa dependencia, a los que entregaba –según está en el expediente- maletas con dinero, en promedio un pago mensual por hasta 5 millones de pesos.

Las acusaciones de Sergio Enrique Villareal fueron enfocadas sobre el que fuera titular de la sub procuraduría contra delincuencia organizada, Noé Ramírez Mandujano y otros 24 funcionarios menores, entre ellos Fernando Rivera Hernández, Miguel Ángel Colorado González, Jorge Alberto Zavala Segovia, Luis Manuel Aguilar Flores, Arturo González Rodríguez, José Manuel Ramírez Cabañas, Moisés Minutti Mioni, Mateo Juárez Vázquez, Antonio Mejía Robles y José Antonio Cueto López. De todos los señalados en las historias del Grande solamente se pudo sentenciar a Jorge Alberto Zavala Segovia.

Con el repudio generalizado de parte de toda la población de internos que estaban dentro del área de tratamientos especiales, el Grande intentaba hacerse chiquito cada vez que pasaba por el frente de las celdas de aquellos a los que intentaba incriminar en base a sus declaraciones como testigo protegido. Se agachaba y a veces se escondía detrás del sequito de vigilantes que lo trasladaban hasta el juzgado.

Fingía no escuchar las mentadas de madre de los reos que lo reconocieron pronto como un traidor de la delincuencia organizada. Mateo fue su nombre clave como testigo protegido de la PGR de Marisela Morales. Con ese nombre respondía ante el juez que estaba conociendo sus declaraciones, ante el cual a mediados de diciembre argumentó que estaba en riesgo su vida dentro de la prisión de Puente Grande, por lo que solicitó fuera trasladado de prisión. Reclamó la extradición porque aseguraba que en ninguna cárcel de México estaría seguro, dada la magnitud de las declaraciones. El juez aceptó enviarlo a una cárcel en Estados Unidos.

Un guardia de seguridad y custodia, de los que le asignaban para su cuidado mientras era trasladado por los pasillos de Puente Grande, fue el que informó a la población carcelaria sobre la pronta extradición de El Grande. El oficial fue diciendo por los pasillos -mientras Sergio Enrique era atendido en el servicio médico por una diarrea infecciosa que atribuyó al putrefacto menú del día-, que el Grande había logrado un acuerdo con el Juez: ofreció decir todo lo que él sabía de la infiltración de la PGR a cambio de que se le mejorarán sus condiciones de vida y que se le respetar el cuantioso patrimonio logrado en más de 20 años de trabajo como asesino a sueldo y narcotraficante.

El Juez, tal vez lleno de morbo, también indagó en la memoria del delincuente sobre las relaciones que tenía con la clase política del momento, incluido el presidente Felipe Calderón Hinojosa, el secretario de seguridad pública, Genaro García Luna, el senador José Guillermo Anaya Llamas, y otros funcionarios como Luis Cárdenas Palominos. Tan convincentes fueron las historias de Sergio Enrique Villareal Barragán que el mismo juez fue gestor ante la PGR no solo para enviarlo a una prisión “cómoda” en Estados Unidos, sino para avalar un sueldo permanente durante su prisión, argumentando a necesidad del pago de una educación adecuada para los hijos del sicario. La PGR, por alguna razón decidió no solo hacerse cargo de los gastos familiares de El Grande, sino respetarle la propiedad de tres ranchos, dos aviones, cinco mansiones y media docena de negocios lícitos.

El pitazo del oficial de custodia enardeció a la clica. El día que se supo de la extradición del Grande, la cárcel federal de Puente Grande fue un manicomio. De todas partes llovían mentadas de madre hacia el gobierno y el juez. Algunos reclamaban el mismo trato. Todos decían tener historias de colusión con mandos del gobierno federal. Hubo un reo que decía tener historias hasta de amoríos con la esposa de un ex presidente de la república, pero dijo que solo se la contaría al juez a cambio de su salida de Puente Grande.

Sergio Enrique Villareal derrochó burlas sobre los presos enardecidos. Era hiriente. Ya con el aval para su traslado a una prisión de Estados Unidos no pasaba día que no les recodara a sus compañeros de pasillo que se iban a morir en aquellas mazmorras.

Le gustaba proyectar su imagen mental de su próxima vida de recluso extraditado: una prisión en el cálido clima texano, con dos negros a su servicio para abanicar el calor, visitas conyugales a destajo y comiendo pollo frito y coca cola todos los días. Algunos reos babeábamos escuchando las vívidas narraciones del sicario.

Atrás habían quedado los días en que lo habían querido medio matar al su ingreso a la cárcel federal. Ya no se dolía del encierro como lo había hecho en los primeros días de prisión. No perdía la oportunidad para recalcar a su enardecida audiencia sobre la bondad de su amigo el presidente, que estaba dando muestras de sacarlo de prisión a la mayor brevedad.

Hasta esos momentos, con el ánimo desbordado por las imágenes que él mismo se creaba de la vida que lo esperaba en la prisión de Texas, comenzó a contar cómo fue el momento de su detención, la que él aseguraba que había sido un acuerdo para entregarse. Desde la soledad del área de tratamientos especiales él insistía en sus monólogos que no había sido capturado, que su presencia ante un juez federal fue acordada entre sus patrones, en voz de Héctor Beltrán Leyva y el secretario de gobernación.

Tan había sido acordada su entrega, según lo aseguraba sin hablar con nadie pero hablando para todos, que en las oficinas de la PGR, a las horas de su detención, cuando fue llevado para iniciar el proceso de su declaración ministerial, le preguntaron qué era lo que quería desayunar.

-Pedí un caldito de menudo –decía entre risas que el mismo trataba de ahogar-, porque traía una cruda de la chingada. Y el comandante que me atendió fue buena onda; me dio hasta una raya de coca para alivianarme.

Decía que el acuerdo de su entrega lo recibió sin chistar. Héctor Beltrán, el que era su jefe directo, estaba resentido con él desde la detención de Alfredo Beltrán, la que ocurrió el 21 de enero el 2008. Si bien era cierto que Sergio Enrique Villareal Barragán no era el responsable de la seguridad de Alfredo “El Mochomo” Beltrán Leyva, si lo era de las relaciones con el gobierno. Por eso la sospecha cayó sobre él cuando el menor de los hermanos Beltrán fue apresado.

Contó que tras la detención de Alfredo Beltrán, Héctor monto en cólera. Se enteró del apresamiento en un departamento de Morelos, en donde estaba de descanso. Apenas fue informado sacó una pistola y la descargó al aire, ante la mirada nerviosa de sus escoltas. La botella de Buchanan’s  que tenía sobre la mesa la estrelló contra la vidriera europea que le había regalado el gobernador Marco Adame Castillo. Pidió la presencia inmediata del hombre de sus confianzas, El Grande. Lo mandó traer desde Puebla en un helicóptero de la policía estatal de Morelos.

Con los ojos vidriosos de cólera y llanto –contó El Grande-, Héctor Beltrán le pidió una explicación rápida sobre la detención de su hermano. Le recriminó los pagos millonarios que hacía el cartel para alcanzar la protección de todos los niveles de gobierno para que nadie de su familia fuera tocado ni siquiera en medios de comunicación.

-Yo no supe que decir. Esa es fue de las pocas veces que he tenido miedo –confesó el sicario.

Héctor Beltrán le ordenó que hiciera una investigación a fondo “para ver a quien ha que matar”, fueron sus palabras textuales. A reunión duró menos de diez minutos. El Grande comenzó a hacer unas llamadas con algunos de sus contactos dentro de la PGR. Luego se sabría –según consta en sus declaraciones ministeriales- que habló con el Capitán Fernando Rivera. Pactó una reunión en la ciudad de México para que se le informara de donde había salido la información que terminó por ubicar a Alfredo Beltrán en la colonia Burócratas, de Culiacán.

En la cita que se llevó a cabo en un restaurante Vip’s de Reforma el capitán Fernando Rivera ofreció darle al día siguiente un informe detallado de la operación. Rivera, dijo El Grande, estaba acompañado de los comandantes Milton Cilia y Roberto García, a los que según les dio la instrucción para que recabaran la información a la mayor brevedad.

En menos de 24 horas el Grande –hablaba en tercera persona-, ya tenía la información de los soplones. Eran dos agentes de la policía ministerial de Sinaloa los que dieron los datos al ejército sobre el paradero del Mochomo. La información que le entregó Fernando Rivera al Grande no solo era relacionada a la detención. También le informaron sobre lo que se había incautado en la casa donde fue detenido el menor de los hermanos Beltrán Leyva, y hasta le propuso ayudarle para liberarlo.

Contó el Grande que tras informar de los avances de su investigación a su patrón Héctor Beltrán, se le ordenó una acción rápida para lograr la liberación del detenido. Sergio Enrique Villarreal reunió un equipo de casi 200 hombres que llegaron al Distrito Federal desde distintas partes del país para asaltar las instalaciones de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO).

En la operación de rescate no quisieron participar los entonces aliados de los hermanos Beltrán Leyva, Joaquín Guzmán Loera e Ismael “El Mayo” Zambada. Con solo los hombres del cartel de los Hermanos Beltrán el asalto estaba programando para la media noche del 24 de enero, pero no se llevó a cabo porque el Mochomo fue trasladado solo siete horas antes para ingresar al penal federal de Puente Grande.

El Grande aseguraba que en ese momento se dio el rompimiento entre el Cartel Beltrán Leyva y el Cartel del Pacífico. Pues en su lógica no cabía la negativa de El Chapo Guzmán para participar con sus hombres en una empresa del tamaño del asalto a las instalaciones de la SIEDO. Y es que Alfredo Beltrán Leyva no solo era su socio, sino también su pariente. Alfredo Beltrán estaba casado con una prima hermana del Chapo. Por eso la negativa fue tomada por Héctor Beltrán como un rompimiento tácito a la alianza que por años habían mantenido en el trasiego de drogas en todo el país.

Héctor Beltrán nunca le perdonó a El Grande haber permitido la detención de su hermano menor. Se lo recriminaba en cada ocasión que se veían. Seguramente por eso Sergio Enrique Villareal le vendió la idea de que la detención de Alfredo en realidad había sido ideada por Joaquín “El Chapo” Guzmán. El mismo Grande se convenció de su conclusión. En prisión contó desde su celda que la captura del Mochomo fue una negociación que hizo el Chapo a cambio de la liberación de su hijo Archibaldo Guzmán, por eso se negó a enviar hombres para alcanzar la liberación a sangre y fuego que le propuso el mismo Grande.

Aquella conjetura que el Grande dijo en voz alta en la cárcel de Puente Grande lo hizo más odiado entre la población penitenciaria. Sin medir las consecuencias comenzó a despotricar contra el Chapo Guzmán. Por eso creció más el encono. Si en algún lugar el Chapo es increíblemente popular, por sus cualidades humanas, ese lugar se llama Puente Grande, donde su fama se ha mantenido como una leyenda épica que se hereda de reo en reo.

Por eso fueron cientos de reos los que en la soledad de las noches ideaban la forma de matar al Grande.