Carpintería, Píxeles y el Quijote en el NH

El Gran Delirio del San Pedro-Style, no es una ciudad, es un estado mental blindado, aquí, el sol no calienta, castiga, el viento no sopla, empuja el polvo de las pedreras contra los cristales del NH Collection.

Gerson Gómez DETONA®

Afuera, San Pedro Garza García se despliega como una maqueta de Lego diseñada por un urbanista con delirios de Dubái y ansiedad por el valor del metro cuadrado. 

Al lado, el Palacio de Hierro se erige como la catedral del consumo, donde el “Totalmente Palacio” es el único mandamiento sin discusión.

En el bar del hotel, rodeados de ese minimalismo corporativo, huele a lavanda sintética y éxito importado, están ellos: Santiago, un español cuya barba parece recortada con compás de precisión académica, y “El Pato”, un mexicano cuya “fresura” no es un estilo, sino una condición biológica, un ADN solo cultibado en el Campestre y se riega con San Pellegrino.

O sea, wey, es el tiempo la verdadera moneda, ¿me entiendes? dice El Pato, ajustándose una camisa de lino, cuesta lo de un sueldo mínimo, aquí todos corren por el equity, por el business plan, pero nadie vive el moment.

Santiago lo observa con la condescendencia ilustrada de quien lleva siglos de historia europea pesándole en los párpados, su castellano es arquitectura de zetas perfectamente colocadas y términos extraídos de una nota al pie de página de un texto de Ortega y Gasset.

La prisa es la forma más vulgar de la esclavitud, querido Patricio responde Santiago, agitando un gin-tonics brillante como un diamante bajo los focos LED, vivimos en la periferia de nosotros mismos, sitiados por la eficiencia regiomontana.

La Nostalgia del Aserrín. 

El Pato suspira, mira por el ventanal hacia la Sierra Madre, hoy parece un gigante dormido bajo una manta de esmog aristocrático, en su mente, no hay juntas de consejo ni reportes de ventas, hay algo más rústico, algo como un capricho de clase alta con pretensiones de autenticidad.

Si tuviera tiempo, de verdad, wey… me metería a la carpintería, pero tipo, pro, compraría madera de roble, nogal, nada de esas maderitas de Home Depot, construiría mesas, sentir el aserrín, ¿sabes? El olor a pino.

Hacer algo con las manos, no solo firmar cheques o scrollear en el iPhone, sería como un artesano de Chipinque.

El hombre quien lo tiene todo busca la redención en el sudor manual, siempre y cuando el taller tenga calefacción y el equipo sea traído de Alemania.

El Pato quiere ser un carpintero de diseño, un Geppetto con cuenta en Instagram y una sierra circular silenciosa, es la búsqueda de lo real en un mundo de apariencias, la necesidad de tocar la materia bruta para convencerse de su existencia.

El refugio de los cien volúmenes y el DualSense, Santiago, por su parte, desprecia lo manual, su utopía es inmovilidad culta, heredero de la tradición de la observación del mundo desde la trinchera del pensamiento.

Yo, en cambio dice el español, con una solemnidad haría palidecer a un académico de la lengua, me recluiría en la relectura, volver al Quijote, no como obligación, sino como refugio, desmenuzar esa lista de los cien libros indispensables, de Bloom a Borges. 

Sentarme a ver cómo pasan los siglos entre las páginas de un libro viejo, pero Santiago tiene un secreto, una grieta en su armadura de intelectualidad peninsular.

Y jugaría videojuegos confiesa, me perdería en mundos digitales, hay una épica en los píxeles que la literatura contemporánea ha olvidado, sería un caballero andante en una consola de última generación. 

Leer a Cervantes por la mañana y cazar dragones en una pantalla 8K por la tarde, eso es el verdadero humanismo del siglo XXI.

El espectáculo de la inacción, mientras hablan, el Palacio de Hierro afuera late con la furia de las tarjetas de crédito, dos hombres discutiendo sobre el “hacer” mientras el “tener” les resuelve la vida.

El Pato habla de la madera con la misma pasión de un místico hablando de Dios, pero su mayor esfuerzo físico del día ha sido pedir otra ronda de bebidas. 

Santiago defiende la lectura de los clásicos mientras su mirada se pierde en el escote de una mujer caminando por el lobby, la eterna danza de la carne y el intelecto en los espacios de lujo.

Están en el NH, un no-lugar, un limbo de moqueta y cortesía internacional, aquí, el tiempo no pasa, se consume, son dos náufragos de la abundancia, soñando con vidas porque el sistema los alimenta.

Exige sigan siendo exactamente lo como son, un engranaje de oro en la maquinaria de San Pedro.

Wey, imagínate: una mesa de nogal macizo hecha por mí insiste El Pato, con los ojos brillantes por el alcohol y la fantasía.

E imagina mi biblioteca, Patricio, con el televisor de cien pulgadas al fondo para el Elden Ring añade Santiago, ya entregado al delirio.

Afuera, San Pedro sigue rugiendo, los motores de las camionetas blindadas suenan como bestias heridas, el sol se pone tras el Cerro de la Silla, tiñendo el cielo de un naranja industrial, casi radiactivo.

Ellos se quedan ahí, protegidos por el cristal, dos planeando el futuro mientras el presente se les escapa entre los dedos, tan efímero como la espuma de su cerveza artesanal.

Si el tiempo fuera suyo, serían otros, pero el tiempo, en este rincón del mundo, le pertenece al Palacio, a la Sierra y al próximo negocio. 

Al final, el carpintero y el lector se levantan, piden la cuenta, y regresan a la realidad.

Tienen tiempo para ser: los protagonistas impecables de su propio vacío.