J. Jesús Lemus/La Opinión de México
La presidente Sheinbaum insiste en negar su realidad. A toda costa quiere que prevalezca su pensamiento frente al mundo tangible. Se niega a aceptar lo evidente, que ella será la que encabece el último gobierno de la cuarta transformación. El segundo piso de la construcción de la Cuatro Te quedará incompleto.
Hay dos realidades que no se pueden negar, que al final del día serán las responsables del fin prematuro de la cuarta transformación. Una es la desmedida corrupción y el hambre de dinero con la que llegó el equipo de Andrés Manuel López Obrador. La otra, la incapacidad intelectual y política de Claudia Sheinbaum, para enfrentar la crisis de corrupción que finalmente hundirá a Morena.
Si bien es cierto que poco, o nada, se podía hacer frente al gruñido de tripas de la élite gobernante, incluido López Obrador, que, a final de cuentas, mientras decían que combatían la corrupción, insistían en nadar en el fango de las aguas puercas, infestadas de dinero y prebendas mal habidas, también es resulta cierto que la presidente Sheinbaum bien pudo frenar ese mismo proceso degenerativo.
La gran pregunta es ¿por qué la presidente Sheinbaum no frenó la corrupción? Y solo existe una respuesta: no quiso frenar la corrupción porque su llegada al poder, su ascenso como primera mujer presidente de México, fue edificada justamente en los pilares de la corrupción, con la misma corrupción que ella, desde un principio, estuvo dispuesta a encubrir.
Cuando no se es corrupto de origen no se aceptan dineros en efectivo para la campaña, no se cubren desvíos de dinero oficial para pagar una estrategia publicitaria de cientos, miles, de espectaculares por todo el país. No se le corresponde al fraude electoral, ni se aceptan apoyos del crimen organizado o de los cárteles de las drogas.
Cuando no se es corrupto no se confunde la lealtad con la complicidad, ni lo ideales se traslapan con los intereses, la patria no es sinónimo de palomilla delictiva, ni se engaña a la gente aludiendo al injerencismo cuando solo se trata del reclamo de la justicia transnacional que busca la detención de un grupo de narcotraficantes.
La presidente Sheinbaum tuvo la posibilidad de ser la primera mujer presidente y hacer, además, un excelente trabajo, pero optó por la complicidad. Decidió estar del lado de los intereses de la clase gobierno, en lugar del lado correcto de la historia, siempre dentro del espectro de la justicia.
Claudia optó por encubrir la corrupción de Andrés Manuel López Obrador, en lugar de estar del lado de los mexicanos, tan golpeados por las traiciones de los gobiernos que llegan saquean y se van, pudiendo entregar sin mayor problema a los que conforman el mini cártel del gobierno de Sinaloa, encabezado por el gobernador, hoy con licencia, Rubén Rocha Moya y el senador, hoy prófugo de la justicia, Enrique Inzunza.
La doctora Sheinbaum prefirió traicionar a la gente que clama una patria sin corrupción, para no traicionar al movimiento corrupto que enarboló Andrés Manuerl López Obrador. Prefirió darles la espalda a todas las víctimas del narcotráfico, solo para proteger a sus socios del poder que en algún momento le aportaron dinero y apoyo, desde el narcotráfico, para encumbrarla en el máximo cargo público del país.
Es cierto que nada se podía hacer frente a la corrupción que portaban intrínsecamente ya muchos de la élite de Morena, pero Claudia Sheinbaum si podía haber hecho un solo acto que habría cambiado diametralmente la historia narca de nuestro país: basta con entregar a Rubén Rocha, Enrique Inzunza y los otros ocho narcos de Sinaloa solicitados por la justicia de Estados Unidos.
Con ese pequeño acto habría cambiado también el destino de Morena y el del movimiento de la Cuarta Transformación. Si Sheinbaum hubiese aceptado combatir al narcotráfico, la corrupción y los negocios turbios al amparo del poder, lo más seguro es que el movimiento político que ella representa se habría enraizado en la conciencia y ánimo de la mayoría de los mexicanos.
Pero prefirió que no. No quiso estar del lado correcto de la historia, y a la justicia la llamó injerencismo, a los narcos los llamó ciudadanos, al narcotráfico lo confundió con un valor patrio, y a la patria la ridiculizó confrontándola con Estados Unidos solo por proteger a sus narcos.
A la prensa la llamó comentócratas, a la realidad la nombró como ofensiva mediática y lanzó un llamado para defender al crimen organizado bajo la pantomima de la defensa de la patria.
Sin duda alguna, Claudia Sheinbaum si no termina en una fría prisión de Estados Unido o en una celda acolchonada de algún manicomio, es un hecho que va a terminar su sexenio como un accidente político, uno más de esos que suelen pasar de manera frecuente en nuestro país, y que parece que a los mexicanos no siguen apasionando cada seis años.
