Por. J. Jesús Lemus
Rogelio Reyes fue el primero de los pistoleros que tuvo a su servicio la familia de Tito Chávez. Era el brazo ejecutor de las instrucciones que dictaba la tríada formada por Chávez, José Luis Mendoza y José González a fin de mantener el control de la zona en cuanto al trasiego de mariguana; fue el primer rival que tuvo la familia Valencia en sus aspiraciones de monopolizar el cultivo y venta de droga.
Aquel pistolero del que se hablaba con insistencia en las averiguaciones previas de la procuraduría de justicia de Michoacán era originario de Numarán, una población al norte del estado, en los límites con Guanajuato. Desde los nueve años había llegado al municipio de Apatzingán en busca del cobijo de la familia paterna para escapar de la justicia: Reyes Servín había matado en su pueblo a un compañero de escuela al pegarle un balazo en el abdomen cuando jugaban con una pistola calibre .22 sin cargador. No se percató de que el arma mantenía alojada una bala en la recámara.
A muy temprana edad comenzó a sembrar mariguana como parte del clan de Tito Chávez; nunca se despojó de la pistola con que dio muerte a su compañero de escuela. Pronto se le asignaron labores de vigilancia de los cultivos enclavados en lo más espeso de la sierra: cuando no estaba cuidando los plantíos de mariguana de la familia Chávez, se encontraba de visita por la zona del Bajío michoacano, adonde acudía para mantener a raya a los enemigos de la familia de su padre.
En la zona de Numarán, la familia Reyes estaba confrontada a muerte con la familia Tafolla. David Tafolla había dado muerte al abuelo de Rogelio en una reyerta de cantina; su padre, Federico Reyes, fue asaltado en varias ocasiones por Justino, uno de los hermanos Tafolla. Antes de cumplir dieciocho años, Rogelio Reyes ya había dado cuenta de los rivales de su familia. Se le atribuyeron al menos ocho muertes de los Tafolla; el primero en amanecer muerto fue Justino.
Al joven sicario de Tito Chávez pronto comenzó a envolverlo un halo de fantasía en torno a sus hechos: cuando llegaba a su natal pueblo de Numarán, siempre a mitad de la noche o a deshoras de la madrugada, le gustaba dejar en las puertas de sus familiares y amigos algunos fajos de billetes y a veces sólo costales de aguacates o mangos, frutos abundantes en la Tierra caliente.
Rogelio hacía notar su presencia en la población cuando con su camioneta hacía estruendosos arrancones; al asomarse los vecinos ante el escándalo que estremecía las regularmente serenas noches, era común encontrar los regalos que de manera anónima dejaba a las puertas de sus casas. La gente comenzó a mitificarlo. Sus actos de desprendimiento fueron evolucionando: pronto empezó a entregar costales de semillas, abono, tractores y maquinaria agrícola a los campesinos de la zona del Bajío.
Reyes era el encargado de cuidar el traslado de mariguana de la zona de Tierra caliente hacia Guadalajara a fin de entregarla al cártel asentado en esa ciudad, el que ya era controlado por Ernesto Fonseca; el paso obligado de las camionetas que salían de Apatzingán era la zona de La Piedad y Numarán, donde el sicario de Tito Chávez llegaba a descansar con todo un ejército de pistoleros a los que pronto la gente reconoció como los gavilleros.
A los gavilleros de Rogelio Reyes se atribuye la ola de secuestros que se generalizó en la zona del Bajío a principios de la década de 1980, cuando comenzaron a despuntar algunos empresarios que hicieron crecer sus fortunas de la mano de Humberto Romero Pérez, un piedadense que inició su carrera política como secretario particular de Francisco González de la Vega, procurador general de la República en el gobierno de Miguel Alemán Valdés. En 1952 Adolfo Ruiz Cortines nombró a Romero Pérez secretario de Prensa; en 1958, el presidente López Mateos lo nombró su secretario particular.
Durante sus encargos oficiales Romero Pérez derramó recursos públicos sobre unas cuantas familias del Bajío, a las que hizo ricas de la noche a la mañana: los Saldaña, Villaseñor, Mares, Soto, García y Bribiesca fueron los recipiendarios de la bonhomía del Estado mexicano. Por órdenes suyas la compañía Nacional de Subsistencias Populares (conasupo) destinaba camiones cargados de leche en polvo que iban a parar a las zahúrdas de engorda de porcinos; por décadas los cerdos de La Piedad se engordaron con leche en polvo sin costo para los empresarios. El gobierno federal no asignaba apoyos para el combate a la pobreza, pero los cerdos de los Saldaña, Mares o Villaseñor siempre estaban rozagantes de nutridos.
Humberto Romero Pérez nunca se amarró el bolsillo para ayudar a los nuevos hombres de empresa de Michoacán. Los créditos a fondo perdido de la recientemente creada banca de desarrollo nacional no cesaron; hasta se obtuvieron para construir, equipar y modernizar una represa inexistente en las áridas tierras del Bajío, donde incluso durante la misma temporada de lluvias el agua escasea. Llegaban camiones con pies de cría para engorda que tenían como único destino unas cuantas familias.
Los nuevos ricos, que florecieron al amparo del dinero oficial, fueron el blanco de los gavilleros de Rogelio Reyes Servín, que hizo del secuestro un deporte de descanso: en cada ocasión en que el joven narcotraficante pasaba por la zona de La Piedad, había siempre un secuestrado. Los hijos del porcicultor Juan Saldaña fueron el blanco preferido del bandolero; en menos de dos años les “pegó” a las seis familias por lo menos en siete ocasiones. Los recién nacidos empresarios de La Piedad, ante las embestidas del gavillero, solicitaron ayuda al gobierno federal: el presidente de la República envió una partida militar para tratar de cazar al secuestrador y narcotraficante.
Pese a ser un delincuente, la fama de Rogelio Reyes Servín creció entre la población del norte de Michoacán. El dinero resultante de los secuestros era la base para el financiamiento de la obra social que llevaba a cabo entre los campesinos del estado: no había comunidad rural que no conociera las bondades de ese moderno Robin Hood, como lo llamaron los diarios El País y ABC de España en sendos reportajes que le dedicaron en 1982, con información del periodista piedadense Jesús Hernández.
Las fuerzas federales poco pudieron hacer ante el escurridizo prófugo. Los empresarios no lo pensaron dos veces: ellos mismos armaron sus guardias blancas, crearon una policía al servicio de sus familias y comenzaron a cazar al bandolero. Ese, el primer grupo de autodefensa que se originó en Michoacán, estuvo coordinado por un coronel retirado del Ejército: Juan Ibarra Serrano logró reclutar una milicia particular de cincuenta hombres al servicio de los empresarios michoacanos que estaban siendo asolados por el secuestrador.
En los primeros años de la década de 1980 no sólo Rogelio Reyes distribuía parte del botín de sus ilícitos entre los más pobres de su entorno; las familias que cerraron filas con Tito chávez en la zona de Apatzingán hacían lo propio en sus localidades. El abandono del gobierno estatal hacia las comunidades de la parte más alta de la Tierra caliente era bien atendido por los productores de mariguana, que comenzaron por mejorar la red de caminos rurales que conectaban los sembradíos con las zonas suburbanas.
La ejecución de obras públicas por parte de las familias dedicadas a la siembra y trasiego de mariguana y amapola, sin embargo, fue apadrinada por el gobierno estatal. Desde la gubernatura se instituyó un programa denominado comités de Participación ciudadana, con el que se entregaba un fondo económico que comprometía a recabar una parte igual a fin de hacer obra social; el modelo fue instrumentado en el gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas.
Mediante los comités de Participación ciudadana, la administración estatal brindó la posibilidad a la ciudadanía de que hiciera sus propias obras o instrumentara sus propios servicios, como suministro de agua potable, recolección de basura o integración de cuerpos de seguridad en cada localidad. Los empresarios de La Piedad decidieron crear su propio modelo de seguridad particular.
A mediados de 1982, la policía que los empresarios secuestrables de La Piedad habían integrado por fin rindió frutos en sus investigaciones. Lograron cercar y capturar al bandolero Reyes Servín; fue detenido cuando estaba con su esposa, una joven de veintidós años de edad originaria de Zináparo. A Rosa, la mujer de Reyes, le hicieron de todo: su tortura duró cuarenta y ocho horas. Los miembros de la policía privada de los empresarios —formada por ex policías judiciales y exmilitares— la golpearon, violaron y desollaron ante la mirada rabiosa del bandido. Después de presenciar aquellas escenas inimaginables, fusilaron a Rogelio como escarmiento.
Siguiendo el ejemplo, en el resto de Michoacán otros empresarios, como los de Morelia, Zamora, Uruapan y Lázaro cárdenas, hicieron lo propio: crearon sus propias policías particulares, el primer antecedente de los grupos de autodefensa. Su principal encomienda fue defender los intereses de sus patrones. En el gobierno estatal ya despachaba Luis Martínez Villicaña, hombre por demás afecto a la bebida, que puso a los pies de la iniciativa privada el ejercicio del aparato de gobierno local.
Hacia finales de 1986 a la mayoría de los miembros de los diversos grupos del crimen que interactuaban en Michoacán no les interesaban el robo ni el secuestro: todos estaban abocados a mantener el control de la producción y trasiego de drogas, la actividad más rentable. Los “minicárteles” locales buscaron la forma de aportar recursos a las comunidades que consideraban estratégicas para su labor, y los comités de Participación ciudadana fueron la careta de dichas inversiones. Todos los grupos del narcotráfico invirtieron en obras de tipo social y urbano: el mismo cártel de Guadalajara invirtió en carreteras que conectaban a las poblaciones rurales con la ciudad y puerto de Lázaro cárdenas.
