Por. El Núcleo
En los últimos dias, desde El Núcleo publicamos una crítica a las contradicciones estratégicas del EZLN. La respuesta de sus defensores más acérrimos fue la predecible: nos llamaron dogmáticos, estatistas, enemigos de la autonomía. La acusación de fondo: “Solo les gustan los procesos que se declaran marxista-leninistas”.
Este texto es nuestra respuesta. Y la haremos con un ejemplo que ellos mismos suelen aplaudir: Cherán K’eri.
Porque resulta que Cherán –sin declararse revolucionario, sin hablar de dictadura del proletariado, sin usar el lenguaje rojo– ha sido, en sus propios términos, más consecuente que la narrativa pública del EZLN. Para el marxismo-leninismo esto no es una contradicción. Es una confirmación de nuestra regla más básica: no la declaración de principios, sino la práctica; no la etiqueta, sino la coherencia entre lo que se dice y lo que se puede hacer según la correlación de fuerzas.
1. El EZLN: Cuando el repliegue táctico se convirtió en ruptura estratégica
Es un hecho documentado y confirmado por los propios protagonistas: el EZLN no nació como un movimiento social espontáneo. Nació como el brazo político-militar de las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN), una organización marxista-leninista con una línea clara de toma del poder estatal. El subcomandante Marcos era un cuadro formado con la tarea concreta, asignada por el Buró Político y el Comité Central de las FLN, de construir ese dispositivo guerrillero en Chiapas.
El comunicado del 1 de enero de 1994 hablaba sin rodeos de “derrocar al mal gobierno”. La consigna era la toma del poder.
Cuando la correlación de fuerzas militares se mostró adversa —el ejército mexicano no iba a ser derrotado por unos cientos de insurgentes—, el dilema organizativo era claro para cualquier leninista: repliegue táctico (reorganizarse, acumular fuerzas en la clandestinidad, mantener el horizonte estratégico socialista) o ruptura.
Ocurrió lo segundo. En una decisión que el propio Comandante Germán Yáñez de las FLN calificaría más tarde como inconsulta, Marcos y la dirección visible del EZLN optaron por mutar el discurso sin consultar al órgano partidario que les dio origen. Al ver desgastada la imagen del guerrillero marxista clásico y necesitar la protección de la presión internacional, cambiaron el lenguaje de clase por una narrativa poética y etérea. Se pasó de la lucha por el poder a “un mundo donde quepan muchos mundos”. Se sustituyó la dictadura del proletariado por el “mandar obedeciendo”.
A esto, en términos de análisis organizativo marxista, se le llama claudicación estratégica. No porque no tomaran el Palacio Nacional (sería absurdo exigirlo en esa coyuntura), sino porque la dirección del movimiento renunció al horizonte socialista y al lenguaje de clase para ser más digeribles ante los medios internacionales y las ONG europeas. Se salvó la vida de las comunidades, sí, pero se desarmó políticamente la herramienta revolucionaria que las FLN (que también tiene sus contradicciones) habían tardado décadas en construir.
2. Cherán K’eri: Coherencia interclasista y límites estructurales
El caso de Cherán K’eri suele aparecer en estas discusiones como contraejemplo. Y con razón.
Cherán es una comunidad purépecha de Michoacán que en 2011 se levantó contra la tala ilegal y la colusión del crimen organizado con las autoridades locales. Sin partidos políticos (expulsados del municipio por su complicidad con los talamontes), la comunidad reorganizó su gobierno mediante usos y costumbres, retomando las fogatas y las asambleas de barrio como método de decisión.
Tras una batalla jurídica, lograron que la Suprema Corte de Justicia de la Nación reconociera su derecho a gobernarse por un sistema normativo indígena. Hoy, Cherán sigue siendo formalmente un municipio dentro del estado de Michoacán y recibe el presupuesto constitucional que le corresponde, pero sus autoridades no se eligen con partidos ni campañas. Se eligen en asamblea. Protegen su bosque con su propia ronda comunitaria.
¿Se declararon revolucionarios? No. ¿Dijeron que iban a abolir el capitalismo? Tampoco. Dijeron algo mucho más concreto: “Queremos recuperar nuestro bosque y gobernarnos nosotros mismos”.
Y lo hicieron. Eso es coherencia absoluta entre lo que se dice y lo que se hace.
Pero aquí viene la parte del análisis que no se puede omitir: desde el marxismo-leninismo también tenemos la obligación de señalar los límites de Cherán. Es un movimiento interclasista (participan campesinos, pequeños comerciantes, profesionistas). Su horizonte político no es, ni puede ser, la transformación del sistema capitalista. Su éxito mismo puede operar (conciente o inconscientemente) como una válvula de escape de la conciencia revolucionaria. Un comunero puede pensar, con razón en su contexto inmediato: “No necesito una revolución socialista; con mi autonomía municipal y mis fogatas me basta”. Para un marxista, eso no es un error de Cherán (ellos nunca prometieron otra cosa), pero sí es un límite estructural que debemos señalar.
3. ¿Por qué molesta esta comparación?
Porque el discurso del EZLN se ha convertido para muchos sectores de la izquierda académica y cultural en un objeto de investidura afectiva. No se le puede criticar sin ser acusado de hereje.
En esos contextos, muchas veces el discurso zapatista se presenta como una alternativa completa a la política revolucionaria, cuando en realidad ha dejado de plantear la cuestión central del poder.
Eso se vio, por ejemplo, en varios momentos recientes:
• en ciertos movimientos estudiantiles donde el horizonte político termina diluyéndose en discursos culturales o identitarios,
• en organizaciones sociales donde la discusión estratégica se sustituye por consignas difusas sobre autonomía,
• o incluso en episodios como la campaña presidencial impulsada en 2018 desde el Congreso Nacional Indígena, que generó más confusión que claridad política.
Lo curioso es que se nos acusa de dogmáticos por mantener una línea marxista-leninista, mientras ellos defienden al EZLN como una verdad revelada que no se puede tocar. Nosotros aplicamos el mismo criterio a todos los procesos:
¿Fue claro en sus objetivos desde el principio? Cherán sí. El EZLN cambió el guion a mitad de la película. (Y no es que no se pueda cambiar la postura, Pero no renunciando a los principios ni al método)
¿Mantuvo su horizonte estratégico cuando la correlación de fuerzas fue adversa? Cherán nunca tuvo un horizonte que cambiar (talvez si el gobierno los hubiera reprimido se hubieran radicalizado, Pero eso no pasó ).El EZLN lo cambió por completo y sin consultar al partido que le dio origen, además de desconocerlos e inventar un origen autónomo.
¿Podemos aprender tácticas de ambos? Por supuesto. De Cherán, la asamblea por fogatas y la guardia comunal. Del EZLN, la mística y la comunicación. Pero de la dirección del EZLN también aprendemos las consecuencias de abandonar el horizonte de clase.
Conclusión: Coherencia, no etiquetas
No aplaudimos a Cherán porque sea “puro” o “indígena”. Aplaudimos su coherencia, así como señalamos sus limitaciones propias de su composición de clase. Criticamos la deriva del discurso público del EZLN no porque nos caigan mal los pasamontañas, sino porque su dirección abandonó la centralidad de la lucha de clases por la periferia de la identidad.
Ni Cherán ni el EZLN son modelos de revolución socialista. Cherán por su composición interclasista y su límite reformista; el EZLN por la claudicación estratégica de su dirección. Pero de ambos se extraen lecciones valiosas si se analizan con la brújula correcta.
La brújula sigue siendo la misma: análisis concreto de la situación concreta y defensa de los intereses históricos de la clase trabajadora.
Aquí en El Núcleo no somos Ni complacientes con el poder, ni devotos de procesos intocables.
