Por. Luz del Alba Belasko
El exlíder zapatista revela que el catolicismo progresista intentó destruir al EZLN antes de 1994, pero defensores del obispo Ruiz le recuerdan que su movimiento se montó sobre la estructura de las Comunidades de Base
El pulso entre la memoria del zapatismo y la Iglesia católica progresista de Chiapas se ha reavivado con virulencia. Tras las declaraciones del excapitán insurgente Marcos —quien aseguró esta semana que antes del alzamiento de 1994 “la Iglesia católica progresista hizo todo lo posible por destruirnos” negando sacramentos a los zapatistas bajo amenaza de “muerte eterna”—, han surgido voces que le acusan de deslealtad histórica y de haber esperado más de tres décadas para atacar cuando su principal referente eclesial ya no puede defenderse.
“Más de 30 años tuvo que esperar para escupir toda esa mierda cuando ya no está el ‘Tatic’ para responderle”, escribió en redes sociales un usuario cercano a las comunidades de base, en un comentario que resume el malestar de amplios sectores que aún veneran la figura de monseñor Samuel Ruiz García (1924-2011), el obispo emérito de San Cristóbal de las Casas conocido como Jtatic (“padre” en tsotsil).
El propio padre Joel Padrón, sacerdote activo en Chiapas, ya había replicado a Marcos subrayando que “no toda la Iglesia” fue hostil, y reivindicando a Ruiz como “digno sucesor de Fray Bartolomé de las Casas”. Pero ahora críticos más duros van un paso más allá: sostienen que la estructura que permitió el nacimiento del EZLN no fue obra de la guerrilla, sino de las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) y de la llamada “Iglesia de los pobres” que Ruiz organizó a través de la Teología India.

“Ya se le olvidó que antes de ellos ya la gente estaba organizada en las Comunidades de Base”, añade el mismo comentario. “Solo llegaron a montarse en la estructura que había creado la Iglesia de los pobres organizada por Samuel Ruiz a través de la Teología India. Y la mayoría de los túneles les pusieron su estructura para crear el EZLN”.
La acusación es grave: que el zapatismo armado no construyó desde cero su base social y logística, sino que heredó —y en cierto sentido cooptó— un entramado de organización indígena gestado durante años por catequistas, diáconos y agentes pastorales formados en la teología de la liberación. Y que ahora, cuando Marcos habla de “intento de destrucción”, olvida que fueron esos mismos círculos eclesiales los que le dieron cobijo, formación y territorio.
“Le dieron de comer”, sentencia el texto, utilizando el refrán clásico de quien muerde la mano de su benefactor.
El propio Samuel Ruiz, en vida, actuó como mediador en los diálogos de paz entre el EZLN y el gobierno mexicano en los años noventa. Nunca renegó del movimiento indígena armado, aunque tampoco bendijo la vía militar. Su diócesis fue considerada un “laboratorio” de la teología india, una vertiente que inculturó el evangelio en las cosmovisiones mayas y que formó a generaciones de líderes comunitarios. Muchos de ellos, años después, ocuparon cargos en las Juntas de Buen Gobierno zapatistas.
Para sus defensores, que ahora Marcos denuncie a la Iglesia progresista como enemiga es, cuando menos, una ingratitud histórica. Para otros, como el propio Marcos, es simplemente contar la verdad que durante décadas se silenció: que hubo curas y obispos —no todos, pero sí algunos— que vieron con pavor la radicalización social y castigaron a los insurgentes con la negación de los sacramentos.
La polémica, más de treinta años después del alzamiento, evidencia que la alianza entre fe y guerrilla fue siempre más tensa y compleja de lo que la mitología zapatista ha querido reconocer. Y que la mano que da de comer, a veces, también puede cerrarse. O, décadas después, ser mordida por quien un día se sentó a su mesa.
