Lo de México, ya no admite eufemismos

Por. Gildo Garza

Que el Comité contra las Desapariciones Forzadas de la ONU haya decidido llevar el caso mexicano a la Asamblea General no es una diferencia de criterios ni un simple roce diplomático. Es la señal de que la tragedia dejó de ser un asunto interno para convertirse en una vergüenza internacional.

Y aun así, la reacción oficial vuelve a ser la misma: blindarse en el discurso, refugiarse en el comunicado, disputar la narrativa mientras el país se sigue llenando de ausencias.

Esa es la raíz del problema.

En México no sólo desaparecen personas. También desaparece la verdad en los escritorios, desaparece la justicia en las fiscalías, desaparece la humanidad en la respuesta institucional. Lo que debería asumirse como una emergencia nacional se administra como costo político. Lo que tendría que provocar luto de Estado se responde con matices, evasivas y propaganda.

Porque negar la dimensión de la desaparición no la reduce. Sólo la vuelve más cruel.

Mientras desde el poder se redactan posicionamientos para desacreditar alertas internacionales, en el país real hay madres buscadoras haciendo el trabajo que las autoridades abandonaron; hay expedientes empolvados; hay cuerpos sin nombre; hay jóvenes arrancados de sus entornos para alimentar la maquinaria criminal; hay víctimas convertidas en cifra y cifras convertidas en estrategia de contención mediática.

Eso es lo más grave: la normalización.

México corre el riesgo de acostumbrarse a la barbarie, de volver paisaje lo intolerable, de escuchar que desaparecen niños, adolescentes, buscadoras, y seguir la jornada como si nada. Y cuando una nación se acostumbra a sus fosas, a sus reclutamientos forzados, a sus omisiones oficiales, ya no sólo enfrenta una crisis de seguridad: enfrenta una fractura moral.

Aquí no basta con decir que el Estado no desaparece personas. La pregunta de fondo es otra: ¿qué clase de Estado es el que no las desaparece directamente, pero tampoco las busca con eficacia, no protege a quienes las buscan y además responde con molestia cuando el mundo lo exhibe?

Ahí está el núcleo del escándalo.

No es sólo la violencia criminal. Es la indolencia institucional. Es esa combinación perversa entre impunidad, simulación y desprecio por el dolor ajeno. Un aparato público que se ofende más por el señalamiento internacional que por la existencia de miles de familias rotas.

Y así, entre boletines defensivos y tragedias cotidianas, el país se sigue vaciando.

No sólo de personas.

De verdad, de justicia y de vergüenza pública.