En Mérida se quedó la esencia de Pedro Infante

Por. Margarita Rodríguez

A 69 años de que el “Ídolo del Pueblo” abandonara el plano terrenal, aún vive en las historias de las últimas tres generaciones de yucatecos, en sus calles y en su alma romántica.

Quienes crecimos escuchando sus canciones y viendo sus películas de la época de oro del cine nacional en la televisión, nos resulta un personaje cercano, hasta familiar; en cumpleaños, bodas, en cortejos amorosos, nunca faltan sus canciones del Spotify. Ocho millones a la semana se reproducen los playlist del cantante en la plataforma de contenido multimedia solamente en México.

Cuanto más para los habitantes del Centro de Mérida, Yucatán, donde vivió, convivió y hasta pereció. Todos los días recrean con fervor la historia de su amor hacia el artista como no hay otro igual.

Este 15 de abril, la esquina que alberga la escultura de Pedro Infante sobre un caballo, entre la calle 62 y 89, amaneció con serenata, como desde hace 50 años, con las canciones “Amorcito corazón” y “Cien años”.

Y de ahí pal real. Bocinas retumbaron hasta la media noche cientos de temas de los 430 que grabó el intérprete de boleros rancheros en los años cincuenta del siglo XX. Vecinos con sus sillas tomando el fresco las escucharon.

Mientras que la esquina de la tienda “La Socorrito”, entre las calles 54 y 87, se adornó con coronas de flores desde la mañana y se ofició una misa con mariachi en homenaje a quien encarnó en la pantalla grande al legendario Pepe “El Toro”.

Allí cayeron los restos del avión de carga C-87 Liberator Express de TAMSA y de cinco tripulantes. Piloteado por el Capitán Cruz, mejor conocido como Pedro Infante. Estalló en el aire minutos después de despegar del aeropuerto de la capital de Yucatán. Era la mañana del 15 de abril de 1957.

En ese lugar, los yucatecos han pintado sus paredes en homenaje al ídolo. Hoy reciben al visitante con dibujos de Pedrito en personaje de charro, de policía, de carpintero, acompañados de versos de sus canciones y frases icónicas de sus películas.

Está el verso con que ansiamos la caricia: “Amorcito corazón, yo tengo tentación… de un beso…” que al decirla debe incluir el clásico chiflidito que Pedro usó en la película “Nosotros los pobres”. Si no, no vale.

Pintado en letras azules se encuentra el piropo en plural a la belleza femenina: “!Ay, trompudas, si me muero, ¿quién las besa?”!. El que expresa el agradecimiento a la mujer que nos crió “Nana Pancha”; y para el amor que va creciendo en el corazón del enamorado: “Deja que salga la luna…”.

En la pared que resguarda un busto en bronce de Pedro Infante resalta el verso de la canción “Es la historia de un amor como no hay otro igual”. Es correcto, no hay otro amor como el yucateco hacia el ídolo. Frente a ella está la escultura en bronce del cantante sentado, acompañado de su guitarra, esperando a los fans para tomarse la selfie. Sólo le hace sombra una enorme ceiba y fotos con datos biográficos para el turista despistado.

Al morir, comenzó la leyenda

Sobre la calle 62, afuera de la casa de la señora Pilar Euan Caballero, un póster con un mosaico de los personajes que interpretó Pedro Infante en sus películas y el verso de la canción “Parece que va a llover” recibió a quien esto escribe.

Ella es hija de la fallecida Isidra Caballero, organizadora durante 25 años del festival homenaje a Pedro Infante en la explanada de la escultura a caballo.

Mientras nos enseña el patrimonio familiar -cancioneros, fotografías, discos, ejemplares de revistas temáticas sobre Pedrito, un autógrafo de Lupita Infante, en exquisita caligrafía, agradeciendo el fervor hacia su padre- doña Pili nos narra su historia de vida marcada por el ídolo:

“Yo estaba chiquita cuando él murió. Mi abuela vio cuando cayó el avión. ´Se cae, se cae´, gritó y dejó de lavar la ropa. Apresurada llegó a la esquina de La Socorrito. No había gente, solo vecinos. Apareció la policía y el ejército. Los oficiales confirmaron que Pedro Infante piloteaba el avión. Sacaron los cuerpecitos todos quemados, no pudieron salir”. Incluido el niño Baltazar Martín Cruz. La fatídica escena se alcanzó a ver desde la torre de control del aeropuerto de Mérida.

Se sabe que Infante transportaba pescado, telas, hacia la Ciudad de México. Era un avión prestado. Iba a la capital del país a enfrentar la demanda por bigamia de su primera esposa María Luisa León. Pedro se casó en 1953 con la yucateca Irma Dorantes en Mérida, presentando documentos falsos de divorcio.

A doña Pili, cada 15 de abril le saltan sentimientos encontrados. Por un lado, le duele que su madre ya no esté viva, al tiempo que recuerda orgullosa haber sido parte del comité organizador del festival homenaje a Pedro Infante.

“Había tres niveles de cantantes, los que traían pista, los más o menos y los profesionales para la hora estelar, entrada la noche hasta el amanecer. El Mariachi Águila, de Yucatán, nunca faltó y se iba hasta que se cansaba. Por aquí desfilaron cantantes buenos como Lupita Góngora, Jesús Zavaleta.

Cruz Infante, el hijo de Pedro, estaba muy agradecido con mi mamá. Era parecidísimo a su papá. Prometió regresar, junto con su esposa, pero murió en un accidente en 1984″, narró Pili para esta crónica.

Como en cualquier festival de la canción que se respete, abucheaban a los cantantes que no habían dado todo en el escenario por Pedro.

Pili comparte la misma indignación de otros seguidores de Pedro Infante al enterarse que sus restos mortuorios fueron subastados en una puja. El dueño del restaurante Arroyo, Jesús Arroyo, los adquirió y los regaló al dueño de Organización Editorial Mexicana (OEM) y compadre, Mario Vázquez Raña.

Permanecen bajo una lápida, junto con los restos de los papás de Infante, en la entrada de la sede de El Sol de México, en la calle de Serapio Rendón, en la colonia San Rafael, en la CDMX.

Las fascinantes leyendas sobre Pedro Infante después de su muerte en Mérida alimentan la cultura oral de los yucatecos.
En una edición del festival homenaje a Pedro Infante, donde 42 motociclistas hicieron acrobacias como en la película “A toda Máquina”, contó doña Pili, un señor se les acercó y les reveló que a su papá, que era mecánico de aeronaves, le ofrecieron 10 millones de pesos para que le aflojara las tuercas al avión de Pedro Infante.

“En eso tiempo era una millonada, por eso dicen que lo mataron. Y siguen saliendo más leyendas como que lo mandó matar un militar o un presidente, Adolfo Ruiz Cortines, porque se enroló con su mujer. Cada año siguen saliendo más leyendas y más hijos como el señor Zavaleta, y más historia cuando se acerca la fecha de su muerte”, relató Pili.

Circula la historia del esperma de Pedro Infante. Que el líquido seminal del cantante fue congelado y años más tarde inyectado a señoras por toda Latinoamérica que añoraban un vástago de él; incluso lo llegó a saber el sobrino del ídolo, Toño Infante, quien no tenía problemas con que aparecieran más parientes.

“Al morir empieza a vivir su leyenda, en esas historias es la forma en que lo recordamos”, dijo Pili.

Pero la leyenda urbana que recorre toda Mérida en décadas más recientes es que al caballo de la escultura de Pedro Infante le cortaron los testículos para hacer el busto que se encuentra en las calles 54 y 87. Lo que pudimos corroborar con nuestra visita es que el caballo carece de criadillas.

En los años noventa, personas vestidas con uniforme del Ayuntamiento de Mérida llegaron a “limpiar” la escultura de Pedro Infante, pero en realidad le cortaron sus “huevitos al caballo”. Todo el mundo lo relata en la capital de Yucatán y más quienes convivieron con él: albañiles, peluqueros, campesinos, gente de a pie.

“Pedro Infante es nuestro. Lo adoptamos. No habrá más. Sigue viviendo en Yucatán. Es parte de nuestras familia”, sentencia doña Pili, cuyo hijo desde pequeño heredó el gusto por las canciones románticas del cantante.

“Son canciones para sentirse. Le digo a mi esposo que cada 15 de abril me trae muchos recuerdos, por mi madre que ya no está, por mi abuela, por mi suegro que me cantaba “Luna de Octubre”, la favorita de la señora que nació un día 12 de ese mes.

Recrearon su velorio en la que fue su casa

Sin rito no hay mito que sobreviva. Los creadores del Museo de Pedro Infante, Galerías Amorcito Corazón, albergado en la que fuera la casa del cantante y hoy Hotel Bulevard Infante, al sur de Mérida, recrearon el cortejo fúnebre de hace 69 años, con una réplica de su ataúd.

Y con decenas de jinetes y motociclistas recorriendo varias calles desde el centro Mérida escoltando la carroza hasta el lugar donde fue velado, el gimnasio y la cochera en una de las mansiones del ídolo que dejó al morir.

Este 15 de abril, desde las seis de la tarde 30 artistas homenajearon al ídolo hasta el amanecer en un luminoso escenario junto a la alberca donde Pedro Infante nadó con sus vecinas.

Arribamos a las siete y media de la noche, y mientras una banda de jaraneros cantaban boleros en maya, cientos de personas se abanicaban sentadas frente al escenario.

En el kiosco del hotel, sobre un atril se encontraba enmarcada la primera plana de la edición vespertina del Diario de Yucatán del 15 de abril de 1957. Las ocho columnas informaron que el avión carguero donde viajaba el artista a la Ciudad de México, saliendo desde Mérida, se había estrellado.

En otro atril, una fotografía en blanco y negro autografiada por el mismísimo Pedro Infante. La ficha técnica decía que pertenece a la familia Pech Chan, del municipio de Kanasín.

Un muchacho orgullosamente me explicó que el dueño original se la donó a su abuelo y que es un patrimonio familiar que hay que presumir y compartir con los fans.

Una radioconsola, una televisión, una caja fuerte, varios sombreros utilizados por Pedro en películas como “Mil Amores” y “Escuela de Música”, tijeras personales, teléfonos originales, la silla del director de cine Ismael Rodríguez, reciben al visitante de Galerías Amorcito Corazón, dirigidas por la cantante yucateca Birkina Fernández.

Es un umbral a la historia del cine, de la radio, de la canción popular de los años cincuenta. Cientos de fotografías, recortes de notas del periódico, de cancioneros, conducen hasta la regadera donde se bañó Pedrito. Allí está una réplica de tamaño real de una fotografía de Infante desnudo y enjabonado. Esa imagen fue captada en su mansión de Cuajimalpa, en la CDMX.

El doctor Raúl Damián Interián Interián, de 62 años, explica a los visitantes la importancia de cada objeto. Se sabe el museo de memoria, aunque no es el guía oficial.

“Ahora que en todo México hay mucha violencia, muchas injusticias, necesitamos canciones hermosas de Pedro Infante. Hacen que el papá se enamore de la mamá, que nuestros padres estén enamorados todo el tiempo”, comenta el médico a esta reportera.

“Soy fan de Pedrito desde los 10 años cuando imitaba su voz. Con el tema “Cien Años”¿La quiere escuchar?”, me pregunta. Entrecerró los ojos y la cantó dulcemente a capela.

Su papá conoció a Pedro Infante en persona cuando Mérida no era una ciudad tan grande. Se sabía que el cantante convivía con los albañiles, con los vecinos, “era una persona fuera de serie. Una persona bellísima, noble, educada, creyente, con amor al público. En su trabajo daba su cuerpo y alma”.

Cuando hizo la película “Nosotros los pobres”, de acuerdo con el doctor Raúl, se clavó tanto en el personaje y en la pérdida de su hijo, que tardó horas para volver a la realidad.

“Se metió tanto en el personaje que se desbordó llorando, llorando, dos, tres horas. Le tuvieron que hablar poco a poco para que se calmara. ¿Te imaginas? ¿Cuándo vas a ver un artista así ahora? No hay”, sentenció.

Por eso en la actualidad cuando los jóvenes escuchan sus canciones se emocionan, en cuerpo y mente, aseguró.

“¡Qué orgullo saber que es mexicano!. ¿Cuántos países no quieran tener un artista de esa calidad? Lo amamos en casi todo Yucatán. Lo he visto en muchos poblados.

En Ticul, en las pláticas en maya de la gente he escuchado que les gustan sus canciones . Podrías asegurar que el 95% de la gente son fans. En este lugar se sigue sintiendo la presencia de Pedro Infante, que hasta me inspiré”, concluyó el doctor.

Luego de esa apasionada plática con don Raúl. Un señor se me acerca y me muestra una vieja fotografía en blanco y negro.

En ella están pilotos aviadores y sus mecánicos. Me comenta que su papá fue mecánico del avión de Pedro Infante y que se negó a aflojar las tuercas del avión de Pedro Infante, a quien hay gente que lo señaló en su momento de trasegar narcóticos del norte de Sinaloa al sureste mexicano.