Por. J. Jesús Lemus
Ser viuda es lo peor que le puede pasar a alguien, pero ser viuda de un narco significa vivir condenada para siempre. Rocío del Carmen lo sabe. Llora su desgracia. Dice que no ha encontrado la paz desde que se quedó sin marido.
A Javier lo encontraron calcinado en un camino entre La Ruana y Coalcomán. Lo pudo reconocer por las piedras rojas del rosario que encontraron regadas junto al cuerpo humeante. Nadie quiso ayudarla a levantar aquel manojo de carne hinchada y negra.
Unos hombres de las autodefensas la miraron a la distancia con odio. Tampoco dejaron que la policía ministerial interviniera. A Javier se lo llevaron de la puerta de su casa unos hombres armados. Era la segunda ocasión que lo levantaban.
“La primera vez que lo secuestraron fue un grupo de sicarios al servicio del cártel, cuando todavía se llamaban la Familia”, cuenta Rocío. Se lo llevaron de La Ruana y estuvo perdido durante una semana. Regresó a los ocho días.
Llegó un sábado en la madrugada, agazapado, tocando la puerta como a tientas. En voz baja, le pidió a su mujer que le abriera, le dijo que ya había regresado y que todo estaría bien. “Ésa vez me deshice en lágrimas por él”, dice Rocío serena, como si ya no le afectara recordarlo. Respira hondo.
“Me dolía pensar que sus dos hijos se quedarían sin padre muy chicos, me los imaginaba creciendo solos, a la buena de Dios, pero esa mañana, cuando lo escuché a través de la rendija de carrizos, ‘Carmela, Carmela, ábreme, soy yo, soy Javier, ya volví’, supe que aún no acababa de llorar todo lo que tenía que llorar en la vida por ese hombre.”
Javier regresó y con dificultades le contó a Rocío lo que había ocurrido durante su secuestro. Le explicó cómo se lo llevaron los de la Familia. Le respetaron la vida pues necesitaban sus servicios. Lo llevaron al cerro junto con otros hombres y ahí permaneció cuatro días. Los criminales los obligaron a empaquetar mariguana de sol a sombra, por la noche dormían en casas de campaña asentadas en el monte despoblado.
cuando Javier terminó, uno de los sicarios le pagó 6 mil pesos: diez veces más de lo que ganaba en una semana en el taller de llantas que había improvisado sobre la carretera, cuando decidió que ya no quería irse para el norte y que deseaba pasar el resto de su vida al lado de Rocío del Carmen. Los 6 mil pesos lo deslumbraron; como hubiera ocurrido con cualquier habitante de esa zona de Tierra caliente, donde el salario promedio no llega a los 40 pesos diarios.
Apenas acabó la labor de empacar la mariguana, Javier fue el primero en aceptar un trabajo que les propuso el Pantera, jefe del grupo armado, quien les dio la “oportunidad” de sumarse al cártel… para no tener que matarlos.
Javier pensaba en el futuro de Rocío, por eso dijo que sí a lo que viniera, por lo menos así lo justifica ella. Javier no era un hombre de armas, pero allí se enseñó a usarlas. Le dieron un rifle, tres cargadores, mil pesos para la gasolina y una camioneta cherokee.
La tarea era simple: salir al camino y regresar con al menos 10 mil pesos. Javier asaltó una tienda de abarrotes en Apatzingán y dos gasolineras. En dos días cumplió con la cuota impuesta por el Pantera. Pasó la prueba y se ganó la confianza del jefe.
“cuando mi marido me platicó, entre emocionado y agitado, la aventura que le había tocado vivir en su secuestro, yo supe que aquello no iba a terminar bien”, cuenta Rocío y hace una pausa, ahora se muerde los labios para no soltar el llanto. “Y no terminó bien”, resume.
cuenta que la mortificación de saber que Javier se encontraba en peligro constante la mitigaba con el dinero que él le entregaba a manos llenas. Le costaba trabajo reconocerlo, pero tal vez entonces comenzó a gustarle más, admite: “No sé si era porque se vestía muy bien o porque sabía que era narcotraficante”.
A sus 25 años, Rocío creyó que la vida le sonreía. Se sintió la mujer más feliz del mundo cuando hubo dinero para comprar una casa y darse los lujos que siempre había soñado. Ella era consciente de que Javier pertenecía a la Familia y que después formaría parte de las filas de los Templarios. De alguna forma, a ella le gustaba que así fuera, sobre todo cuando él la colmaba de regalos opulentos.
En las noches de ausencia, Rocío pensaba en su marido con huaraches de dos correas y gorra de mecánico, y contrastaba la imagen con la del nuevo hombre rasurado y perfumado, de texana y botas piteadas.
“De alguna forma, yo fui cómplice de él”, se lamenta en un murmullo. cuando surgieron los grupos de autodefensa, cuenta Rocío, Javier buscó la forma de pasarse del lado del gobierno. El grupo con el que estaba al servicio de los caballeros Templarios se desintegró tras la muerte del Pantera, quien fue abatido por las fuerzas federales en abril de 2013.
Sin embargo, ninguno de los grupos de civiles armados que se integraron en Tierra caliente aceptó a Javier. Para nadie era desconocido que él había participado en el terror que estaba padeciendo la población del sur de Michoacán.
Aquellos días, la violencia arreció y los grupos de autodefensa comenzaron a levantar a los que sirvieron a los Templarios. Rocío le pidió a su marido que se fueran a Estados Unidos, pero él se negó a considerar esa posibilidad.
Aún tenía la esperanza de llegar a un pacto para ser incluido en los grupos de autodefensa, donde ya estaban trabajando algunos de sus compañeros. Ellos mismos lo habían alentado a buscar la negociación. Esperó la llamada durante un mes, pero su celular nunca sonó. Finalmente, un sábado en la tarde llegaron a su casa unos hombres que vestían la camiseta blanca de autodefensas y se lo llevaron, por las buenas, dijeron.
Él estaba seguro de que iba rumbo a una entrevista que le permitiría integrarse con los civiles armados. Antes de subir a la camioneta, sus supuestos reclutadores le pidieron que renegara de los caballeros Templarios. Su mujer escuchó cómo dijo con odio varios nombres, puteó madres y escupió al suelo. Lo único que pidió Javier fue que no le quitaran el rosario de piedras que se colgaba al cuello.
El convoy abandonó La Ruana a toda prisa. A Rocío le picó algo en el estómago mientras observaba cómo una nube de polvo se tragaba los cuatro puntos blancos y verdes en que se trasformaron aquellas camionetas. Fue el instinto lo que hizo que abrazara a sus dos hijos y se ahogara en un mar de llanto, pronunciando despacito el nombre de su marido. Él le había dicho que sumándose a las autodefensas estarían mejor, pero ella siempre desconfió…
