¿NO TE TARDAS MUCHO, PAPÁ?

Crónica de un periodista mexicano que aprendió a perseguir la muerte mientras intenta regresar vivo a casa

Por. Alberto Amaro Jordán

Cada noche salgo de casa con la misma sensación con la que otros hombres se despiden antes de una guerra: intentando que mis hijos no noten que yo también tengo miedo.

No siempre lo consigo.

Mi hija sí lo nota.

Por eso, desde hace meses, antes de que arranque la camioneta, me llama por el walkie-talkie.

—¿No te tardas mucho, papá?

Tiene diez años y una voz demasiado pequeña para hacer preguntas tan grandes.

La escucho desde el asiento del conductor mientras acomodo el teléfono que usaré para transmitir, reviso el cargador portátil, compruebo que haya señal y tanteo con una mano la cajetilla de cigarros sobre el tablero. Detrás de mi camioneta blanca está estacionado el sedán blanco de mis escoltas federales. Dos hombres armados me siguen a cualquier sitio al que vaya desde hace casi cinco años. Se han vuelto una extensión silenciosa de mi rutina: están cuando salgo a reportear una balacera, cuando acompaño a mi esposa al supermercado, cuando llevo a mis hijos a la escuela, cuando voy a una audiencia judicial, cuando compro tortillas, cuando entierro amigos, cuando vuelvo de madrugada.

Hay días en que olvido sus nombres y aun así conozco la forma de su respiración.

—No, mi amor —le respondo por el radio.

Mentir se volvió un acto de amor.

—Sabes que no me siento bien cuando no estás aquí.

Aprieto el botón del walkie-talkie, pero no hablo enseguida.

Miro el portón reforzado de mi casa.

Las cámaras de vigilancia.

Las bardas altas.

La luz blanca que permanece encendida toda la noche sobre la cochera.

La silueta inmóvil de uno de los escoltas fumando afuera.

Y siento esa punzada conocida: la certeza de que la violencia logró lo que siempre busca lograr, que no es únicamente lastimar a quien denuncia, sino instalarse en el corazón de quienes lo aman.

—Te amo —le digo.

Ella guarda silencio unos segundos y responde con una frase que me rompe cada vez:

—Más te vale.

Cuando la comunicación se corta, el interior de la camioneta queda suspendido en una especie de vacío.

Enciendo un cigarro.

Bajo la ventanilla.

El aire frío de Apizaco entra de golpe y me araña la cara.

Estamos a más de 2 mil 400 metros de altitud y en invierno las noches aquí no sólo son oscuras: también son ásperas. Huelen a tierra húmeda, a humo de leña, a gasolina derramada y a ese silencio engañoso de las ciudades pequeñas donde todos creen conocerse pero nadie sabe realmente quién trabaja para quién.

Arranco.

Detrás de mí arrancan también los escoltas.

Y comienza otra vez ese ritual que llevo repitiendo desde hace años: dejar a mis hijos dormidos e ir a buscar la desgracia ajena mientras trato de esquivar la propia.

1. Salir a la noche

La gente suele pensar que el trabajo del periodista consiste en escribir.

En mi caso consiste, sobre todo, en llegar.

Llegar antes que la ambulancia.

Antes que el ministerio público.

Antes que el comunicado oficial.

Antes que la versión maquillada.

Mi oficina no tiene paredes ni horarios.

Mi oficina son las curvas donde se vuelcan los autobuses de madrugada, las casas donde una mujer acaba de ser golpeada, los caminos de terracería donde abandonan cuerpos, los hoteles donde esconden migrantes, las calles donde la policía monta operativos que a veces parecen reales y a veces parecen teatro.

Dirijo desde 2018 La Prensa de Tlaxcala, un portal digital que comenzó como un medio de cobertura policiaca y terminó convirtiéndose en una plataforma de denuncia incómoda para demasiada gente.

En teoría, yo sólo iba a cubrir accidentes, asaltos, persecuciones y cateos.

En teoría, sólo iba a narrar la sangre que ya estaba derramada.

Pero uno no puede pasar tantos años viendo de cerca el funcionamiento de la violencia sin terminar encontrando sus engranes: policías municipales que cobran por dejar operar a narcomenudistas; comandantes que avisan de cateos antes de que ocurran; alcaldes que protegen a funcionarios corruptos; ministerios públicos que desaparecen expedientes; patrullas utilizadas para intimidar a ciudadanos y periodistas.

Empecé a contarlo.

Y a partir de ahí dejé de ser solamente un reportero de nota roja.

Me convertí en una molestia.

En México, eso suele ser el principio de una lista.

2. La herencia de una ausencia impresa

A veces me pregunto si de verdad elegí esta vida o si el periodismo me encontró mucho antes de que yo entendiera qué significaba ser periodista.

Mi abuelo fue periodista.

Mi padre también.

Pero no crecí caminando de su mano en coberturas ni sentado en una redacción mirando cómo escribía. Mi relación con ese oficio fue distinta: llegó primero como una ausencia y después como una obsesión.

Tenía seis años cuando aprendí a leer.

Y desde entonces adopté un ritual que repetía todos los días: buscar el periódico para leer la nota roja.

No me interesaban todavía la política, la economía ni los deportes. Yo abría directo las páginas donde estaban los accidentes, los homicidios, los asaltos, los incendios, los atropellados, los detenidos, las fotografías duras que muchos adultos evitaban.

Ahí estaba la columna de mi padre.

Todavía recuerdo el encabezado: “A cargo de Alberto Amaro”.

Yo leía esas palabras con una mezcla de asombro y orgullo infantil difícil de explicar. No sólo quería saber qué había pasado en la ciudad; quería leer cómo lo contaba él. Quería imaginar la escena, el lugar, las patrullas, los curiosos, la sangre en el pavimento, la prisa por llegar antes que todos.

Sin darme cuenta, empecé a esperar el periódico como otros niños esperan caricaturas.

La tinta y el papel se volvieron una ventana diaria hacia el lado más áspero del mundo.

Y también hacia mi padre.

Creo que empecé a conocerlo muchas veces a través de sus notas.

En cada accidente narrado.

En cada muerto contabilizado.

En cada persecución descrita.

En cada titular seco.

La nota roja no era para mí sólo una sección policiaca; era una conversación silenciosa con un apellido que yo veía impreso.

Con el tiempo entendí que ahí había dos descubrimientos ocurriendo al mismo tiempo.

El primero: que la violencia también se puede contar.

El segundo: que contarla produce una extraña mezcla de vértigo, indignación y necesidad de seguir leyendo.

Mucho antes de tomar una cámara o fundar un medio, yo ya estaba atrapado por ese impulso.

No heredé el periodismo por acompañamiento.

Lo heredé por lectura.

Por repetición.

Por esa costumbre infantil de buscar todos los días el periódico para encontrar la firma de mi padre entre muertos, sirenas y tragedias.

Tal vez por eso, muchos años después, cuando empecé a salir yo mismo a perseguir patrullas en la madrugada, tuve la sensación inquietante de estar entrando a una historia que había comenzado a leer desde niño.

3. La amenaza entra por partes

Nadie pasa de ser periodista local a periodista amenazado en un solo día.

Eso también ocurre gradualmente.

Primero son mensajes.

Bájale.

No publiques eso.

Ya sabemos dónde vives.

Después llamadas sin voz.

Después funcionarios que dejan de saludarte.

Después policías que te miran con un desprecio demasiado largo.

Después vehículos siguiéndote a distancia.

Después personas extrañas estacionadas frente a tu casa.

Después un disparo.

Después otro.

Y cuando quieres ponerle nombre a lo que está ocurriendo, descubres que la amenaza ya no está afuera: ya reorganizó la vida dentro de tu familia.

Mi esposa comenzó a dormir con el teléfono en la mano.

Mis hijos aprendieron a mirar las cámaras de seguridad para saber si yo ya venía entrando.

Yo empecé a memorizar placas, rutas alternas, rostros repetidos, vehículos sospechosos.

Mi hija desarrolló ataques de ansiedad.

No hay metáfora que suavice eso.

Mi hija se enfermó de miedo.

Las noches en que salgo a trabajar le cuesta respirar.

Me llama varias veces.

Pregunta cuánto me falta.

Pregunta si ya voy de regreso.

Pregunta si todo está bien.

Y a veces, aunque no me lo diga, lo que realmente está preguntando es otra cosa:

si esta noche me van a matar.

4. La primera vez que sentí que no iba a volver

He sido amenazado muchas veces.

He recibido ofertas de dinero para callar.

Sujetos armados dispararon frente a mi domicilio.

Funcionarios me han intimidado.

Operadores vinculados al crimen me han seguido.

Pero hubo un episodio que partió mi vida en dos porque me obligó a entender, físicamente, qué tan frágil es la línea entre reportear y desaparecer.

Fue en octubre de 2021.

Yo grababa cómo policías intentaban extorsionar a un automovilista.

Uno de ellos me reconoció.

Recuerdo con precisión su voz:

—Ese es el hijo de puta que nos está metiendo en problemas.

Después vinieron los golpes.

Los empujones.

Las manos sujetándome.

La respiración cortada.

La sensación de perder de golpe el control del cuerpo.

Me subieron por la fuerza.

No sabía adónde me llevaban.

No sabía si aquello era una detención ilegal, una golpiza ejemplar o algo peor.

En situaciones así el tiempo no avanza normal.

Se vuelve espeso.

Animal.

Lo único que pensé fue en mis hijos.

No en mi trabajo.

No en la noticia.

No en la exclusiva.

Pensé en la imagen de mis hijos preguntando por mí sin obtener respuesta.

Logré enviar un mensaje mínimo desde mi reloj inteligente a mi esposa.

Estoy detenido. No sé dónde.

Fue suficiente para que supiera que seguía vivo.

No suficiente para tranquilizarla.

Las horas que siguieron me enseñaron algo que desde entonces no he podido olvidar:

en México, para un periodista local, la distancia entre una cámara encendida y una fosa clandestina puede medirse en minutos.

5. Desde entonces vivo con testigos armados

El gobierno federal me incorporó al mecanismo de protección para periodistas.

La palabra “protección” suena limpia.

La experiencia no lo es.

Protección significa escoltas permanentes.

Botón de pánico.

Cámaras.

Monitoreo.

Patrullajes.

Audiencias.

Oficios.

Peritajes.

Solicitudes.

Demostrar una y otra vez que uno sigue siendo candidato a la agresión.

Mi esposa también fue incorporada después de una larga batalla legal.

Eso quiere decir que incluso para ir a comprar un refresco en la tienda de la esquina a veces hace falta que alguien armado la acompañe.

Eso quiere decir que mis hijos crecieron entendiendo que la presencia de hombres con radio y pistola alrededor de su familia es parte de la normalidad.

Eso quiere decir que ya no recordamos del todo cómo era vivir solos.

Mi casa dejó de ser una casa.

Se convirtió en un sitio que resiste.

Hay una reja de acero alrededor del patio.

Veintenas de cámaras observando ángulos muertos.

Sensores.

Protocolos.

Y aun así, algunas madrugadas, cuando un coche pasa demasiado lento frente al portón, siento exactamente el mismo desamparo que antes.

Porque uno puede estar rodeado de escoltas y seguir sabiendo que la muerte no necesita pedir permiso para entrar.