Por. J. Jesús Lemus
El análisis de la reciente visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a España revela una serie de fracturas que, lejos de consolidar un puente bilateral, profundizaron el distanciamiento entre España México.
El principal obstáculo para un buen resultado de esa visita fue la insistencia en la disculpa pública por la Conquista. Lo que en la retórica interna funciona como unificador nacionalista, pero en el terreno diplomático europeo se percibió como un anacronismo.
Además, no hubo un avance en la “reconciliación” buscada; por el contrario, se generó un eco de rechazo en la opinión pública española, que ahora asocia la figura de Sheinbaum con una confrontación basada en el pasado y no en el futuro.
No se puede omitir la ausencia de reuniones de Estado de carácter trascendental. La agenda pareció más una gira de relaciones públicas partidistas que una visita oficial de una Jefa de Estado.
Al no lograr sentarse con figuras clave del espectro político español más allá de la izquierda afín, la presidenta quedó encasillada como una líder de facción y no como la representante de todos los mexicanos ante una de las principales potencias inversoras en México.
España es el segundo mayor inversor en México. Los mensajes emitidos durante la visita no lograron disipar las dudas generadas por la reforma judicial y los cambios en el sector energético.
Los capitanes de la industria españoles mantienen una postura de cautela. La visita no sirvió para dar garantías jurídicas, lo que se traduce en un fracaso económico a mediano plazo, si los flujos de capital deciden buscar mercados con mayor estabilidad política.
La decisión de mantener el veto simbólico o la frialdad hacia la Corona Española, representada por Felipe VI, resultó a final de cuentas en un bloqueo institucional, el que parece una herencia de Andrés Manuiel López Obrador.
No se puede pasar por alto que, en la diplomacia europea, las formas son fondo. Ignorar la relevancia institucional del Rey cerró las puertas a una narrativa de cooperación técnica y cultural que suele ser el fuerte de la relación México-España.
Desde la redacción, el balance es claro: fue una visita de consumo interno. Políticamente, Sheinbaum reforzó su base en México al sostener la línea dura de la “Pausa” iniciada en el sexenio anterior, pero diplomáticamente, México perdió la oportunidad de reposicionarse como el socio estratégico natural de España en América Latina.
La relación queda en un estado de estancamiento funcional: los negocios siguen, pero la política de altura ha muerto, al menos durante este sexeno.

