¿NO TE TARDAS MUCHO, PAPÁ?

Crónica de un periodista mexicano que aprendió a perseguir la muerte mientras intenta regresar vivo a casa

Por. Alberto Amaro Jordán

6. El miedo también redacta

Durante mucho tiempo repetí una frase con la soberbia ingenua de quien todavía cree que el valor no se desgasta:

A mí no me van a callar.

La dije en entrevistas.

La dije frente a colegas.

La dije después de amenazas.

La dije después de agresiones.

La dije como quien intenta convencerse de que la voluntad basta para resistir.

Con los años entendí que no.

El miedo no siempre te calla de golpe.

A veces hace algo más sofisticado:

te corrige.

te modera.

te edita.

te susurra al oído cuando estás a punto de publicar un nombre.

te obliga a pensar dos veces una transmisión.

te hace calcular rutas de salida mientras redactas.

te recuerda el rostro de tus hijos cuando una nota puede desatar otra represalia.

Eso también tiene un nombre y durante mucho tiempo me negué a pronunciarlo porque me parecía una forma de derrota:

autocensura.

Sí.

La practico.

No todos los días.

No en todo.

Pero la practico.

Hay datos que decido guardar.

Hay historias que documento y no publico completas.

Hay funcionarios a los que señalo midiendo el costo de cada palabra.

Hay noches en que prefiero narrar el accidente y no profundizar en la red de corrupción que lo rodea.

Decir esto me incomoda porque durante años construí una imagen pública de periodista frontal, de reportero que no se dobla.

Pero una cosa es la imagen.

Otra muy distinta es mirar a tus hijos dormidos y preguntarte si una exclusiva vale la posibilidad de dejarlos huérfanos.

La autocensura no nace de la cobardía solamente.

Nace de la paternidad.

Nace del amor convertido en cálculo de supervivencia.

El miedo también redacta.

Y sería deshonesto fingir que no escribe conmigo.

7. El expediente

En la oficina de Artículo 19 en Ciudad de México existe una carpeta con mi nombre.

No sé cuántas hojas tiene ya.

Sé, por lo que me han dicho quienes la han revisado, que cada agresión fue sumando páginas hasta convertir el expediente en una especie de biografía del hostigamiento.

Amenazas de policías.

Intimidaciones de funcionarios públicos.

Seguimientos.

Disparos frente a mi casa.

Presiones de grupos criminales.

Detenciones arbitrarias.

Campañas de desprestigio.

Mensajes anónimos.

La organización ha advertido de manera reiterada que México sigue siendo uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo, especialmente fuera de la capital, donde los reporteros locales quedan atrapados entre autoridades municipales, policías y estructuras criminales con fronteras cada vez más difusas.

Yo no necesité leer el informe para saberlo.

Lo vivo.

Aquí, en estados pequeños como Tlaxcala, el poder tiene una característica especialmente asfixiante: todos se conocen.

El comandante conoce al alcalde.

El alcalde conoce al empresario.

El empresario conoce al fiscal.

El fiscal conoce al jefe policiaco.

Y tarde o temprano todos terminan sabiendo quién es el periodista que está preguntando demasiado.

A veces no queda claro dónde termina el funcionario y dónde empieza el operador criminal.

Esa ambigüedad es una de las formas más eficaces del miedo.

Porque nunca sabes con exactitud de quién cuidarte.

8. Cambió la presidenta, no cambió la intemperie

En México cambió el rostro del poder.

Claudia Sheinbaum ocupa ahora la silla presidencial que dejó Andrés Manuel López Obrador. El discurso institucional habla de consolidación de la seguridad, continuidad de programas sociales y fortalecimiento de la Guardia Nacional. Pero en los territorios donde los periodistas cubrimos la violencia cotidiana, el cambio de sexenio se parece demasiado a un cambio de escenografía: nuevas voces arriba, los mismos riesgos abajo.

Las patrullas siguen llegando tarde o llegando para intimidar.

Los funcionarios siguen molestándose cuando una cámara los exhibe.

Los alcaldes siguen creyendo que la crítica es una afrenta personal.

Los periodistas seguimos siendo el estorbo.

He aprendido a desconfiar de los grandes anuncios.

Las conferencias mañaneras o los nuevos planes de seguridad no modifican la sensación concreta de estar parado a medianoche frente a una escena del crimen rodeado de policías que preferirían que uno no estuviera ahí.

No hay reforma federal que desactive esa mirada.

No hay transición política que elimine el resentimiento local contra quien documenta.

El Estado me protege y me amenaza al mismo tiempo.

Esa contradicción resume buena parte de la experiencia de ser periodista en México.

9. El Hotel Las Luces

Una de tantas noches, un reporte policial cae al grupo de WhatsApp:

migrantes asegurados en hotel de carretera; presuntos traficantes detenidos.

Giro el volante.

Las escoltas giran detrás de mí.

Conducimos por una vialidad semivacía donde sólo sobreviven algunas fondas abiertas, una vulcanizadora y los anuncios luminosos de moteles baratos.

Llegamos al lugar.

El hotel se llama Las Luces.

Siempre me ha parecido irónico ese nombre para un sitio con fachada ciega, muros altos y ventanas donde casi nunca se ve movimiento.

La cinta amarilla ya cuelga frente al acceso.

Hay agentes apostados.

Patrullas.

Una unidad de migración.

Los migrantes —ecuatorianos y guatemaltecos, me dirán después— ya no están visibles.

Los traficantes tampoco.

La escena oficial ya comenzó a ordenarse.

Yo bajo de la camioneta.

Me pongo la capucha.

Activo la cámara.

Empiezo a transmitir en vivo.

Detrás de cada transmisión hay una coreografía que el público no ve: uno calcula qué tan cerca puede ponerse, qué policías están irritados, quién podría intentar arrebatar el teléfono, dónde están los escoltas, qué ángulo permite mostrar sin estorbar.

—Este inmueble ha sido asegurado por autoridades federales y del instituto de migración —narro mientras camino.

Uno de los agentes me mira con evidente fastidio.

Otro intenta bloquear parcialmente la toma.

No es la primera vez.

Cada cobertura es también una disputa territorial:

ellos quieren controlar la escena;

yo quiero impedir que la controlen por completo.

No siempre gana la cámara.

Pero siempre tiene que estar ahí.

10. La adicción

Hay algo que me avergüenza admitir porque vuelve más compleja cualquier explicación racional de por qué sigo haciendo esto:

la noche también me gusta.

No me gusta la sangre.

No me gusta el dolor ajeno.

No me gusta ver madres llorando ni cuerpos cubiertos con sábanas.

Lo que me gusta —si es que esa es la palabra correcta— es el pulso de la urgencia.

El teléfono sonando.

El dato entrando.

La ruta calculada en segundos.

La adrenalina de llegar.

La sensación de que algo está ocurriendo y uno tiene que estar ahí antes de que la historia se enfríe.

Tal vez esa pulsión nació cuando era niño y leía en el periódico la columna de mi padre: A cargo de Darío Amaro. Tal vez desde entonces asocié la tragedia con una forma de presencia, con la idea de que alguien tenía que contar lo que acababa de romperse.

A veces pienso que heredé no sólo el oficio, sino la imposibilidad de apartar la mirada.

Y eso produce culpa.

Porque hay noches en que odio profundamente lo que este trabajo le ha hecho a mi familia.

Y aun así, cuando entra un reporte nuevo, acelero.

Como si una parte de mí siguiera necesitando demostrar que todavía no me han vencido.

11. Filemón

En medio de todo este dispositivo de seguridad, mi casa conserva escenas absurdamente domésticas.

Las cámaras registran a mis hijos tirados en el sofá viendo caricaturas.

A mi esposa doblando ropa.

A los santos inmóviles sobre sus nichos.

Y en el patio, ajeno a cualquier protocolo de riesgo, aparece Filemón: el burro.

Filemón pasta con una serenidad que a veces me resulta insultante.

Mientras nosotros revisamos monitores, discutimos oficios del mecanismo, escuchamos radios y medimos vehículos sospechosos, él mastica hierba como si el mundo no estuviera lleno de amenazas.

Más de una vez me he quedado mirándolo desde la ventana.

Pienso que en esta casa el único ser vivo que todavía no entiende el miedo es el burro.

Y me da envidia.

Porque nosotros sí lo entendemos todos.

Mis hijos.

Mi esposa.

Yo.

Los escoltas.

Todos convivimos con él como con un huésped inevitable.

Nos sentamos a comer y el miedo se sienta también.

Nos acostamos y duerme en el cuarto contiguo.

Nos despertamos y ya está esperándonos.

La violencia tiene esa habilidad: no necesita disparar todos los días para seguir presente.

Le basta con haber disparado una vez y prometer en silencio que podría hacerlo de nuevo.