Por. Raymundo Hernández Campos
Finalmente se llegó el día, terminó la espera de casi 40 años desde la última vez que la ciudad de Monterrey albergó un partido mundialista, aquél fatídico México-Alemania Federal jugado el 21 de junio de 1986 y que acabó con empate 0-0 para definirse en los penales, con una desastrosa ejecución de La Verde.
Este 14 de junio el Cerro de la Silla volvió a ser testigo de un encuentro de esta categoría, el duelo Suecia-Túnez, del Grupo F, que ganaron los suecos 5-1, un marcador tan escandaloso como su afición, que inmediatamente “conectó” con los aficionados regiomontanos, a pesar de haber llegado apenas uno o dos días antes del partido.
A pesar de que la Selección de Fútbol de Túnez fue la única que eligió a la Sultana del Norte como su campamento base, al que llegó desde el 8 de junio, la conexión con los regios fue moderada. De hecho, su llegada a la ciudad fue muy discreta, pues el gobernador de Nuevo León, Samuel García, en ningún momento acudió a recibirlos personalmente, como sí lo hizo con los japoneses el 2 de junio y con los suecos el 13 del presente.
Pero eso no le importó al joven Yessine Ghraidi, uno de los poquísimos tunecinos radicados en Monterrey desde hace dos años y quien no dudó en ir a darle la bienvenida a “Las Águilas de Cartago” a su hotel de concentración. Sabemos por el INEGI que solo hay 37 personas de Túnez viviendo en México y Yessine fue el único que recibió a su selección, acompañado de su esposa mexicana. Por eso, aunque la llegada del equipo rojo fue discreta, no pasó desapercibida, pues a veces una situación es tan ínfima, que es imposible no verla.
La historia de esa pareja es sencillamente fuera de serie, se conocieron en Facebook, se enamoraron y la mexicana viajó hasta Túnez para conocerlo y traerlo a México. Ahora le tocó ser el único tunecino que recibió a su selección en suelo mundialista. ¿Cuál es la probabilidad de que eso suceda? Sin duda una en un millón, por eso su caso se volvió viral en Nuevo León y en su natal Túnez. Aquí fue entrevistado en televisión y a también a distancia desde medios de su país.
Con una historia así, no hace falta la bienvenida de un gobernador tan protagónico como selectivo.
Fue este pasado fin de semana que empezaron a llegar decenas de tunecinos a Monterrey, al igual que los suecos, quienes hicieron honor al spot mundialista que les dedicó el gobierno estatal, en el que se les retrató como vikingos habidos de alcohol, razón por la que rápido se ganaron la simpatía de los regios. Y no estoy diciendo que los magrebíes no sean alegres, pero se les vio más mesurados, quizá por su formación islámica.
Lo cierto es que la Sultana del Norte vivió la fiesta mundialista entre aficionados suecos, tunecinos y locales, muchos de estos, vestidos con el jersey de los Tigres de la UANL por su similitud con la playera sueca. Por cierto, la barra de ese equipo, “Los Incomparables”, suelen llevar al Estadio Universitario banderas parecidas a la de Suecia y tal vez eso facilitó la decantación por los nórdicos ahora en el estadio de su archirrival, Rayados del Monterrey, que como en diciembre de 2017, volvió a vivir una fiesta auriazul.
Sin embargo, hay algo que los regiomontanos ignoran: tenemos más cosas en común con los tunecinos que con los suecos. Hay razones históricas y muy probablemente genéticas también.
Recordemos que el actual Túnez fue en la Antigüedad la sede de Cartago, una antigua civilización de origen fenicio, aunque separada políticamente de su metrópoli en el Levante Oriental. El Imperio Cartaginés ejerció un considerable dominio sobre la península ibérica durante al menos dos siglos antes de la llegada de los romanos. De hecho, Iberia fue el campo de batalla en el que púnicos y romanos se disputaron la supremacía del Mar Mediterráneo.
Regresando al noreste mexicano, recordemos que Monterrey fue una ciudad fundada con familias judías de la rama sefardí, abundante en España y el norte de África, donde se ubica Túnez. Y si observamos bien, tunecinos y regiomontanos se parecen mucho, lo único que los diferencia es la cuestión religiosa y cultural.
En contraparte, Suecia y Monterrey no tienen vínculos históricos ni genéticos considerables, salvo las relaciones empresariales de los recientes años. Pero no fue eso lo que nos unió esa noche, sino el único factor común entre estos pueblos distantes: el alcohol y la fiesta. Si los mexicanos presumimos de ser muy fiesteros, los suecos nos demostraron que ellos también lo son, y mucho.
La primera escala de esta fiesta fue el recientemente inaugurado “Parque del Agua”, a un lado del estadio y en el área donde antes estaba el parque de diversiones “Bosque Mágico”. Desde ahí ya comenzaban las tradicionales “retas” con shots de tequila, que los vikingos afrontaron con mucha alegría, al igual que el reto de probar chiles jalapeños con especial gallardía. Por cierto, ahí también anduvo el camaleónico gobernador de NL, Samuel García, quien ahora vistió la camiseta sueca.
Ya dentro del Estadio Monterrey los suecos se convirtieron en los dueños absolutos de la cancha y de las gradas, pero no porque los suecos fueran mayoría, sino porque hubo muchos regios vestidos de amarillo, el color de la alegría. Pero la fiesta regio-sueca no acabó ahí.
Después del partido, los aficionados se trasladaron al Fan Fest del Parque Fundidora, donde se calcula que asistieron cerca de 120 mil personas. Ahí se vivió una auténtica fiesta en la que mexicanos, suecos y alguno que otro tunecino bailaron juntos muchas rolas, incluida el famoso “Payaso de Rodeo”. También los aficionados lanzaban por los aires pelotas, cervezas y personas, toda una “pachanga” que terminó en ese lugar a las 23:30 horas, la hora de cierre del parque.
Pero los suecos aún no tenían ganas de volver a sus hoteles y venía lo mejor, la visita obligada al Barrio Antiguo, la zona colonial de Monterrey que está llena de bares y espacios culturales, pero esta vez la fiesta estaba en los mismos callejones, donde ya no solo hubo “retas” de shots, sino de besos entre dos, tres y hasta cuatro personas. Aquí los “ganones” fueron los suecos y las mexicanas, mientras que las suecas se abstuvieron y los mexicanos se quedaron con las ganas.
A estas horas los tunecinos ya no participaban tanto en el jolgorio, pues sin duda la goleada les pesó en el ánimo, tanto así que esa misma noche renunció su DT. No hubo verbena bereber.
En fin, la fiesta seguirá mientras dure el Mundial y en el Fan Fest del Parque Fundidora se han visto escenas bastante alegres y hasta emotivas. No cabe duda de que a los regios nos gusta “chambear”, pero más nos encanta “pachanguear”.
