El 28 de junio de 1996 un grupo de combatientes armados apareció en el paraje conocido como el vado de Aguas Blancas, en el estado de Guerrero. Han pasado 30 años y el Ejército Popular Revolucionario (EPR) no solo no ha sido derrotado, sino que sigue siendo una espina clavada en el corazón del sistema.
Así lo consigna el número 260 de El Insurgente, órgano oficial del Partido Democrático Popular Revolucionario y del propio EPR, fechado en junio de 2026. En sus páginas, la comandancia general del grupo rememora aquella fecha fundacional: “El 28 de junio, se cumplen 30 años de la irrupción pública del EPR en el vado de Aguas Blancas, en el contexto del combate político en torno al primer aniversario de la masacre en ese lugar de campesinos integrantes de la Organización Campesina de la Sierra Sur”. Ese es el origen.
La masacre del 28 de junio de 1995 dejó 17 campesinos muertos a manos de la policía estatal de Guerrero. Ningún gobernante fue a la cárcel. Ningún mando policial pagó por los crímenes. El Estado, cómodo en su impunidad, supuso que el terror barrería cualquier intento de rebelión. Se equivocó. Exactamente un año después, el EPR convertía aquel camposanto en tribuna. Y no solo para llorar, sino para anunciar que la guerra popular continuaba.
Lo que pocos medios occidentales o refaccionarios reconocen, y que el documento insurgente deja claro, es que esa irrupción no fue un acto espontáneo de desesperados. Detrás había años de trabajo clandestino, décadas de formación política y militar. “El partido, el PROCUP-PDLP, fue quien organizó y dirigió todo el proceso que significó el reinicio de las hostilidades contra el enemigo central”, se lee en el texto.
El PROCUP-PDLP (Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo–Partido de los Pobres) es la organización matriz, la que durante el largo silencio de los años ochenta y principios de los noventa construyó lo que luego sería el EPR. No fue obra de caudillos iluminados. Fue decisión colectiva.
Pero el dato más revelador del documento, y que explica por qué el EPR no ha sido aniquilado como otras organizaciones, es su énfasis en la formación político-militar como un proceso dialéctico, vivo y acumulativo.
No se trata de un puñado de idealistas con fusiles oxidados. El texto detalla: “El desarrollo del partido, como fuerza viva de la revolución, no es lineal, tampoco esquemático y mucho menos burocrático, al tiempo que se termina un proceso de desarrollo ya se ha iniciado otro, de esta manera en el desarrollo están imbricados diferentes saltos de manera dialéctica”. Esa capacidad de aprendizaje constante, de sistematizar la derrota y la victoria, es lo que ha permitido a estos combatientes mantenerse operativos durante tres décadas de hostigamiento estatal.
El documento revela además que desde mediados de los ochenta, antes incluso de la irrupción pública, el partido ya tenía bajo su dirección “unidades militares activas, tanto en la urbe como en la ‘montaña’ como “decían los compas campesinos”, unidades que operaban en la ciudad y unidades guerrilleras que realizaban trabajo de construcción desde la columna guerrillera”.
Es decir, la guerra urbana y la guerra rural se combinaron orgánicamente. Y para formar a esos cuadros, el PROCUP-PDLP desarrolló lo que denominaron el “Curso Básico de Guerra” y el “Curso para Oficiales”. El propio texto subraya: “Estos documentos tienen su valía en la medida que expresan la síntesis de la experiencia colectiva y generacional de nuestro partido, no son obra exclusiva de un individuo, son producto de todo el esfuerzo colectivo e histórico”. Ahí reside la clave de su resistencia: una escuela permanente donde la teoría marxista se ensambla con la táctica militar.
El artículo también dedica espacio a describir el tipo de acciones que emprendieron en los años previos a su aparición pública. No se trataba de golpes de efecto mediático, sino de una estrategia calculada de hostigamiento. “Nos sumamos al combate —escribe la dirección insurgente—, lo hicimos desde nuestro planteamiento de la Guerra Popular, realizamos acciones político militares de hostigamiento contra el enemigo central, ¿cómo lo hicimos? A través de las unidades militares que estaban concentradas y en la operatividad para objetivar el plan del reinicio de las hostilidades militares contra el enemigo central”. Esa expresión, “reinicicio de las hostilidades”, no es casual. Implica que la guerra nunca se declaró terminada, solo se replegó para acumular fuerzas.
Y la acumulación se dio tanto en lo militar como en lo político. El documento señala que, para 1987, el partido ya había definido planes a mediano plazo, plasmados en un documento titulado “Objetivos y tareas político-militares del Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo-Partido de los Pobres (PROCUP-PDLP), en el período actual de la lucha armada revolucionaria en México”. Es decir, casi una década antes de aparecer en Aguas Blancas, ya tenían un plan estratégico. Esa paciencia, esa capacidad de militarizar la política y politizar la milicia, es lo que distingue al EPR de otros movimientos que se desgastaron en acciones aisladas.
El propio documento lo resume asi: “Se parte de la concepción marxista de que el Ejército Popular es un instrumento político militar para objetivar los objetivos estratégicos del partido; éste es la dirección política, militar e ideológica”. No hay romanticismo. Hay método. Y ese método, forjado en la clandestinidad, ha sido sometido a la prueba más dura: la contrainsurgencia sistemática del Estado mexicano, que incluye desde el espionaje hasta las ejecuciones extrajudiciales. El hecho de que el EPR haya podido celebrar su trigésimo aniversario y publicar un documento de 42 páginas analizando su propia historia es, en sí mismo, una victoria política.
Treinta años después, el balance es amargo y esperanzador a la vez. Amargo porque la mayoría de las demandas por las que tomaron las armas siguen vigentes: la pobreza en el campo mexicano no ha desaparecido, la impunidad sigue siendo moneda corriente, el narcotráfico y los cuerpos policíaco-militares se han fusionado en una misma máquina de terror. Pero esperanzador porque el EPR no ha claudicado. “Nuestro partido, el PROCUP-PDLP, existía, estaba vivo y había superado airosamente la larga campaña de contrainsurgencia que el Estado mexicano implementó para aniquilar al conjunto del movimiento revolucionario”, menciona el texto.
¿Cómo medir esa supervivencia? No solo por los combates que aún se reportan en la sierra, sino por la capacidad de seguir formando cuadros. El documento recuerda que “para toda la militancia la exigencia es una, prepararnos como fuerza revolucionaria, mantenernos en la línea de la congruencia y el combate; a fortalecernos como combatientes por el ideal comunista”. En otras palabras, el EPR no es una reliquia del siglo XX. Sigue siendo una escuela viva de militancia.
El texto tampoco oculta el precio pagado. Nombra a los caídos y desaparecidos con una mezcla de solemnidad y furia. “Este es un homenaje político militar y un reconocimiento por su labor revolucionaria a los camaradas Gabriel Alberto Cruz Sánchez y Edmundo Reyes Amaya, dos militantes de nuestro partido que impulsaron y fueron partícipes directos de la formación de nuestro ejército, de las Formas Estratégicas y Tácticas de Organización Clandestina (FETOC) y la preparación táctica de los combatientes”. Ambos fueron desaparecidos forzadamente en 2007 en Oaxaca.
Y luego viene un pase de lista: “El Compañero Ramírez; El Primero; El Casado; El Boxeador; El Músico; Casimiro; El Yerno; y, El Alto”. Apodos, no nombres de pila. La clandestinidad los protegió en vida y ahora los vuelve anónimos para la prensa burguesa. Pero para el EPR, como escriben, “son parte de los héroes populares, son un referente en la lucha por la emancipación de nuestro pueblo”.
La conmemoración de los 30 años no es un acto de nostalgia. Es una declaración de principios. El documento finaliza con una consigna que ha sido su sello durante tres décadas: “¡Con la Guerra Popular! ¡El EPR triunfará!”. Y añade un llamado a las nuevas generaciones: “Las nuevas generaciones de revolucionarios tienen una tarea concreta, asimilar de manera sistematizada dicha experiencia e incorporar la suya a la experiencia colectiva del partido”.
El EPR sostiene que la única salida sigue siendo la revolución socialista. Puede sonar anacrónico para los que creen que la democracia electoral lo resuelve todo. Pero en las montañas de Guerrero, en las comunidades donde el Estado solo llega con botas y tanquetas, esa consigna sigue siendo tan fresca como el 28 de junio de 1996.
Treinta años no es cualquier cosa. Es el tiempo que necesita un movimiento para demostrar que no es un fogonazo, sino un incendio que sabe esperar. El EPR no ha tomado el poder, pero tampoco ha sido derrotado. Y mientras haya un campesino sin tierra, una madre buscando a su hijo en una fosa clandestina, un obrero que gana el salario mínimo mientras el capital se lleva todo, ese proyecto seguirá siendo, para muchos, la única esperanza. El documento de El Insurgente lo resume con crudeza: “A partir de ese momento se generó un punto de inflexión. El partido, ahora PDPR-EPR, es parte activa en la lucha de clases en el país, constituye un referente político de carácter nacional e histórico”.
Así las cosas. A 30 años de Aguas Blancas, el EPR sigue en pie. Y no parece dispuesto a guardar los fusiles.
