Por. Gabriel Séptimo Cantón
El fútbol, en su esencia más pura, pertenece a la calle, ahí nos formamos, en las mañanas, tardes y noches, por lo menos así lo hice en la colonia Menchaca de Tepic.
El fútbol, mi deporte, nació en los barrios, se nutrió de la pasión popular y creció gracias a esa identidad colectiva que no entiende de clases sociales.
Sin embargo, la evolución de las Copas del Mundo nos demuestra, cada vez con mayor descaro, que ese deporte que era del pueblo hoy le ha sido arrebatado para convertirse en un producto de aparador, exclusivo e hiper-blindados para las élites corporativas.
Estamos casi a finales de un torneo diseñado por y para el dinero. Un “Mundial Fifí” donde el ciudadano común —el que vive el tráfico de las obras, el que financia indirectamente con sus impuestos la seguridad y la infraestructura, y el que pone el folclor en las calles— quedó relegado a ver pasar los camiones de los turistas. Yo no puedo negar, que de niño soñé con ir a un mundial, pero pagar por un boleto 20 mil, 40 mil, sobrepasa cualquier deseo, si eres un trabajador que tiene sus cuentas ajustadas.
Entrar al estadio se ha vuelto un lujo prohibitivo, tasado en dólares, reservado para los paquetes de hospitalidad ejecutiva y el turismo internacional de alto poder adquisitivo. Para la gente local, la gran fiesta del balompié se reducirá a la pantalla del televisor.
Pero la exclusión no es solo física; es también económica y mordaza, basta escuchar el noticiero de Cristián Langarica, en RADIORAMA, en donde entrevistan a los angustiados restauranteros.
El aparato legal de la FIFA desembarca en los países anfitriones con la fuerza de un estado soberano, impone un cerco asfixiante sobre el comercio local.
Resulta ridículo, y a la vez alarmante, el nivel de censura comercial que se despliega. Bajo la amenaza de sanciones millonarias, la tiendita de la esquina, el restaurante familiar o el microempresario tienen prohibido pronunciar el nombre del torneo en su publicidad.
Palabras como “Mundial”, “Copa del Mundo” o “FIFA” quedan secuestradas por un puñado de marcas trasnacionales que pagaron sumas estratosféricas para poseer el monopolio del lenguaje.
Es la dictadura del marketing.
Mientras se le exige a los gobiernos locales exenciones fiscales y facilidades absolutas para que el negocio ruede limpio, a la economía local se le persigue con inspectores listos para clausurar al panadero o al rotulista que ose celebrar “la fiesta del fútbol” usando los términos prohibidos.
Al comerciante independiente se le empuja a la periferia de su propia fiesta, obligándolo a recurrir al ingenio de los sinónimos para no ser devorado por los bufetes de abogados del organismo deportivo.
La contradicción es total. Se utiliza el orgullo nacional y la identidad de los pueblos como combustible para encender el entusiasmo y justificar el gasto público, pero a la hora de repartir los beneficios y los asientos, las reglas están diseñadas para expulsar al de casa.
El fútbol sigue siendo un juego hermoso, pero su máxima vitrina se ha transformado en un frío tablero de control donde el pueblo ya no es el protagonista, sino un simple elemento de escenografía.
Al final, será el mundial de los Fifis, esos señalados de tener gustos exclusivos, solo espero que griten mucho y apoyen a la selección mexicana, que nos representa por lo menos en la inocencia de un balón
que de niño pateamos…nos leemos en el siguiente Cantón.

