Apunte de Papel //La moral en el palco de honor: las grietas en la narrativa del poder

Por. J. Jesús Lemus

El poder político no solo se mide por los decretos firmados o las cifras presentadas en los informes de gobierno. Se mide, sobre todo, por la consistencia entre lo que se predica en el micrófono y lo que se ejecuta cuando las luces de la propaganda se apagan.

Cuando un proyecto político, como el de la Cuarta Transformación, encabezado por Claudia Sheinbaum, coloca la autoridad moral como su principal activo, cualquier fisura en la congruencia deja de ser un tropiezo menor para convertirse en un problema de fondo.

En el ejercicio de la máxima magistratura del país, la narrativa de Sheinbaum suele ser un contrato no escrito con los ciudadanos.

Por ello, resulta inevitable cuestionar los episodios donde la retórica de la austeridad y el orgullo nacionalista de la presidenta chocan de frente con la comodidad del privilegio y las exigencias del espectáculo global.

Durante años se ha venido manteniendo una postura firme y categórica, por parte de la 4T frente a la historia: la exigencia intransigente de que España ofreciera disculpas públicas por los agravios de la Conquista.

Aquella bandera, enarbolada como un símbolo de dignidad soberana y reparación moral, sirvió para marcar una distancia ideológica clara y para alimentar el discurso de la resistencia frente a los antiguos poderes coloniales.

Sin embargo, los principios que se presentan como inamovibles parecen ablandarse bajo el peso de los grandes eventos mediáticos.

Que la presidente Sheinbaum haya estado en la entrega de la copa mundial de fútbol al seleccionado español representa una paradoja difícil de asimilar.

¿Dónde quedó la exigencia de dignidad histórica cuando llegó el momento de sonreír para la foto internacional y entregar el máximo galardón deportivo a la misma nación a la que se le condicionaba el diálogo diplomático? La geopolítica de la dignidad pareció ceder su lugar a la diplomacia del entretenimiento, revelando que las causas históricas pueden ser altamente flexibles según el escenario en el que se representen.

El confort de las élites y el discurso de la cercanía

La contradicción de la señora Sheinbaum se vuelve aún más cercana y tangible cuando se traslada al terreno de la austeridad personal. Se había asegurado públicamente que no se asistiría a los partidos de fútbol debido al costo desorbitado de los boletos, un gesto que pretendía empatizar con la mayoría de la población que encuentra en los precios de los espectáculos masivos un lujo inalcanzable.

Se prometió una distancia tajante con los círculos de privilegio y un rechazo casi orgánico a codearse con las cúpulas económicas.

La estampa final, sin embargo, desmintió la promesa.

Sheinbaum ocupando el palco más exclusivo de un estadio, rodeada de la alta jerarquía empresarial y política internacional, destruyó de golpe la simulación de cercanía popular.

El problema no es que un mandatario asista a un evento de relevancia mundial en el ejercicio de sus funciones institucionales. El problema radica en la construcción previa de un personaje moralmente superior que juzga el consumo de los demás mientras disfruta de las mayores comodidades que el poder puede ofrecer.

La política moderna está saturada de discursos diseñados para emocionar, pero la ciudadanía no es ajena a las obvias desconexiones entre la palabra y el acto. No se trata de puritanismo, sino de exigir la misma vara de medir con la que el poder juzga a sus adversarios.

Cuando el discurso antielitista se acomoda en un sillón de piel dentro de una suite VIP y la firmeza histórica se convierte en una sonrisa protocolaria ante el receptor de un trofeo, la integridad moral sufre un desgaste silencioso pero profundo.

Al final, gobernar requiere más que slogans austeros; exige la honestidad de reconocer que el poder, por su propia naturaleza, disfruta de privilegios que no deberían disfrazarse de falsa modestia.