Por. J. Jesús Lemus
El mapa espiritual y social de México atraviesa por una de sus metamorfosis más profundas en más de un siglo. Lo que durante décadas fue considerado el bastión católico indiscutible de América Latina, hoy experimenta un vertiginoso desplazamiento hacia la diversidad fe.
La transición, lejos de ser un simple fenómeno teológico, es una respuesta directa a las fracturas estructurales del país: la pobreza persistente, el desempleo formal, el desgaste de las instituciones públicas y una abismal distancia percibida entre las élites religiosas y la cotidianidad de las familias trabajadoras.
Las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía permiten ponderar la magnitud de este ajuste histórico. Mientras que en el año 2010 cerca del ochenta y tres por ciento de los mexicanos se identificaba como católico, para las mediciones censales recientes ese porcentaje cayó drásticamente hasta situarse alrededor del setenta y siete por ciento.
Esa pérdida de espacio por parte del catolicismo no se tradujo en un vacío, sino en la consolidación de dos corrientes: un incremento considerable en las personas sin adscripción religiosa y, de forma sumamente notable, una expansión acelerada del movimiento evangélico y protestante.
Esta variante cristiana pasó de agrupar al 7.5 por ciento de la población hace una década a superar el once punto dos por ciento, lo que se traduce en más de catorce millones de personas que hoy encuentran en estas congregaciones su espacio de fe.
Mas religiosos en el sureste
El avance de este movimiento no se distribuye de manera uniforme, sino que dibuja una geografía muy clara en las regiones de mayor marginación económica y social. La franja sureste del país representa el epicentro de esta reconfiguración espiritual.
En estados como Chiapas, el porcentaje de creyentes evangélicos bordea ya un tercio del total de sus habitantes, seguido muy de cerca por entidades como Tabasco, Campeche, Quintana Roo y Veracruz, donde los templos de corte pentecostal y neopentecostal abren sus puertas prácticamente en cada esquina de las comunidades rurales y periferias urbanas.
La constante que une a estos territorios no es casualidad; coincide de forma casi exacta con los mapas oficiales de rezago social y vulnerabilidad económica, donde más del cincuenta por ciento de la población enfrenta carencias básicas en materia de vivienda, servicios públicos y estabilidad laboral.
Para comprender por qué un templo evangélico florece en el corazón de una colonia marginada donde los programas de gobierno no logran echar raíces, es necesario analizar la religión como una válvula de escape frente a una realidad abrumadora.
Cuando las familias enfrentan la falta de empleo formal, el desempleo o la precariedad de la economía informal, la oferta de soluciones institucionales suele percibirse distante, burocrática e inalcanzable. Ante esa desprotección del Estado, la fe evangélica ofrece una respuesta inmediata, un refugio emocional y un sentido de pertenencia comunitaria.
En las iglesias evangélicas, la búsqueda de una intervención divina no es un concepto abstracto, sino una herramienta de supervivencia diaria.
Se orador por la salud de los enfermos cuando el sistema de sanidad falla, se pide por la provisión económica ante el despido o la falta de ventas en el comercio ambulante, y se busca la sanación espiritual de familiares atrapados en problemas de adicciones o violencia doméstica.
A diferencia de las estructuras eclesiásticas tradicionales, el culto evangélico se caracteriza por una calidez emotiva y una red de apoyo mutuo en donde el vecino ayuda al vecino, ofreciendo una comunidad colectiva inmediata que sustituye la ausencia de redes de protección social oficiales.
Se alejan de la riqueza del catolicismo
Esta dinámica contrasta fuertemente con las razones que distancian a millones de ciudadanos de la Iglesia Católica. Durante años ha crecido en sectores populares la percepción de que la jerarquía católica representa a una institución lejana, ostentosa y asociada históricamente a las élites económicas y políticas del país.
El esplendor barroco de los templos tradicionales, el lenguaje formal de su liturgia y la frialdad con la que a menudo se administran los sacramentos han llevado a muchos a sentir que se trata de una iglesia de ricos o para ricos. A esto se suma el cansancio frente a una estructura percibida como vertical y poco receptiva ante los dramas cotidianos del ciudadano de a pie.
En contraposición, el pastor evangélico suele ser una persona surgida del propio barrio o de la misma comunidad rural. Es un hombre o una mujer que habla el mismo lenguaje, que comparte las mismas carencias económicas y cuya capilla puede comenzar operando bajo un techo de lámina o en la cochera de una vivienda familiar.
Esa horizontalidad genera un nivel de empatía difícil de igualar para una jerarquía centenaria. Además, la teología del florecimiento personal y la ayuda mutua que predican estas iglesias fomenta la disciplina personal, el abandono de vicios y el ahorro familiar, lo que en el corto plazo genera mejoras tangibles en el bienestar del hogar.
El fenómeno de los últimos diez años demuestra que el crecimiento evangélico en México no responde únicamente a un cambio de dogma o de doctrina. Es, en el fondo, una reconfiguración sociológica donde la necesidad de amparo ante la adversidad económica encuentra respuesta en una fe colectiva, dinámica y participativa.
En un país donde la brecha social sigue siendo una asignatura pendiente, las iglesias evangélicas han sabido posicionarse no solo como espacios de culto, sino como refugios de esperanza y supervivencia para millones de mexicanos.
