Por. J. Jesús Lemus
El estruendo del metal retorciéndose en la oscuridad de la madrugada irrumpió en la quietud habitual del desierto sonorense. En las inmediaciones del ejido Cuauhtémoc, muy cerca de la zona conocida como el Rancho Potrero El Cobre dentro del municipio de Naco, una unidad de carga de la empresa Ferromex sufrió un severo descarrilamiento que volvió a encender las alarmas ambientales en el norte del país.
La carga siniestrada no era menor: un vagón tipo carrotanque terminó volcado sobre el terreno, liberando decenas de miles de litros de una sustancia altamente nociva e industrial.
Las cifras preliminares de las autoridades ambientales indican el vertido de cerca de cincuenta y nueve mil litros de hidrosulfuro de sodio, un compuesto químico corrosivo que se utiliza ampliamente en la minería para la flotación de minerales y en diversos procesos industriales.
El derrame de este volumen sobre la corteza terrestre del municipio fronterizo desató de inmediato la movilización de inspectores federales, personal de protección civil y técnicos especializados en contingencias químicas para intentar contener la filtración y medir los estragos en el entorno.
El impacto sobre el suelo es una de las mayores preocupaciones técnicos y ambientales en este momento. Cuando el hidrosulfuro de sodio entra en contacto directo con la tierra desértica y la humedad natural del terreno, desencadena reacciones químicas que alteran de manera drástica el equilibrio del pH en el subsuelo.
Esta sustancia, al ser fuertemente alcalina y altamente reactiva, representa un peligro inminente para la microfauna, la capa fértil de la tierra y las raíces de la vegetación endémica.
Existe un riesgo sustancial de que el químico se filtre hacia las capas freáticas más profundas, lo que podría comprometer la calidad de los acuíferos subterráneos de los que dependen ejidatarios y rancheros de la región para el riego y el consumo de su ganado.
Para los habitantes de Naco y las comunidades agrícolas circundantes, la noticia del accidente generó una ola de incertidumbre y temor.
Si bien los primeros reportes de los cuerpos de emergencia confirmaron que no se registraron personas lesionadas de forma directa ni víctimas mortales al momento del impacto, el riesgo latente por la volatilización del compuesto mantiene en alerta a las familias locales.
El hidrosulfuro de sodio, al reaccionar con ácidos o incluso con agua, puede emitir sulfuro de hidrógeno, un gas sumamente tóxico caracterizado por un olor penetrante a huevos podridos que, en concentraciones elevadas, provoca irritación severa en las vías respiratorias, mareos, náuseas e incluso asfixia.
Por este motivo, el área fue acordonada de manera preventiva mientras las cuadrillas trabajan a marchas forzadas para la neutralización del compuesto y la recogida del material contaminado.
La sombra de este incidente recae directamente sobre la figura del empresario Germán Larrea y el conglomerado Grupo México, consorcio matriz de la concesionaria ferroviaria Ferromex.
En la memoria colectiva de Sonora, cualquier contingencia química asociada a estas empresas evoca el amargo recuerdo de la tragedia socioambiental del Río Sonora ocurrida hace más de una década, cuando la mina Buenavista del Cobre derramó millones de litros de sulfato de cobre acidulado.
Por ello, ambientalistas, productores locales y activistas de la región exigen que no se minimice la magnitud de este nuevo derrame bajo el argumento de ser un evento contenido.
Las dependencias encargadas de la fiscalización ambiental, entre ellas la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente y la Comisión Nacional del Agua, iniciaron los protocolos de inspección, muestreo de tierras y monitoreo hídrico.
Estas diligencias buscan determinar la profundidad a la que penetraron las sustancias químicas y evaluar el grado de remediación que se le exigirá a la empresa concesionaria. De no realizarse un raspado profundo del suelo contaminado y un proceso riguroso de neutralización, las lluvias estacionales podrían arrastrar los residuos tóxicos hacia arroyos y cauces cercanos, multiplicando el alcance de la contaminación a lo largo del territorio municipal.
El operativo en la zona del rancho Potrero El Cobre continúa bajo estrecha vigilancia.
Mientras los equipos técnicos intentan erigir diques de contención y recuperar parte del producto químico acumulado en las oquedades del terreno, los pobladores exigen transparencia total sobre los niveles de toxicidad en el aire y el agua.
El escenario actual deja al descubierto la vulnerabilidad del transporte de insumos peligrosos por la vía férrea en el norte del país y renueva la exigencia social de sanciones severas y planes de remediación integrales para garantizar la salud de la población y la preservación del suelo sonorense.
