Por. J. Jesús Lemus
Desde donde se vea en el ámbito diplomático y geopolítico, se observa cómo la relación bilateral entre México y Estados Unidos ha entrado en una fase marcada por una retórica inédita, cargada de ambivalencia y asimetría por parte de Washington.
El presidente Donald Trump ha desplegado una estrategia discursiva frente a la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum que oscila constantemente entre el halago superficial y la mofa velada, una dinámica que pone de manifiesto la distancia que existe en el trato que el mandatario estadounidense dispensaría a un socio en igualdad de condiciones.
El episodio más reciente de esta serie de pronunciamientos públicos tuvo lugar durante un mitin político en el estado de Michigan, donde el mandatario estadounidense volvió a utilizar el escenario para mofarse de la forma en que la presidente Sheinbaum pronuncia el nombre México.
En su discurso frente a trabajadores de la industria automotriz, Trump imitó de manera irónica la pronunciación de México utilizando una entonación exagerada que atribuyó directamente a Sheinbaum.
Entre risas frente a sus simpatizantes, afirmó que le encanta la manera en que la mandataria habla y cómo pronuncia el nombre de México, al decir “Mejijo”, llegando a relatar anécdotas en las que él mismo intenta imitar ese sonido en reuniones privadas, refiriendo que también dice “Mejijo”, dejando ver una intencionalidad de caricaturizar la figura de la presidenta mexicana ante la audiencia norteamericana.
No es la primera vez que se burla
Este incidente no constituye un hecho aislado, sino que forma parte de un entramado discursivo más complejo que se ha venido gestando desde la Casa Blanca.
En diversas oportunidades, Trump ha dedicado palabras aparentemente elogiosas hacia Sheinbaum, calificándola como una mujer brillante, de inteligencia notable, e incluso destacando públicamente su elegancia en el vestir y su buena presencia en el plano diplomático.
Sin embargo, estos piropos suelen ser el preámbulo de aseveraciones que desmantelan de inmediato cualquier reconocimiento de soberanía o liderazgo efectivo.
Tras referirse a ella con calificativos halagadores, el líder estadounidense suele rematar sus declaraciones afirmando que la presidenta de México está aterrorizada por los grupos del crimen organizado o que siente un miedo paralizante ante los cárteles del narcotráfico.
Esa dualidad entre la condescendencia y la descalificación no es casual ni inocente. Al construir una narrativa en la que Sheinbaum es retratada como una figura inteligente y agradable pero incapaz y atemorizada, la retórica del gobierno estadounidense busca despojar a la mandataria de su estatus como homóloga de pleno derecho.
Este trato desequilibrado responde a una tensión de fondo mucho más profunda: la negativa sistemática del gobierno mexicano a validar el diagnóstico que se promueve desde diversos sectores políticos y gubernamentales de Estados Unidos, los cuales insisten en calificar a la administración mexicana como un narcoestado o una estructura dominada por el crimen.
Al rechazar de forma tajante las ofertas de intervención militar directa o el despliegue de tropas extranjeras en territorio nacional bajo la premisa de que existiría una subordinación gubernamental hacia los cárteles, la presidenta mexicana ha sostenido la postura de mantener cooperación sin sometimiento.
Esta firmeza de supuesta soberana frente a las presiones de Washington incomoda al esquema de la administración de Trump, que recurre a la ridiculización pública y al paternalismo discursivo como herramientas para presionar y deslegitimar la posición mexicana.
En suma, los comentarios irónicos sobre el acento o la forma de nombrar al país, sumados a la insistencia en presentar a la jefa del Ejecutivo mexicano como una mujer asustada frente al poder del narcotráfico, evidencian un estilo diplomático que sustituye el respeto entre pares por la exhibición de poder.
A través de esta estrategia discursiva, Washington intenta imponer su narrativa sobre la seguridad hemisférica mientras la presidencia de México busca contener los ataques verbales sin ceder terreno en el ámbito de la soberanía nacional.
