Nadie ve la crisis humanitaria de los migrantes del sur en Tapachula

Por. J. Jesús Lemus

Mientras la atención mediática internacional fija la mirada con frecuencia en el Mediterráneo o en las costas del sur de España, en el límite sur de México se consuma a diario una tragedia humana de proporciones similares o incluso mayores, pero cubierta por un espeso manto de indiferencia global.

Tapachula, una ciudad calurosa cercada por montañas y campos agrícolas, se ha transformado en una inmensa cárcel al aire libre donde se amontonan entre veinte mil y cincuenta mil personas atrapadas en un limbo jurídico y social sin un horizonte claro.

Caminar por los alrededores del parque central o por los accesos a las oficinas de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados es presenciar el colapso sistemático del refugio. Familias enteras procedentes de Haití, Cuba, Venezuela, Honduras, Guatemala y Ecuador duermen sobre cartones colocados en banquetas infectadas de mosquitos, bajo temperaturas sofocantes que superan con facilidad los treinta y cinco grados.

El aire huele a humedad, a drenaje expuesto y a la comida improvisada en pequeños anafres por quienes han gastado el último dólar de sus ahorros mientras esperan un trámite burocrático que puede tardar hasta un año o dos en resolverse.

La maquinaria institucional lejos de brindar alivio funciona como un cuello de botella institucional. Los miles de expedientes acumulados en las dependencias oficiales obligan a los solicitantes a acudir periódicamente a firmar listas interminables para no perder su estatus, lo que inmoviliza a la población en esta urbe fronteriza sin permitirles trabajar formalmente ni avanzar hacia el norte.

Sin acceso a un empleo legal, a un sistema de salud digno ni a viviendas habitables, miles de niños, mujeres embarazadas y adultos mayores dependen por completo de la caridad comunitaria o de escasas organizaciones no gubernamentales cuyos recursos ya se encuentran sobrepasados.

Esta inmovilización forzada ha convertido a Tapachula en un territorio idóneo para la explotación delictiva. El crimen organizado y las redes de trata operan con impunidad en la zona, aprovechando la vulnerabilidad absoluta de quienes no tienen protección estatal. Los relatos en las calles son desgarradores.

Abundan los testimonios sobre secuestros masivos cometidos en las rutas clandestinas o en las casas de seguridad improvisadas cerca de la frontera, donde las bandas criminales privan de la libertad a grupos enteros, confiscan sus pertenencias y exigen rescates en dólares a sus familias en el extranjero a cambio de no asesinarlos.

En muchos casos, los sobrevivientes narran cómo les marcan la piel con sellos o tinta como si fuesen mercancía registrada por los grupos que dominan el territorio.

A la amenaza del crimen organizado se suma el acoso de la extorsión cotidiana. Tanto células delictivas como malos elementos de diversas corporaciones policiacas acechan a los migrantes en los accesos carreteros y puntos de control.

Quienes intentan caminar por las carreteras en caravanas desesperadas para salir del encierro son detenidos, despojados del dinero que les queda y retornados al punto de partida, obligándolos a reiniciar el ciclo de la miseria.

La muerte también camina a la par de este éxodo silencioso. Quienes intentan rodear los controles oficiales se adentran en selvas hostiles, cruzan ríos acaudalados o viajan hacinados en camiones de carga a riesgo de volcar o asfixiarse en el trayecto.

A ello se suman las enfermedades infecciosas, la desnutrición severa en la niñez y las crisis de salud mental provocadas por la incertidumbre prolongada y la violencia acumulada desde sus países de origen.

Europa cuenta con un debate político y mediático constante sobre los flujos migratorios que cruzan el mar, pero lo que sucede en el sur de México parece no existir para los grandes titulares internacionales.

Sin políticas públicas integrales de acogida, sin vías de regularización ágiles y con una frontera enfocada principalmente en la contención de seguridad, Tapachula permanece como el epicentro de un sufrimiento invisibilizado, donde miles de seres humanos sobreviven al margen de la dignidad humana más elemental.