Por. J. Jesús Lemus
El ejercicio del poder político siempre ha necesitado de la memoria, pero sobre todo de la administración del olvido. En la historia contemporánea de México, la revisión de los símbolos urbanos y geográficos no responde a un mero celo historiográfico, sino a una estrategia sistemática de reconfiguración identitaria donde el espacio público se convierte en el escenario principal de una contienda ideológica.
La reciente propuesta para rebautizar el mítico paso geográfico entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, conocido durante siglos como el Paso de Cortés, representa un eslabón más en una cadena de decisiones encaminadas a extirpar los vestigios del relato hispanista de la geografía nacional.
Para comprender el alcance de esta medida impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum, es indispensable trazar la línea del tiempo que comenzó a dibujarse durante su gestión como jefa de Gobierno de la Ciudad de México.
Aquel 10 de octubre de 2020, cuando la estatua de Cristóbal Colón fue retirada sigilosamente de la avenida Paseo de la Reforma bajo el argumento oficial de someterla a un proceso de restauración, se activó una política de resignificación del paisaje urbano. Lo que inició como un resguardo técnico derivó pronto en una postura política explícita que rechazaba la permanencia del navegante genovés en la arteria comercial y cultural más importante del país.
La ofensiva simbólica continuó al año siguiente con cambios de nomenclatura cargados de una densidad conceptual deliberada. El 27 de julio de 2021, el árbol y la plaza conocidos históricamente como de la Noche Triste pasaron a llamarse de la Noche Victoriosa, transformando el lamento castellano de la derrota en una efeméride de resistencia mexica.
Apenas unas semanas después, el 13 de agosto del mismo año, la emblemática calzada Puente de Alvarado, cuyo nombre evocaba la figura del conquistador Pedro de Alvarado, fue rebautizada como calzada México-Tenochtitlan, eliminando del plano vial a uno de los capitanes clave de la caída del imperio azteca.
El hito que selló la metamorfosis de Reforma ocurrió el 23 de julio de 2023, cuando en el espacio que ocupó la figura del almirante se instaló la réplica de La joven de Amajac, una escultura prehispánica hallada en la Huasteca veracruzana. Con esta acción no solo se sustituyó una obra artística por otra, sino que se consumó la sustitución de la narrativa de la conquista por la de la reivindicación de las mujeres indígenas como actoras centrales de la historia nacional.
La propuesta formulada este nueve de agosto para rebautizar el Paso de Cortés demuestra que esta política no era un proyecto de ámbito exclusivamente local restringido a la capital del país, sino una doctrina de Estado que ahora se proyecta a nivel federal.
La intención de rebautizar la ruta volcánica por la que cruzaron las huestes españolas en su marcha hacia Tenochtitlan busca despojar al capitán extremeño de su última gran impronta en la cartografía patria, sustituyéndola por una denominación que apele al orgullo de las comunidades originarias.
Al analizar el fondo de este fenómeno, diversos sociólogos y politólogos coinciden en que la llamada Cuarta Transformación requiere de la construcción continua de un antagonista ideológico para mantener cohesionada a su base social y justificar su proyecto de nación.
Ante la dificultad de confrontar enemigos contemporáneos sin generar costos geopolíticos o económicos inmediatos, la apelación a figuras pretéritas ofrece un adversario perfecto: inmóvil, incuestionable en la arena política actual y cargado de una connotación histórica negativa en el imaginario colectivo.
Hernán Cortés, Cristóbal Colón y los capitanes hispanos funcionan dentro de este discurso no como personajes del siglo dieciséis situados en su contexto sociohistórico, sino como símbolos permanentes del opresor, el despojo y el colonialismo.
Al centrar la conversación pública en la corrección de agravios cometidos hace quinientos años, el oficialismo logra situarse en el lado moralmente superior del relato, presentándose como el único actor capaz de vengar simbólicamente las heridas del pasado precolombino.
Esta utilización del mito histórico como herramienta de polarización política permite mantener activa la lógica de contienda que ha caracterizado al movimiento gobernante desde sus orígenes.
La lucha ya no se da en el terreno de las cifras económicas o la gestión administrativa cotidiana, sino en el plano trascendental del honor nacional y la identidad cultural.
Mientras la atención se enfoca en la conveniencia de modificar nombres de calles, poblados o monumentos, la narrativa oficial consigue articular un discurso épico donde el gobierno actúa como el defensor definitivo de los desposeídos frente a un fantasma colonial que se mantiene vivo artificialmente para propósitos del debate presente.
