Por. J. Jesús Lemus
La comunicación no verbal constituye más del ochenta por ciento del mensaje que un líder político transmite en un escenario público. Cuando las palabras chocan con la gestualidad, el cuerpo siempre termina revelando la verdad emocional que la mente intenta ocultar de manera consciente.
En el episodio registrado durante el mitin político en Manzanillo, Colima, donde la mandataria Claudia Sheinbaum enfrentó una estruendosa gritería de protesta articulada bajo la consigna de ¡fuera! ¡fuera!, presenciamos un fenómeno de estudio sumamente enriquecedor para la ciencia de la comunicación, la kinésica, la proxémica y la neuropsicología del comportamiento político.
En ese instante de tensión extrema, la narrativa discursiva planeada se fracturó, dejando al descubierto una serie de microexpresiones involuntarias que revelan una intensa disonancia cognitiva y un mecanismo de defensa biológico activado en tiempo real.
Vamos por partes
Para comprender a fondo la respuesta kinésica de la mandataria, es necesario analizar primero la mirada fija y atónita que mantuvo durante el estallido de los gritos. Desde la perspectiva de la comunicación no verbal y la neurociencia conductual, esta fijación ocular rígida responde al concepto conocido como respuesta de congelamiento.
Ante una amenaza percibida, ya sea un peligro físico o un ataque social al estatus y al control de un espacio público, el sistema nervioso simpático activa una cascada de adrenalina y cortisol. El cerebro primate evalúa tres opciones inmediatas: luchar, huir o congelarse.
Cuando la huida no es una opción viable porque la figura política está atrapada bajo los reflectores de un pódium, y la lucha verbal directa resultaría en un costo político devastador, el organismo recurre de manera instintiva al congelamiento. La mirada perdida, sin parpadeo frecuente y clavada en un punto indeterminado de la multitud, es el síntoma visible de un cerebro sobrecargado procesando un estímulo hostil e inesperado.
La falta de rastreo ocular, es decir, no mover los ojos para identificar individualmente a quienes gritan, demuestra un intento desesperado del cerebro por bloquear la entrada de información sensorial abrumadora para evitar un colapso emotivo en pleno escenario.
La negación de la realidad
Sumado a esta rigidez ocular, el movimiento ligero de la cabeza hacia los lados funciona como una señal gestual mixta de altísimo valor comunicativo. Este gesto oscilatorio, sutil pero perceptible, opera en dos niveles paralelos. Por un lado, se trata de una negación inconsciente.
Mientras su discurso verbal pretendía minimizar la importancia del evento, su cabeza realizaba el gesto universal de decir no, reflejando una profunda incredulidad o un rechazo visceral hacia lo que estaba experimentando en ese preciso instante.
Su mente no podía aceptar de forma fluida que un escenario minuciosamente preparado para el respaldo popular se hubiera transformado en un foro de hostilidad directa.
Por otro lado, desde la ingeniería del lenguaje corporal, esta leve oscilación lateral busca disipar la tensión muscular acumulada en las vértebras cervicales debido al estado de alerta generalizado del cuerpo. Es el intento involuntario del cuello por sacudirse el impacto de la agresión auditiva que está recibiendo.
La sonrisa leve
Uno de los aspectos más reveladores de la escena es la combinación de los ojos muy abiertos con una sonrisa leve y una boca entreabierta en forma de mueca. En el análisis del comportamiento gestual, este fenómeno se categoriza bajo el concepto de disonancia o incongruencia no verbal, el cual ocurre cuando la expresión facial del sujeto entra en contradicción directa con la realidad del entorno.
Los ojos totalmente abiertos, con la esclerótica visible por encima del iris, son una manifestación pura de la emoción primaria del miedo o la sorpresa paralizante.
Biológicamente, los párpados se retraen para ampliar el campo visual y captar la mayor cantidad de luz y movimiento posible ante una amenaza inminente. Sin embargo, al percatarse de que su rostro estaba siendo grabado por decenas de cámaras, la gobernante intentó enmascarar ese pánico visual superponiendo una sonrisa social.
Esta sonrisa impostada se manifiesta únicamente en la parte inferior del rostro, activando el músculo cigomático mayor pero dejando completamente inmóvil el músculo orbicular de los ojos. Esto es lo que la ciencia de las microexpresiones, popularizada por el psicólogo Paul Ekman, define como una sonrisa falsa o de máscara, carente de las arrugas características en las comisuras oculares que denotan alegría genuina.
La boca entreabierta en una mueca congelada no transmite simpatía ni calma, sino una parálisis de la musculatura facial. Es el dibujo de una sonrisa forzada sobre un molde de espanto. La brecha entre la mirada de alarma y la boca sonriente crea una máscara grotesca de contención, mediante la cual la líder política intenta proyectar un dominio de la situación que sus propios ojos desmienten categóricamente.
Las venas del cuello
Un elemento biológico innegable que desmonta cualquier narrativa oficial de tranquilidad absoluta es el engrosamiento e hinchazón de las venas del cuello, particularmente de la vena yugular externa y la carótida. A diferencia de las sonrisas o los movimientos de cabeza, que pueden ser modulados de forma consciente mediante entrenamiento de oratoria o control político, la respuesta vascular es del todo involuntaria y está regida por el sistema nervioso autónomo.
El engrosamiento venoso en el cuello es una prueba irrefutable de un incremento severo en la presión arterial y en la frecuencia cardíaca, provocado por la liberación masiva de catecolaminas como la adrenalina. Ante el estrés agudo de la agresión colectiva, el corazón bombea sangre con mayor fuerza y velocidad hacia el cerebro y los músculos principales para preparar al cuerpo ante una emergencia.
Proclamar estar tranquila o que no pasa nada mientras el cuello muestra un relieve vascular de alta presión representa una contradicción biológica insostenible. El cuerpo no miente; la vascularización evidente del cuello estaba grito a grito traduciendo la enorme rabia, la ansiedad reprimida y el esfuerzo sobrehumano de la mandataria por no perder el control del habla o desmoronarse emocionalmente.
“Hagamos de cuenta que no están”
Finalmente, el análisis pragmático de su frase categórica, “hagamos de cuenta que no están aquí”, pronunciada al referirse a los manifestantes, permite reconstruir la estrategia mental de afrontamiento que cruzó por su cabeza en ese instante de crisis discursiva.
Desde la teoría de la comunicación y la psicología social, esta declaración representa un mecanismo de defensa conocido como negación de la realidad o anulación simbólica del otro.
Ante la imposibilidad física de callar a la multitud disidente o de expulsarla del lugar sin generar un escándalo mediático aún mayor, la mente de la oradora recurre a una instrucción de desintegración perceptiva. Al pedirle al resto de la audiencia que haga de cuenta que los manifestantes no existen, la mandataria intenta borrar la alteridad incómoda, despojando al grupo de protesta de su calidad de interlocutor válido.
Lo que probablemente pasó por la cabeza de la presidenta en ese segundo de tensión fue un cálculo político de supervivencia inmediata. Sabía que entablar un diálogo o responder con ira a los gritos de fuera, fuera la colocaría en una posición de vulnerabilidad y debilidad institucional, reconociendo el poder de la protesta sobre su evento.
Por ende, la instrucción mental fue aislar cognitivamente el estímulo negativo, encapsularlo como si fuera un ruido de fondo irrelevante o un fantasma visual, y obligar a su cerebro a continuar con el guion preestablecido. Sin embargo, al verbalizar ese pensamiento de negación, reveló de manera involuntaria que la presencia de los manifestantes la estaba afectando de tal manera que la única forma de continuar era pretendiendo una irrealidad.
Fue un acto de magia discursiva fallido donde el truco quedó expuesto, pues no se puede ignorar lo que al mismo tiempo se está nombrando y pidiendo que se olvide.
En conclusión, la escena vivida en Manzanillo constituye un caso ejemplar de cómo la comunicación no verbal sobrepasa cualquier esfuerzo de control político de daños.
A través de la mirada fija de congelamiento, la oscilación atónita de la cabeza, la sonrisa de máscara sobre ojos asustados, la hiperactividad vascular del cuello y la verborrea de la negación, la ciencia de la comunicación nos muestra a una figura de autoridad sobrepasada por el contexto, cuyo lenguaje corporal emitió un grito sordo de estrés y desestabilización mucho más elocuente que cualquier consigna de la audiencia.
