Por. J. Jesús Lemus
Mientras el discurso oficial de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, encabezada por Omar García Harfuch, sostiene una narrativa de fractura entre el Cártel de Los Chapos y el Cártel Jalisco Nueva Generación, las organizaciones criminales más grandes del país, los reportes desde el terreno indican una realidad operativa muy distinta.
Fuera de los templetes de prensa domesticada, se sabe que la alianza estratégica entre Los Chapitos y el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) se mantiene intacta. Lejos de romperse, este pacto de pragmatismo financiero y logístico de guerra ha encontrado su punto de máxima sincronía en el corazón geográfico del narcotráfico mexicano: el Triángulo Dorado.
Los datos recabados en la zona serrana de Badiraguato, Sinaloa, contradicen las versiones gubernamentales sobre una guerra frontal o al menos el rompimiento de la alianza de Los Menchos y Los Chapos. La evidencia en el territorio muestra una infraestructura de producción de fentanilo compartida.
Se ha documentado la operación de decenas de laboratorios clandestinos en la zona del Triángulo Dorando, operados conjuntamente entre el CJNG y Los Chapos, en donde químicos y operadores de ambos cárteles se apoyan de manera coordinada, para la producción de drogas sintéticas.
El complejo industrial-criminal en la sierra de Badiraguato mantiene una capacidad estimada de producción que alcanza las 2 toneladas de fentanilo al mes, destinadas casi en su totalidad al mercado estadounidense.
La alianza opera como una corporación transnacional: compartimento de rutas de precursores químicos, facilitadas en parte por los puertos controlados por el CJNG, y la infraestructura de laboratorios y labor de traslado por rutas tradicionalmente dominada por la facción de Sinaloa.
La narrativa institucional suele apostar a que la caída o muerte de los grandes capos fragmenta irreversiblemente a las organizaciones. Sin embargo, en el eje Jalisco-Sinaloa, nada cambió en la relación bilateral tras la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”.
El relevo en la cúpula de Jalisco no debilitó los puentes, sino que institucionalizó los acuerdos de la siguiente generación: por el CJNG: Juan Carlos Valencia González, identificado como “El 3” o “El Pelón”, el principal heredero de la estructura operativa del grupo criminal, ha asumido la batuta para dar continuidad a los acuerdos de distribución y suministro.
Por Los Chapos, la contraparte se mantiene firme bajo el control de Iván Archivaldo y Jesús Alfredo Guzmán Salazar, quienes han priorizado la rentabilidad y la protección de su principal motor económico —el fentanilo— por encima de las viejas rencillas territoriales.
El análisis de seguridad independiente sugiere que el desmentido o la minimización de esta alianza por parte de las autoridades federales responde más a una necesidad de control político y de narrativa —mostrar debilitamiento criminal por división— que a la situación real en las zonas de producción.
Para Los Chapitos y la nueva dirigencia del CJNG, la Sierra Madre Occidental no es un campo de batalla, sino el centro logístico de un negocio que factura millones de dólares mensuales y que requiere, obligatoriamente, de paz interna para seguir operando a máxima capacidad.
