Por. J. Jesús Lemus
La política exterior de un país suele medirse en tratados, apretones de manos y discursos de asamblea. Sin embargo, en el México contemporáneo, el verdadero peso de la diplomacia —y de la coherencia interna— a veces se calcula en el precio de un boleto para un partido de fútbol.
El viaje de la presidenta Claudia Sheinbaum al MetLife Stadium en Nueva Jersey, para presenciar la final de la Copa del Mundo por invitación directa de su homólogo estadounidense, Donald Trump, ha abierto un frente de debate que va mucho más allá de lo deportivo.
En el centro de la polémica no está la relevancia geopolítica del encuentro con los líderes de Norteamérica, sino el eco incómodo de una decisión tomada semanas atrás, cuando la pelota apenas comenzaba a rodar en suelo mexicano.
Para entender el malestar que hoy late en un sector de la ciudadanía mexicana, hay que rebobinar la cinta al día de la inauguración del Mundial en el Estadio Azteca.
En aquella ocasión, Sheinbaum optó por el desaire deliberado. El argumento oficial fue una bandera de la autoproclamada austeridad republicana: los precios de los accesos eran excesivos, rozando lo inmoral.
El gobierno llegó a cuestionar públicamente cómo un ciudadano promedio podría pagar montos que en taquilla y reventa alcanzaban cifras prohibitivas.
La mandataria, en un acto cargado de simbolismo, entregó el boleto de cortesía número 001 a una joven aficionada que ganó un concurso de dominadas. El mensaje era claro: el fútbol debe ser del pueblo y no de las élites financieras.
No obstante, el pragmatismo político tiene una memoria corta y una geometría variable.
La confirmación de que la presidenta ocupará un asiento de honor en el coloso de Nueva York, junto a Trump y el primer ministro canadiense Mark Carney, dinamitó el relato de la sencillez doméstica.
En las calles de la Ciudad de México y en los foros digitales de debate, la pregunta obligada no tardó en surgir: ¿por qué los precios en el Estadio Azteca eran un insulto a la economía popular, pero los palcos VIP de la final mundialista en Estados Unidos —donde las entradas alcanzan cotizaciones astronómicas en el mercado internacional— resultan aceptables si vienen con el membrete de una invitación diplomática?
La sospecha colectiva, alimentada por la naturaleza de estos eventos, es que allá los boletos fueron un obsequio de cortesía del gobierno anfitrión. Y es ahí donde la imagen presidencial sufre una fractura de coherencia: la soberanía de rechazar el elitismo en casa se desvanece cuando se acepta la comodidad del palco ajeno.
El Costo Interno de la Imagen Presidencial
A nivel doméstico, la decisión de Sheinbaum deja un sabor agridulce y una contradicción difícil de justificar para sus seguidores más fieles.
El discurso de que el fútbol se ha convertido en una ópera inaccesible se diluye cuando la máxima autoridad del Estado se traslada en aeronaves oficiales para cumplir con un compromiso que combina la alta política con el entretenimiento de lujo.
Para la oposición, esta es la prueba de que la austeridad es un traje que la administración se pone o se quita según la conveniencia de la foto. Para el ciudadano común, queda la sensación de que las restricciones y los boicots morales son solo para el consumo interno.
Por otro lado, desde la perspectiva humana, es innegable la presión que recae sobre la figura de la presidenta. México comparte la organización de este Mundial y cerrarse por completo a la diplomacia deportiva en el partido más importante del planeta habría sido leído como un aislamiento torpe.
Donald Trump no es un mandatario al que se le pueda decir que no sin calcular las consecuencias en la mesa de negociación bilateral. La presencia de Sheinbaum en Nueva York busca proyectar la imagen de un México fuerte, socio igualitario y copropietario de la fiesta del fútbol.
Sin embargo, el precio que se paga por esa proyección exterior se cobra en legitimidad interna. Al final del día, mientras España y Argentina disputan la copa en la cancha, Claudia Sheinbaum juega su propio partido en el terreno de la percepción pública.
Un partido donde la afición mexicana no olvida que, para ver el balón rodar en su propia tierra, su presidenta prefirió quedarse en casa argumentando que el espectáculo era demasiado caro.
