Lázaro Cárdenas el ideólogo de la 4T; México, a 56 años de la muerte del presidente que transformó a una nación

El 19 de octubre de 1970 falleció el general Lázaro Cárdenas, quien, a través de la doctrina del nacionalismo revolucionario o cardenismo, logró lo que fue la última transformación del país en favor de los mexicanos. A través de diversas acciones, el primer presidente en ejercer el cargo durante un sexenio completo (1934-1940) logró sentar las bases sobre las que aún hoy se sostiene México.

Aunque en los últimos años los gobiernos guindas de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum Pardo se han esmerado en grabar en la mente de los mexicanos que su movimiento representa la Cuarta y última Transformación del país, la realidad es que se trata de un sueño guajiro que busca, infructuosamente, emular las políticas cardenistas. Un ejemplo es la presunta nacionalización del litio, que no resiste comparación con la expropiación petrolera.

Y es que, en el discurso, López Obrador juró que se trataba de una inversión a futuro que garantizaría el desarrollo de México, su tecnología, el progreso y su independencia energética. La nacionalización del litio y la creación de Litio MX pretendían, en la imaginación de López Obrador, emular la revolución que significó la expropiación petrolera, cuando Lázaro Cárdenas se enfrentó cara a cara con multinacionales saqueadoras y, sin doblegarse, las expulsó del país.

Una verdadera defensa de la soberanía que ni por asomo se puede comparar con el caso del litio, donde falsamente se dijo que no existirían concesiones de este recurso, tan codiciado para la fabricación de baterías, a empresas extranjeras. La oscura realidad es que simplemente se utilizó esto como pretexto para esconder, saquear y engañar al ciudadano, desapareciendo registros de sitios donde existen yacimientos de este mineral. Es solo un ejemplo de los miles descubiertos por J. Jesús Lemus en su libro La Guerra del Litio (Grijalbo, 2025).

El general Cárdenas heredó a todos los mexicanos el recurso más codiciado del mundo, por el que aún hoy en día comienzan o se detienen guerras, a capricho de las necesidades energéticas de todo el planeta. Aunque hoy no parezca un logro muy destacado, debido a las prácticas de saqueo que ha sufrido la multinacional, Pemex es la empresa que mayor importancia ha tenido en la historia del México moderno.

La creación de Pemex fue un regalo para las generaciones presentes y futuras de mexicanos; para todos. A diferencia de Litio MX, cuyo trabajo es deficiente e incluso inexistente, pues se desconoce su manera de operar, la riqueza que ha generado y los beneficios que ha traído para México. Litio MX está abandonada, olvidada; ni siquiera el discurso recuerda a esa presunta paraestatal sucesora de Pemex que lideraría el progreso mexicano en este nuevo siglo.

Los resultados de esta falsa nacionalización ni siquiera son claros. A diferencia de la expropiación petrolera, que encolerizó a empresas de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, la nacionalización —mas no expropiación— del litio pasó sin pena ni gloria. En 1938, Cárdenas enfrentó una enorme deuda para garantizar la retirada de las transnacionales de todas las plataformas petroleras del país. Ante ello, la gente orgullosamente ofrecía oro, joyas y hasta sus animales de crianza, todo con el objetivo de apoyar al presidente frente a las transnacionales. ¿Con el litio qué pasó? ¿Ninguna empresa extranjera fue afectada cuando se “nacionalizó”?

El escenario mundial no es muy diferente al de 1938: vientos de guerra recorren el planeta. Irán y Ucrania son ejemplos de conflictos que, de la noche a la mañana, podrían provocar una guerra mundial. Al igual que en aquel año, existe un recurso fundamental para la guerra.

En 1938, el petróleo era necesario para prácticamente todos los vehículos de guerra de los bandos involucrados, así como para las fábricas de armas. Todo giraba en torno al petróleo, por lo que resulta lógica la molestia de países que, un tiempo después, se verían involucrados en la Segunda Guerra Mundial. Hoy, el arma más mortífera registrada en la guerra entre Ucrania y Rusia son los drones, que utilizan litio en sus baterías y circuitos: el mineral presuntamente nacionalizado por López Obrador. ¿Dónde está la respuesta empresarial? ¿Por qué, a diferencia de 1938, ninguna gran potencia pareció prestarle atención a este acontecimiento? La respuesta es sencilla: porque nada cambió.

Una de trenes…

Pero no es lo único en lo que López Obrador intentó emular la política de la transformación cardenista. Como si fuera un copia y pega, también imitó un falso interés en los ferrocarriles y trenes del país.

Un año antes de la expropiación petrolera, el general Cárdenas había nacionalizado los ferrocarriles en México, de nuevo, con miras en el progreso y el transporte de personas y mercancías, además de promover la industria nacional e incrementar los empleos. Por su parte, AMLO construyó dos trenes: el Maya y el Interoceánico, que se han convertido en una fuga constante de capital. No son rentables —sobre todo el Maya—, no promueven la industria, ni siquiera el turismo o la cultura.

Cárdenas tomó la decisión de nacionalizar los ferrocarriles porque estos se encontraban en manos de empresas extranjeras que cada vez solicitaban más subsidios, además de exenciones de impuestos, todo sin construir nuevas líneas ni mejorar el servicio. A ello se suma que las empresas extranjeras exigían al Estado mexicano la represión de sus propios ciudadanos si se presentaba algún tipo de huelga.

Cárdenas decretó la nacionalización de Ferrocarriles de México el 23 de junio de 1937. Esto también respondía al siguiente paso del nacionalismo revolucionario, que ya señalamos antes: la expropiación petrolera. Era menester conseguir el control del transporte y la renovación de las vías de todo el país para que valiera la pena la expropiación y pudiera desarrollarse la economía interna y la industria.

Por su parte, en esta falta de ingenio y deseo de pasar a la historia, López Obrador también anunció la modernización de las vías férreas de todo el país y la construcción del Tren Maya y el Tren Interoceánico, obras que han logrado una cosa: hacer que México vuelva a ser esclavo de los subsidios de un transporte deficiente, innecesario y vacío que solo absorbe dinero del erario.

El Tren Maya se convierte en el ejemplo perfecto de lo que ocurría en aquellos años, cuando el Estado tenía que absorber las pérdidas de un negocio al que poco o nada le importaba ser público y eficiente. Al igual que en 1937, el costo de mantener este tren se ha elevado a niveles inadmisibles para las arcas públicas.

Dentro de este entramado de trenes, las empresas extranjeras que exprimían al Estado eran corruptas y buscaban la manera de enriquecerse más allá de brindar un servicio. Miles de millones de pesos fueron a parar a los bolsillos de particulares a quienes nada les importaba el desarrollo nacional, igual que en la actualidad con el Tren Maya, pues mientras Andy López Beltrán y Amílcar Olán se enriquezcan, lo demás es secundario.

De pactos con delincuentes

El lector debe estar ya harto de las veces que medios de comunicación y periodistas hemos señalado los nexos que posee esta presunta Cuarta Transformación con líderes criminales como Ismael El Mayo Zambada, Joaquín El Chapo Guzmán o Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho. Incluso gobiernos extranjeros han denunciado en múltiples ocasiones la gravedad de la penetración del crimen organizado en el Estado mexicano.

El descontrol producto de los acuerdos criminales ha dejado un reguero de sangre e injusticia por el territorio nacional, en una época que no dista tanto de parecerse a los años cardenistas. En el país existían decenas de caudillos y guerrilleros producto de los acontecimientos de la Revolución mexicana. Eran hombres armados, organizados en pandillas e, incluso, algunas veces pertenecían al gobierno. Un ejemplo fue el antepenúltimo levantamiento armado de la historia moderna de México —el último corresponde a los movimientos de autodefensa en la Tierra Caliente y el penúltimo al levantamiento del EZLN en Chiapas —, cuando un caudillo de nombre Saturnino Cedillo intentó organizar un golpe de Estado contra Cárdenas.

Tras intentar negociar, Cárdenas utilizó el poderío militar para apaciguar el levantamiento, que era producto, ni más ni menos, que de los intereses de hacendados y políticos que se oponían a la reforma agraria, a la colectivización de la tierra y a la creación de los ejidos. En este sofocamiento cayó muerto Saturnino y, aunque fue a través de la violencia como se terminó el levantamiento, la realidad es que Cárdenas prefería el diálogo antes que las armas, pero no temía imponer la fuerza del Estado a los intereses egoístas y antirrevolucionarios.

Por esto fue que creo la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y la Confederación Nacional Campesina (CNC), que servirían para abrir el dialogo en las comunidades, organizar a los campesinos y trabajadores del país y garantizar sus derechos sin que estos tuvieran que recurrir a la violencia para conseguirlos.

En comparación, Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum lo único que hacen para mantener el orden en el país es negociar con caudillos locales, como el Cártel de Sinaloa o el Cártel Jalisco Nueva Generación, pero no para imponer el poder del Estado, sino para acordar los precios de la impunidad gubernamental.

Mientras Cárdenas agrupó a trabajadores y campesinos para escuchar sus exigencias, Sheinbaum se cierra al diálogo con el sindicato de médicos y enfermeras del IMSS, trabajadores de la minería, de la industria o campesinos que son extorsionados por realizar su labor. Esto demuestra que a la Cuarta Transformación poco le importa la gente a la que gobierna.

Una de tierra

La creación del ejido fue el verdadero resultado de la Revolución. El sueño de Zapata: la tierra en manos de quienes la labran día con día. Es el propio ejido quien decide el giro al que se dedican las tierras y las protege frente al hambre voraz de la minería y la industria inmobiliaria.

Cárdenas garantizó el trabajo y el alimento. Aseguró el desarrollo del campo y la independencia alimentaria, y promovió la posesión colectiva de la tierra.

Por su parte, el gobierno de la Cuarta Transformación, desde 2018, se ha esmerado en entregar cuanto sea posible de nuestro suelo. Poco le ha importado que existan defensores de la tierra, a quienes busca atemorizar y, si no lo consigue, asesinar, con su único aliado: el crimen organizado.

La minería respaldada por el crimen, el terror como herramienta para despojar y deshabitar pueblos y comunidades enteras, donde a los pocos meses ya hay una fábrica de autos, de refrescos o una mina a cielo abierto que destruye la vida de los campesinos y trabajadores locales.

Ahí está, como muestra, el caso de Samir Flores, quien, al oponerse a la construcción de una planta energética inútil, pagó con su vida. Todo en aras de un progreso efímero que las comunidades nunca llegan a vislumbrar.

La lección de humildad

Cuando el general Cárdenas llegó al poder, miles de votantes temieron que se transformara en un títere más de Plutarco Elías Calles, quien, mediante gobiernos a modo, logró gobernar México desde las sombras, sin necesidad de estar en la silla del águila.

Plutarco pensó que Cárdenas sería uno más de aquellos a quienes podía controlar a su antojo; que sería, una vez más, el poder político encarnado, mientras que de título estaría el nuevo presidente, Lázaro. Los cálculos le fallaron a Calles y, con todo el valor y el apoyo del pueblo de México, Cárdenas lo envió al exilio, quitándose de los hombros el peso del maximato y pudiendo gobernar correctamente para fomentar los ideales de la Revolución.

Una lección de historia que a la presidenta Claudia Sheinbaum le hubiera servido para quitarse el yugo de este nuevo maximato tabasqueño, donde López Obrador dicta desde Chiapas lo que la presidenta debe hacer. Y ahí precisamente viene una de las lecciones más importantes que AMLO no quiere acatar: la de no preservarse en el poder.

Lázaro Cárdenas demostró ser un hombre congruente con su ser revolucionario. No cedió al poder ni abusó de él; por el contrario, supo respetar el sagrado principio de “sufragio efectivo, no reelección” y no instauró un maximato. Cárdenas aceptó que hizo lo que pudo hacer y falló donde era inevitable fallar. Y aunque el pueblo hubiera respaldado incluso su reelección, se negó, naturalmente, a conservar el poder.

Un demócrata en tiempos de dictaduras. Un izquierdista que demostró que la verdadera izquierda se preocupa por el colectivo, el pueblo, los campesinos, los trabajadores y los estudiantes —ah, porque Lázaro también fundó el Instituto Politécnico Nacional, institución que brinda educación al hijo del obrero—; por los problemas de salud, como las toxicomanías, y por el derecho a habitar y cultivar la tierra en que nacimos.

Mientras que otros, que no se sacan el discurso democrático de la boca, se preservan en el poder, giran instrucciones, administran a caciques como los Monreal y negocian con genocidas que aniquilan a pueblos indígenas y violan el sagrado concepto del ejido para, por unos pinches pesos, entregar lo que a otros les ha costado producir y preservar.

La humildad de saber cuándo no es el momento de actuar y, sobre todo, cuándo es el momento de dejar el poder; de no faltar a las máximas revolucionarias y evitar convertirse en lo que hoy es AMLO: la soberbia del poder mancillado, transfigurado en el capricho de un loco encerrado en su hacienda, igual que el loco Plutarco encerrado en Reforma que Cárdenas exilió al olvido.