Por. Gildo Garza
Claudia le vendió Olinia a #México como si fuera el gran despertar de la industria mexicana, pero debajo del discurso patrio aparece el mismo truco de siempre: propaganda con bandera, nombre en náhuatl y tecnología que no nació aquí.
El gobierno lo presume como “auto mexicano”, pero el propio proyecto ya reconoce que arrancaría con apenas 50% de contenido nacional. Es decir: la mitad del vehículo no se sostiene con soberanía, se sostiene con cadena extranjera, proveeduría global y una sombra incómoda que atraviesa todo el proyecto: China.
Ese es el dato que les rompe el cuento.
Porque mientras en la mañanera lo vistieron como milagro industrial, los reportes apuntan a vínculos técnicos con fabricantes chinos como Henrey y Dayang, empresas ligadas a la lógica de los microvehículos eléctricos de baja velocidad: chasis sencillo, estructura tipo caja, tren motriz básico, suspensión compacta, dirección ligera y plataforma urbana barata.
Lo mexicano queda en otra parte: ensamble, adaptación, interiores, software, narrativa visual, logo, nombre bonito y discurso de soberanía manufacturera.
No es malo usar tecnología extranjera. Lo hacen todas las industrias serias.
Lo miserable es mentirle al país y vender como independencia tecnológica lo que en realidad parece dependencia maquillada.

Olinia fue anunciado como el coche del pueblo: velocidad limitada a 50 km/h, autonomía cercana a 125 kilómetros, precio prometido de 150 mil pesos y producción hasta 2027. Pero hasta ahora no hay una cadena nacional completa, no hay transparencia total de proveedores, no hay desglose público de componentes y el famoso 70% mexicano no es realidad: es una promesa para 2030.
Entonces no, no estamos frente al “Tesla mexicano”.
Estamos frente a otro montaje de Palacio: 50% contenido nacional reconocido, vínculos técnicos chinos debajo del cofre y 100% propaganda presidencial encima.
Le pusieron bandera, liebre con alas y discurso de patria.
Pero Olinia huele a lo de siempre: China en la estructura, México en la calcomanía y Claudia en la mentira.
