La leva criminal, el fenómeno que no ve el gobierno federal

Por. J. Jesús Lemus

El fenómeno de la desaparición de personas en México ha dejado de ser únicamente el resultado de las venganzas, los ajustes de cuentas o la eliminación de rivales. Detrás de la crisis humanitaria que desangra al país se esconde un secreto a voces que la burocracia estatal se niega a procesar: el reclutamiento forzado.

Las organizaciones criminales que se disputan el territorio nacional operan una maquinaria implacable de “leva moderna” que convierte a jóvenes, migrantes y profesionales técnicos en mano de obra esclava, alimentando las estadísticas de desaparecidos ante la indolencia y la ceguera voluntaria del gobierno federal.

El mapa del reclutamiento forzado coincide de manera milimétrica con las zonas de mayor conflicto en el país. Las facciones del Cártel de Sinaloa, tanto la corriente ligada a Los Mayos como la facción de Los Chapos, han perfeccionado métodos de captación bajo coacción en la zona del Pacífico y el noroeste.

Mediante falsas ofertas de empleo como guardias de seguridad, choferes o trabajadores agrícolas, atraen a jóvenes hacia zonas rurales donde son despojados de sus teléfonos y credenciales, obligándolos a integrarse a sus filas armadas.

En el centro y occidente de la república, el Cártel Jalisco Nueva Generación ha industrializado esta práctica a través de supuestos centros de capacitación o empresas de seguridad privada fachadas. Los reclutados a la fuerza son enviados a campamentos de adiestramiento paramilitar en la sierra, donde bajo amenazas de muerte contra ellos y sus familias son obligados a cometer actos de extrema violencia para romper su resistencia psicológica.

La situación es igual de dramática en la frontera norte. El Cártel del Noreste, el Cártel del Golfo, el Cártel de la Línea y el Cártel de Juárez utilizan el secuestro directo de jóvenes en las colonias periféricas y la captura de migrantes en tránsito. A los primeros los usan como carne de cañón para contener el avance de rivales; a los segundos, bajo el esquema de “trabajas o mueres”, los obligan a transportar cargamentos o a cavar fosas clandestinas.

Hacia el sur, en la región de Tierra Caliente, el Cártel de La Familia Michoacana, los remanentes del Cártel de Los Caballeros Templarios y la coalición conocida como Cárteles Unidos de Michoacán mantienen un asedio constante sobre las comunidades.

En estos territorios, el reclutamiento forzado ya no es silencioso; es comunitario. Se documentan casos donde las células delictivas exigen a las familias una cuota de sangre, exigiendo que entreguen a uno de sus hijos varones para el servicio del cártel bajo la promesa de no agredir al resto del núcleo familiar.

El motor oculto de las desapariciones

Los colectivos de búsqueda y las organizaciones civiles que caminan las fosas del país han identificado el patrón con claridad matemática. De acuerdo con las estimaciones y los análisis de casos llevados a cabo por estos grupos de búsqueda de personas, aproximadamente el 20 por ciento de los desaparecidos en México no han sido asesinados de inmediato, sino que han sido llevados a la fuerza para servir a los diferentes grupos delictivos.

Esta cifra revela que una quinta parte de la crisis de desaparecidos está directamente vinculada a la necesidad de las organizaciones criminales de reponer sus bajas. La guerra de desgaste entre los cárteles genera un consumo de vidas humanas tan acelerado que los canales tradicionales de reclutamiento voluntario resultan insuficientes.

La desaparición se convierte así en el mecanismo perfecto para el crimen: borra la identidad de la víctima, impide el rastreo de las autoridades y sume a las familias en un limbo que debilita su capacidad de denuncia inmediata.

Los perfiles buscados varían según las necesidades de la organización. Mientras que los jóvenes de zonas marginadas son reclutados como “halcones” o sicarios de primera línea, el crimen organizado también hace desaparecer de forma forzada a profesionales específicos: ingenieros en comunicaciones para mantener sus redes de radio privadas, médicos y enfermeros para atender a sus heridos en la clandestinidad, y mecánicos para blindar sus vehículos de combate. Todos ellos pasan a formar parte de una masa laboral esclava y oculta.

La ceguera voluntaria del Estado

Frente a esta realidad plenamente documentada por activistas, periodistas y defensores de derechos humanos, la postura del gobierno federal se debate entre la inacción y la negación sistémica. Las autoridades no solo no han diseñado una estrategia nacional de inteligencia para frenar o desmantelar los centros de reclutamiento y adiestramiento forzado, sino que simplemente no lo ven en sus diagnósticos oficiales.

En el discurso público y en las carpetas de investigación de las fiscalías, los casos se siguen tipificando de manera genérica como desaparición cometida por particulares o secuestro, omitiendo deliberadamente la finalidad de la explotación laboral y militar interna.

No existen fiscalías especializadas con recursos reales para rastrear los campamentos en las zonas serranas, ni se realizan operativos de rescate masivo, a pesar de que los colectivos de madres buscadoras frecuentemente entregan coordenadas exactas de los lugares donde se concentran a los jóvenes privados de la libertad.

Esta falta de reconocimiento institucional no es menor. Al no registrar el reclutamiento forzado como una práctica corporativa y sistemática de los cárteles, el Estado mexicano evita asumir la responsabilidad de su propia incapacidad para garantizar la seguridad de sus ciudadanos más vulnerables.

Mientras el gobierno federal mantenga los ojos cerrados ante esta realidad, la leva criminal seguirá operando como un engranaje perfecto que devora generaciones enteras de jóvenes, transformando el dolor de la desaparición en la fuerza de trabajo del narcotráfico.