En un México de hambre, la clase dorada de la 4T se regodea

Por. J. Jesús Lemus

En la narrativa oficial de la llamada “Cuarta Transformación”, el ideal ciudadano se mide con una vara de extrema austeridad. Desde el púlpito presidencial, Andrés Manuel López Obrador insistió durante años en que para vivir dignamente bastaba con “un par de zapatos y 200 pesos en la bolsa”.

Sin embargo, la realidad que emana del seno de su propia familia describe un ecosistema completamente distinto: uno de manteles largos, exclusividad y excentricidades culinarias que colisionan de frente con la realidad del mexicano de a pie.

Hoy se ha puesto la lupa sobre los costosos hábitos de los hijos del exmandatario, señalando su asistencia a exclusivos restaurantes donde el menú incluye cortes de carne y platillos literalmente bañados en láminas de oro comestible.

Un solo cubierto en estos santuarios de la alta cocina puede equivaler a meses de salario de un trabajador promedio o a decenas de los apoyos gubernamentales que hoy sostienen a millones de familias.

La indignación en las calles y en las redes sociales no es solo por el lujo en sí, sino por el misterio que rodea el origen de esos recursos. La opinión pública y diversos sectores de la oposición cuestionan persistentemente la procedencia de la fortuna familiar, argumentando que a los jóvenes no se les conoce una trayectoria laboral o empresarial robusta que justifique un estilo de vida digno de magnates internacionales.

Mientras estos banquetes ocurren en la esfera de los privilegios, los datos socioeconómicos del país dibujan un panorama de profunda dependencia. El número de mexicanos que requiere de los programas sociales y apoyos oficiales para asegurar su subsistencia diaria va en aumento. Para millones, el ingreso mensual es una batalla que se libra peso a peso.

Mientras el México de la calle sobrevive en la dependencia de los crecientes de subsidios oficiales para lograr la canasta básica, cuenta con salarios que se ajustan al límite de la inflación, el México de la Cúpula del Poder lleva un Estilo de vida en zonas exclusivas y viajes internacionales y consume de platillos de alta gama con acabados en oro.

El México de la Calle está obligado al apego forzado de la narrativa de “sobrevivir con lo necesario”, mientras que el México de la Cúpula en el Poder parece disfrutar la opacidad en el origen de los ingresos y fondos personales.

“Nos piden que seamos felices con un par de zapatos y que no caigamos en el consumismo, pero sus propios hijos no predican con el ejemplo. El dinero del pueblo no debería financiar la aristocracia de quienes prometieron destruirla”, se lee en los miles de comentarios en las publicaciones de redes sociales en donde se observa al hijo menor de López Obrador, Ernesto López Gutiérrez, disfrutando su pasarela junto a un chef de reconocimiento mundial.

El descontento social en México ha alcanzado un punto álgido debido a esta disonancia. La retórica de la “pobreza franciscana” y la condena a las aspiraciones de las clases medias quedan anuladas ante las imágenes de opulencia de la familia presidencial.

La conclusión es ineludible: en el México actual, la austeridad parece ser una doctrina obligatoria para los gobernados, pero un concepto estrictamente opcional para los gobernantes. Y aun así habrá muchos chairos que saldrán a defender a la nefasta clase gobernante.