San Juditas, la redención de los olvidados de la tierra

Por. J. Jesús Lemus

El asfalto de la calzada de Puente de Alvarado retiembla bajo el peso incontenible de la fe en este 28 de octubre. Desde las primeras horas de la madrugada, la esquina que forman las avenidas Hidalgo y Paseo de la Reforma ha dejado de ser un simple cruce vial de la metrópoli para convertirse en el epicentro vital del desamparo y la gratitud urbana.

Cientos de miles de pies marchan sobre el concreto pulido por los años, convergiendo en las escalinatas del Templo de San Hipólito y San Casiano. El aire hule a sahumerio, a copal quemado, a sudor cansado de kilómetros recorridos a pie y a flores de cempasúchil que van dejando un rastro naranja sobre las banquetas del centro histórico.

La Ciudad de México amanece vestida con los colores verde, blanco y dorado de las túnicas que portan los transeúntes, en una peregrinación que no distingue estratos sociales, pero que encuentra su eco más profundo en las periferias del dolor y la desesperanza.

Como cronista, es imposible ignorar la fuerza dramática de la escena. Jóvenes con la mirada gastada por el barrio llevan al hombro estatuas de madera y resina casi de su propio tamaño; madres solteras cargan en un brazo al bebé en pañales y en el otro una imagen esculpida del apóstol; hombres maduros con marcas de prisión en los brazos caminan descalzos o de rodillas sobre la piedra fría para cumplir una promesa empeñada durante las noches oscuras del encierro.

San Judas Tadeo, cariñosamente rebautizado por el fervor popular como San Juditas, ha convocado nuevamente a sus legiones. La procesión es un río humano inagotable que desafía el tráfico, el aire gélido de la mañana y los pronósticos del tiempo. En este punto neurálgico del valle, donde la modernidad de los rascacielos se topa de frente con los muros novohispanos, se celebra el ritual de la esperanza en tiempos de incertidumbre.

El Templo de San Hipólito

La historia del edificio de San Hipólito es una parábola viva de los giros e ironías de la memoria mexicana. Fue en esta precisa esquina de la antigua calzada mexica donde la noche del 30 de junio de 1520 ocurrió la sangrienta retirada de las huestes de Hernán Cortés, episodio inmortalizado como la Noche Triste.

Tras la caída definitiva de Tenochtitlan en 1521, el propio conquistador extremeño ordenó la edificación de una modesta ermita en el sitio para honrar la memoria de los soldados españoles caídos en aquel combate. Dado que la rendición final de los mexicas ocurrió el 13 de agosto, día de San Hipólito, en el martirologio romano, el santo romano de los primeros siglos del cristianismo, fue nombrado patrono oficial de la victoria hispana y protector de la Ciudad de México.

Durante los siglos del Virreinato, el templo de San Hipólito fue el símbolo por excelencia del poder colonial. Año con año, las autoridades novohispanas, la aristocracia y las corporaciones civiles encabezaban el célebre Paseo del Pendón, una pomposa procesión militar y religiosa que recorría las calles de la traza urbana hasta llegar al templo para conmemorar el sometimiento del imperio indígena.

Era un edificio ajeno para el pueblo llano, reservado a los criollos y peninsulares, un recordatorio esculpido en cantera de la dominación imperial. Al lado del santuario se construyó además el Hospital de San Hipólito, fundado por Bernardino de Álvarez en 1567, convirtiéndose en el primer nosocomio de toda América dedicado a la atención de enfermos mentales y desvalidos, figura que ya presagiaba la vocación de refugio que tendría el terreno siglos más tarde.

Se olvidan de San Hipólito y llega San Juditas

El siglo XX, sin embargo, trajo consigo una transformación inesperada que reconfiguró el espacio sagrado. Con el paso de los siglos y la consolidación del México independiente, la figura de San Hipólito fue cayendo en el olvido popular, quedando relegada a los libros de historia y a la memoria virreinal.

Hacia la década de 1950, una modesta imagen de San Judas Tadeo fue colocada en una de las capillas laterales del recinto. La feligresía local, al notar que la figura permanecía arrinconada, comenzó a acercarse a orar frente a él. La voz corrió con rapidez de barrio en barrio: el santo de la túnica verde escuchaba las súplicas que nadie más atendía.

Fue en la década de 1980, tras devastaciones sociales, crisis económicas inflacionarias y el terremoto de 1985 que sacudió los cimientos de la capital, cuando las autoridades eclesiásticas decidieron trasladar la imagen principal de San Judas Tadeo al altar mayor del templo.

En ese instante histórico se consumó una transmutación cultural sin precedentes en la urbe. El templo edificado para celebrar la victoria militar sobre las poblaciones originarias fue conquistado desde abajo por las clases populares, las capas marginales y la masa urbana desempleada.

San Judas Tadeo destronó simbólicamente a San Hipólito en su propia casa. El espacio que alguna vez sirvió para excluir se transformó en el santuario de la inclusión absoluta, donde los desposeídos encuentran consuelo. El templo novohispano abrió sus puertas a la devoción de los excluidos del desarrollo urbano, convirtiendo a la calzada Hidalgo en la arteria por donde fluye el fervor de los barrios más golpeados de la megalópolis.

San Judas en la historia cristiana

Para rastrear los orígenes de San Judas Tadeo en el texto sagrado y la tradición patrística, es necesario viajar al primer siglo de la era cristiana. Judas Tadeo, llamado así para distinguirlo claramente de Judas Iscariote, el apóstol que según las escrituras entregó a Jesús de Nazaret, figura en los Evangelios como uno de los doce discípulos elegidos.

Su nombre Judas proviene del hebreo Yehudá, que significa alabanzas sean dadas a Dios, mientras que el sobrenombre Tadeo deriva del arameo o siríaco, traducido comúnmente como hombre de corazón grande, valiente o de pecho generoso. Diversas tradiciones históricas y textos apócrifos afirman que Tadeo era primo hermano de Jesús, al ser hijo de Cleofás —hermano de San José— y de María de Cleofás, hermana de la Virgen María, lo cual le confería un lazo de parentesco estrecho con el maestro novotestamentario.

En el Nuevo Testamento, su participación directa es breve pero sumamente reveladora. Durante la Última Cena, registrada en el Evangelio de San Juan, Judas Tadeo le formula una pregunta directa a Jesús: Señor, ¿por qué te has de manifestar a nosotros y no al mundo? La respuesta del maestro alude a la fe interior y al amor como vehículo de la manifestación divina.

Tras la muerte y resurrección de Cristo, los textos patrísticos relatan que Tadeo emprendió un ardoroso viaje evangélico por los territorios de Judea, Samaria, Idumea, Mesopotamia y finalmente el imperio de Armenia y Persia. Fue precisamente en el territorio persa donde, según la Leyenda Dorada y la tradición de la Iglesia, Judas Tadeo se reunió con el apóstol Simón el Cananeo para predicar la palabra cristiana.

Su martirio tuvo lugar en la ciudad de Suanir, en Persia, donde ambos apóstoles enfrentaron la furia de los sacerdotes paganos que veían amenazado su culto a los astros y ídolos locales. Según los relatos martirológicos, Judas Tadeo fue brutalmente golpeado con garrotes y hachas, y finalmente decapitado.

Por esta razón, la iconografía litúrgica católica representa al apóstol sosteniendo en la mano un garrote o un hacha, el instrumento de su ejecución violenta. Asimismo, la teología iconográfica le asigna una llama de fuego sobre la cabeza, en memoria de la bajada del Espíritu Santo durante el día de Pentecostés, y un medallón sobre el pecho que ostenta el rostro de Cristo.

Este medallón, conocido como la Mandylion o la Imagen de Edesa, recuerda la leyenda bíblica en la que el apóstol llevó una tela impregnada con la cara de Jesús al rey Abgaro de Edesa para curarlo de una gravísima enfermedad, prefigurando su papel como sanador e intercesor ante males incorregibles.

El Patrón de las causas difíciles

La pregunta fundamental que se formula el observador al mirar a la multitud amontonada sobre la avenida Hidalgo es la siguiente: ¿por qué se considera a San Judas Tadeo como el patrón de las causas difíciles e imposibles? La respuesta se teje entre la revelación mística de la Edad Media y la psicología del devoto acorralado.

Durante siglos, la figura de Judas Tadeo cayó en un olvido casi absoluto dentro de la liturgia católica por una razón de homonimia desafortunada. Al compartir el nombre de Judas con el Iscariote, los fieles católicos de la Europa medieval sentían un rechazo visceral a invocar su nombre por miedo a estar dirigiéndose por equivocación al traidor. El apóstol Tadeo quedó relegado al olvido de las enciclopedias religiosas, sin santuarios masivos ni peticiones frecuentes.

Fue durante el siglo XIV cuando la mística sueca Santa Brígida consignó en sus visiones celestiales una revelación atribuida al propio Jesucristo. En sus escritos, la santa afirma que el Señor le aconsejó que cuando quisiera obtener favores difíciles o imposibles, acudiera a la intercesión de San Judas Tadeo.

La explicación teológica popular que se desprendió de aquella revelación fue de una conmovedora lógica humana: al haber estado tan abandonado y poco invocado durante tanto tiempo debido a la confusión de su nombre, San Judas Tadeo poseía un inmenso deseo acumulado de ayudar a quienes recurrieran a él, dispuesto a interceder con una eficacia extraordinaria ante el trono divino para demostrar su fidelidad y santidad.

A partir de entonces, el santo fue ganando terreno en la religiosidad europea como el último recurso de la desesperación. Cuando la medicina de la época se declaraba impotente ante las pestes, cuando los tribunales dictaban sentencias inapelables, cuando la bancarrota destruía a las familias y cuando todas las puertas terrenales se cerraban de golpe, la oración a San Judas Tadeo se encendía en las velas de la noche como la última vela de la esperanza.

Esta tradición viajó al continente americano durante los procesos de evangelización, pero no echó raíces profundas en el imaginario masivo mexicano hasta la segunda mitad del siglo veinte, cuando las transformaciones socioeconómicas del país generaron una masa de población urbana expuesta a la intemperie institucional, la precariedad laboral y la falta de garantías básicas.

Es en este terreno donde la devoción a San Judas Tadeo adquiere su tono más desgarrador e intenso: su vinculación profunda y extendida con la población privada de la libertad y el universo penitenciario. Para entender por qué los presos, los procesados judiciales, los exprisioneros y sus familias ven en San Judas a su principal protector, hay que adentrarse en la realidad de las cárceles mexicanas y en la cultura del barrio popular.

De Templo a las cárceles

En un sistema de justicia percibido históricamente por las comunidades vulnerables como lejano, lento y a menudo sumido en la corrupción o la arbitrariedad, el expediente penal de un familiar desembarca en el hogar como una tragedia absoluta. Un juicio que se alarga por años sin sentencia, una condena desproporcionada, la falta de recursos económicos para pagar una defensa privada eficaz o el encierro en Reclusorios donde la supervivencia cotidiana es una batalla diaria convierten al proceso judicial en una verdadera causa imposible.

En las celdas de los Reclusorios Norte, Oriente y Sur de la capital, así como en los penales federales de todo el país, la imagen de San Judas Tadeo está pintada en los muros de concreto, tallada en jabón por los internos o tatuada con tinta verde y negra sobre la piel de los reclusos.

Los hombres y mujeres tras las rejas encuentran en el apóstol a una figura divina que no juzga sus errores pasados ni les pide un certificado de buena conducta para escuchar sus oraciones. A diferencia de la justicia terrenal que margina y castiga, la figura sagrada ofrece una canalización directa de la misericordia divina sin burocracias de por medio.

Los presos le piden salir libres, obtener la libertad condicional, resistir la violencia cotidiana del encierro, mantener la salud y lograr que a sus familias no les falte el pan afuera.

Fuera de los muros de la prisión, las madres, esposas, hermanas e hijas de los reclusos constituyen el pilar más visible de esta devoción. En las misas que se celebran cada día veintiocho de mes en San Hipólito, es habitual ver a miles de mujeres cargando veladoras encendidas, fotografías de sus familiares encarcelados y documentos judiciales envueltos en bolsas de plástico que alzan al aire durante la bendición sacerdotal.

La promesa hecha al santo, la conocida manda, se convierte en un pacto sagrado: si el familiar sale de prisión o si la sentencia es reducida, la familia acudirá caminando al templo cada mes de octubre, vestirá a los niños con la túnica blanca y el manto verde del apóstol o regalará comida, estampitas y agua a los peregrinos a lo largo de la calle.

Esta dinámica de dar sin recibir nada a cambio en las inmediaciones de San Hipólito da lugar a un fenómeno sociológico fascinante conocido como la economía del favor. Miles de fieles que han recibido lo que consideran un milagro —la liberación de un hijo preso, la curación de un cáncer terminal, la consecución de un empleo tras meses de desempleo o la salida de una adicción severa— acuden el 28 de octubre a cumplir su manda regalándoles a los transeúntes tacos de canasta, tortas, atole caliente, dulces, rosarios y figuras de plástico del santo.

La calle se convierte en un escenario de redistribución comunitaria donde los agradecidos alimentan a los desesperados, creando un tejido de solidaridad popular que opera al margen de las instituciones formales.

La idiosincrasia chilanga

Caminar por la calzada de San Antonio Abad, por la avenida Juárez o por el eje Guerrero en esta jornada es presenciar un catálogo de la cultura popular chilanga en su máxima expresión. Los jóvenes, que representan una porción masiva de los devotos de San Judas Tadeo, han adaptado la figura del santo a sus propios códigos de identidad urbana.

Lejos de las solemnidades litúrgicas tradicionales, los jóvenes de los barrios populares como Tepito, La Merced, Iztapalapa, la Doctores o la Gustavo A. Madero han adoptado a San Juditas como el santo valedor, una suerte de hermano mayor o amigo divino que entiende las presiones de la calle, la falta de oportunidades, el acoso policial y los peligros de la delincuencia.

Es común observar a bandas de muchachos caminando con bocinas portátiles a todo volumen donde retumban ritmos de reguetón, cumbia sonidera o rap dedicado expresamente al santo. Las letras de estas canciones improvisadas narran la vida en el barrio, las caídas en la cárcel, los enfrentamientos violentos y la gratitud eterna hacia la figura que los protegió de la muerte en una balacera o los sacó de la celda.

El incienso litúrgico se mezcla inevitablemente con la fragancia de la marihuana y el solvente que algunos jóvenes consumen en el trayecto, en una compleja paradoja donde la devoción devota se entrelaza con las problemáticas sociales de las periferias desatendidas. La Iglesia católica ha intentado en diversas ocasiones encauzar estas manifestaciones hacia una praxis teológica tradicional, pero la religiosidad popular de la Ciudad de México es un río desbordado que moldea a sus propios patronos a su imagen y semejanza.

El santo portado a cuestas deja de ser una imagen inerte para convertirse en un compañero de ruta. Muchos peregrinos adornan sus estatuas con gorras de marca, cadenas de plata, escapularios, billetes de distintas denominaciones pegados a la túnica e incluso pequeñas bolsas con peticiones escritas a mano. La figura del apóstol se humaniza a tal grado que el devoto plática con ella en voz alta mientras camina, le reprocha si el favor tarda en llegar y le promete fiestas con mariachis y sonideros si la causa imposible finalmente se destraba.

Al observar el interior del Templo de San Hipólito durante este día de la fiesta patronal, la escena es sobrecogedora. El aire dentro del recinto novohispano es denso, casi respirable como una sustancia líquida por el vapor que despiden miles de cuerpos amontonados y el humo de las velas que arden por miles en los candeleros metálicos.

Las voces de los sacerdotes que celebran misa cada hora se pierden entre el murmullo incesante de la multitud que recita oraciones, llora en silencio frente al altar mayor o grita vivas entusiastas a San Judas Tadeo. En los ojos de la gente alineada en las bancas se lee la angustia del México cotidiano: la falta de dinero para pagar la renta, la prueba médica que definirá la vida de una madre, el juicio de un padre encarcelado injustamente o el deseo de que un hijo abandone el consumo de drogas.

San Judas Tadeo funciona en la megalópolis como una gigantesca válvula de escape emocional y psicosocial. En una sociedad azotada por la brecha de desigualdad, la violencia urbana y la incertidumbre económica, la fe en las causas imposibles no es una mera superstición colonial, sino una herramienta indispensable de supervivencia psicológica.

Creer que existe una entidad celestial con acceso directo al poder divino, dispuesta a atender al marginado, al preso y al desesperado cuando todas las puertas terrenales se han cerrado de golpe, es lo que permite a millones de capitalinos levantarse cada mañana a enfrentar la dureza del día a día.

Al caer la tarde sobre el valle de México, el flujo de peregrinos sobre la avenida Hidalgo no disminuye, sino que parece adquirir un tono aún más místico bajo las luces del alumbrado público. Los camiones del transporte público desvían sus rutas, la policía de tránsito observa exhausta desde los cruces peatonales y los comerciantes ambulantes rematan las últimas flores y estampa sagradas sobre las banquetas llenas de basura y cera derretida. El Templo de San Hipólito, el edificio erigido sobre la derrota mexica para celebrar el triunfo militar de la Conquista, duerme una noche más conquistado y habitado por los hijos de la periferia urbana.

La procesión irá amainando lentamente hacia la medianoche, pero el pacto entre la ciudad y el santo de las causas difíciles quedará renovado por trescientos sesenta y cinco días más. Quienes caminaron hoy de rodillas, quienes regalaron pan a los desconocidos, quienes lloraron con la foto de su preso entre las manos y quienes bailaron reguetón cargando la estatua del apóstol regresarán a sus hogares en los barrios lejanos de la metrópoli con la certeza íntima de que no están solos. Mientras existan causas perdidas, cárceles abarrotadas y vidas al límite de las fuerzas humanas, San Judas Tadeo seguirá reinando desde la esquina de Hidalgo y Reforma como el protector indestructible de los olvidados de la tierra.