Por. J. Jesús Lemus
Desde el Palacio Nacional los estrategas de comunicación de la presidente Sheinbaum, han puesto en marcha un plan de posicionamiento mediático para el secretario de seguridad Omar García Harfuch, debido a los cuestionamientos sociales que ya comienza a despertar con los datos no verificables ni auditables que presenta en cada informe para asegurar que se va ganando la guerra contra el narco.
El diseño de la estrategia de comunicación pública alrededor del secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, responde a una necesidad crucial dentro de la estructura del gobierno federal: construir y blindar la percepción pública de la figura más cercana al proyecto político de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Frente a un panorama donde las acciones en materia de seguridad no han logrado revertir la percepción de violencia ni mostrar resultados estructurales sólidos, el equipo de comunicación de la Presidencia ha volcado esfuerzos en articular una narrativa que proyecte eficacia, control técnico e inteligencia operativa.
El principal detonante de este rediseño mediático radica en la creciente debilidad de los balances presentados oficialmente. Las críticas provenientes de analistas, organizaciones civiles y especialistas en seguridad coinciden en que los datos expuestos en las conferencias de prensa —centrados en el número de detenciones, vehículos asegurados o decomisos de sustancias— carecen de mecanismos de auditoría independientes y no permiten medir un impacto real en el desmantelamiento de las redes del crimen organizado ni en la reducción sostenida de la violencia en las regiones más afectadas del país.
Al no existir métricas claras y auditables que respalden el discurso oficial, la narrativa corre el riesgo de percibirse como una escenografía estadística para el consumo mediático inmediato.
Ante esta vulnerabilidad técnica, la urgencia de la presidenta Claudia Sheinbaum por mantener una elevada aprobación y una imagen pública sólida para García Harfuch responde a una lógica de sucesión e influencia política a largo plazo.
El secretario es percibido en los círculos del poder como el candidato presidencial temprano de la titular del Ejecutivo, la carta de continuidad de su grupo político y el perfil que encarna el modelo de gobernabilidad que ella busca consolidar. De este modo, el éxito o fracaso de la gestión de Harfuch impacta de manera directa en el capital político y la reputación de la propia Presidencia.
Asimismo, la estrategia de fortalecimiento de imagen busca neutralizar el incipiente “fuego amigo” desencadenado desde las entrañas del propio partido oficialista, Morena. La figura de Harfuch genera recelos en los sectores más tradicionales e ideológicos del movimiento, quienes lo observan con reserva por su trayectoria previa en instituciones de seguridad de administraciones pasadas y por su perfil de corte pragmático y tecnocrático.
Su temprana mención como el perfil favorito para el futuro político del grupo gobernante ha activado dinámicas de contención interna, caracterizadas por filtraciones a la prensa y señalamientos velados.
En respuesta, el plan de posicionamiento busca contrarrestar estas presiones internas y externas aumentando la frecuencia de sus apariciones públicas, otorgándole un protagonismo central en la agenda informativa y desasociándolo de las crisis de violencia locales para atribuirlas a factores regionales o inercias anteriores.
De esta forma, la maquinaria de comunicación gubernamental intenta transformar la percepción sobre el combate a la delincuencia en un activo político que proteja al secretario y garantice la viabilidad de la apuesta futura de la Presidencia.
