A dos años de iniciada la Guerra en Sinaloa, Los Chapos sin posibilidad de ganar o seguir dentro del crimen

Por. J. Jesús Lemus

El olor a pólvora y drenaje rancio que se asentó en Culiacán a mediados de 2024 no se ha ido. El próximo 25 de julio se cumplen exactamente dos años desde aquel vuelco kafkiano que reconfiguró el infierno mexicano: la traición y secuestro de Ismael “El Mayo” Zambada a manos de Joaquín Guzmán López, para entregarlo en bandeja de plata a la justicia de los Estados Unidos.

Ese día cesó la vieja pax mafiosa. Hoy, la facción de Los Chapitos —encabezada por Iván Archivaldo y Jesús Alfredo Guzmán Salazar— se encuentra en su momento más vulnerable. No solo están cercados por la implacable maquinaria judicial estadounidense, sino que se han convertido en el blanco predilecto de una jauría de enemigos históricos y emergentes que buscan borrar su apellido del mapa criminal.

Para Los Chapitos, el verdadero enemigo no solo viste de civil con armas largas en la sierra; viste de traje en las cortes de Illinois, Nueva York y Washington D.C. El Gobierno de EE. UU. ha convertido la caza de los hijos de “El Chapo” en una cruzada nacional debido a la crisis del fentanilo.

Con Ovidio y Joaquín Guzmán López tras las rejas en suelo estadounidense colaborando o negociando con la Fiscalía, el cerco sobre Iván Archivaldo se ha estrechado al máximo. La presión de las agencias de inteligencia norteamericanas ha forzado al Ejército Mexicano a mantener un hostigamiento constante, desmantelando sus principales círculos de protección sicarial.

El debilitamiento de Los Chapitos ha desatado una tormenta perfecta. Hoy, cuatro fuerzas con un poder de fuego descomunal tienen motivos de sobra para exterminarlos:

Para la facción de Ismael Zambada Sicairos, alias “El Mayito Flaco”, y el resto de la dinastía histórica de los Zambada, la eliminación de Los Chapitos no es solo un asunto de control de rutas; es una cuestión de honor.

La traición al viejo patriarca rompió códigos sagrados. Los Mayos han tomado el control de los transportes, rutas del sur del estado y economías locales, asfixiando financieramente a los hijos de Guzmán Loera.

Desde el norte de Sinaloa, el líder de los remanentes del Cártel de los Beltrán Leyva ha sabido jugar una estrategia de desgaste de largo plazo.

“El Chapo Isidro” sobrevivió a la guerra contra el “Chapo” original y ahora ve la oportunidad perfecta para expandir su hegemonía en Guasave, Los Mochis y expandirse hacia el centro del estado. Posee estabilidad económica, un perfil bajo sumamente efectivo y un pacto táctico implícito para ver caer a los hermanos Guzmán.

Operando desde Sonora y el norte del territorio sinaloense, los herederos de Rafael Caro Quintero guardan un profundo resentimiento contra Los Chapitos, quienes intentaron desplazarlos de manera sumamente violenta del desierto de Sonora tras la captura del “Narco de Narcos”.

Para ellos, ver desaparecer a los hermanos es asegurar su supervivencia y el control de la codiciada frontera de contrabando hacia Arizona.

La narrativa oficial de “operativos focalizados” choca de frente con la realidad que viven las familias sinaloenses. De acuerdo con registros independientes, informes de organismos como el International Crisis Group y colectivos de búsqueda, como Sabuesos Guerreras, los dos años transcurridos desde julio de 2024 arrojan un saldo desgarrador:

El saldo de la guerra hasta ahora refiere más de 2,300 asesinatos, un incremento superior al 200% en comparación con los promedios previos a la fractura. Más de 2,400 casos reportados de Personas Desaparecidas, con un promedio que llegó a duplicar las tasas diarias históricas. Más de 65 elementos de Seguridad asesinados y cientos de familias desplazadas, que huyeron de la sierra de Concordia, Elota y las sindicaturas de Culiacán

El dato más doloroso de este balance humano es la edad de las víctimas. Informes recientes confirman que más de la mitad de las personas desaparecidas y asesinadas en esta ola de violencia tienen menos de 28 años.

Carne de cañón y “La Leva”

Detrás de las frías estadísticas se encuentra el verdadero drama social. Al inicio del conflicto, ambas facciones contaban con miles de “halcones” —jóvenes de secundaria y preparatoria que ganaban unos cuantos cientos de dólares al mes solo por vigilar—. Cuando la guerra escaló, las estructuras criminales se quedaron sin hombres experimentados.

El reclutamiento forzado o la leva se volvió sistemático. Testimonios de trabajadores sociales confirman que jóvenes adictos fueron sacados por la fuerza de centros de rehabilitación desregulados para convertirlos en sicarios de la noche a la mañana: “Estás en la nómina, toma este fusil y sal a pelear”. Incluso los penales y los centros de justicia adolescente se convirtieron en campos de reclutamiento acelerado.

Por su parte, analistas y exfiscales señalan que el CJNG llegó a enviar refuerzos para apoyar a Los Chapitos, pero mandaron lo que en el argot del bajo mundo llaman “La Leva” o “las sobras”: adolescentes sin entrenamiento militar enviados directamente a la trinchera para ser masacrados por la gente del “Mayito Flaco”.

A dos años del sismo que derrumbó las estructuras del narcotráfico tradicional, el mapa de Sinaloa está fragmentado en más de 20 células hiperviolentas. Los Chapitos han perdido colonias enteras de Culiacán y zonas rurales clave, pero se aferran al negocio porque, como sostienen sus defensores legales y financieros, “mientras el dinero del fentanilo siga fluyendo, la guerra no se va a detener”.

Para el sinaloense de a pie —la madre que busca en la tierra con una pala, el comerciante extorsionado o el estudiante que esquiva ponchallantas en la avenida Álvaro Obregón— la caída de Los Chapitos no significará la paz. Significa simplemente la dolorosa espera de ver quién se queda con el trono, mientras una generación entera de jóvenes sigue siendo devorada por la maquinaria de la codicia y la venganza.