Drones, la evolución al narco; EUA y México acuerdan un plan para combatir el uso de drones por los cárteles

Por. J. Jesús Lemus

La evolución táctica del crimen organizado y de los cárteles de las drogas en México ha alcanzado un hito crítico con la adopción sistemática de tecnologías no tripuladas, conocidas como Drones.

La transformación de herramientas comerciales en material bélico por parte de las organizaciones delictivas modificó radicalmente la dinámica del conflicto armado interno y aceleró la necesidad de una respuesta bilateral coordinada entre México y Estados Unidos.

El contexto institucional y estratégico de esta problemática se formalizó mediante una Declaración de Intención suscrita entre la Secretaría de la Defensa Nacional de México y el Departamento del Ejército de Estados Unidos.

Este acuerdo permite a las Fuerzas Armadas mexicanas acceder al mercado digital militar estadounidense para adquirir Sistemas Aéreos No Tripulados y tecnología de Contramedidas o Sistemas Antidrones a costos sumamente competitivos.

Firmado en el marco de reuniones de trabajo de alto nivel encabezadas por mandos del Ejército Mexicano y del Ejército estadounidense, el convenio busca dotar a las fuerzas federales de herramientas avanzadas de interceptación, inhibición de señal, rastreo y neutralización de plataformas enemigas.

El objetivo primordial radica en equipar al Estado para neutralizar la asimetría táctica que los grupos delictivos habían logrado consolidar en diversas regiones del país, todo ello bajo un esquema de cooperación mutua que respeta la soberanía nacional.

Una verdadera evolución del crimen

Para comprender la magnitud del desafío que enfrenta el Estado mexicano, es indispensable analizar cómo las estructuras criminales transitaron desde la aviación ultraligera y los métodos convencionales hacia la implementación masiva de aeronaves no tripuladas.

Inicialmente, las organizaciones de narcotráfico adoptaron drones civiles para tareas puramente logísticas y de inteligencia. La primera fase consistió en la vigilancia táctica y el reconocimiento.

Los cárteles comenzaron a utilizar drones equipados con cámaras de alta resolución para monitorear los desplazamientos de las corporaciones policiales y militares, vigilar los límites territoriales frente a grupos rivales e identificar puntos ciegos en la infraestructura penitenciaria o fronteriza.

Sin embargo, el salto cualitativo más alarmante se produjo con la conversión de estas plataformas comerciales en armas explosivas improvisadas. Las facciones criminales comenzaron a modificar la estructura de drones multirrotores para integrar servomotores y mecanismos de liberación remota capaces de soltar artefactos explosivos artesanales.

Estos proyectiles, fabricados frecuentemente con tubos de acero, pólvora, dinamita o C4, y complementados con metralla como clavos y balines, son lanzados con notable precisión sobre campamentos de corporaciones de seguridad, instalaciones estratégicas y comunidades habitadas por grupos rivales o civiles.

En etapas más avanzadas, los grupos delictivos han llegado a utilizar drones kamikaze cargados con explosivos detonados por impacto o por señales de radiofrecuencia, emulando tácticas observadas en conflictos bélicos internacionales.

A la par de su uso bélico, la versatilidad de estas aeronaves redefinió el transporte de carga y el contrabando de narcóticos. El transporte aéreo sin tripulación facilitó el cruce de fronteras y la entrega de mercancías ilícitas en zonas de difícil acceso.

Aunque los drones comerciales tienen capacidades de carga limitadas en comparación con una avioneta, su baja firma de radar, la ausencia de piloto a bordo y la capacidad de realizar entregas nocturnas a baja altura los convirtieron en una herramienta ideal para el tráfico constante de cargamentos de alto valor y reducido volumen, tales como fentanilo, heroína, cocaína y metanfetaminas.

Esta modalidad, conocida técnicamente como narcodrones, permite realizar operaciones exprés cruce a cruce, reduciendo considerablemente el riesgo operativo de incautación masiva o captura de personal.

Todos los cárteles con uso de drones

Diversos grupos delictivos han adoptado estas tecnologías, pero la intensidad y sofisticación de su empleo varía según la capacidad financiera y la doctrina operativa de cada organización.

Entre los principales grupos que operan drones para ataque, vigilancia y transporte destacan el Cártel de Sinaloa, con especial frecuencia en la zona fronteriza para el traslado táctico de drogas sintéticas; el Cártel del Golfo y el Cártel del Noreste en la frontera fronteriza del noreste mexicano; el Cártel de Santa Rosa de Lima en el centro del país; así como las coaliciones territoriales integradas por los Cárteles Unidos de Michoacán y el Cártel Jalisco Nueva Generación.

El Cártel Jalisco Nueva Generación se convirtió en el principal impulsor de la militarización de drones en territorio mexicano. Esta organización criminal formalizó la creación de unidades operativas dedicadas exclusivamente al manejo de tecnología aérea, popularmente conocidas como sus operadores de drones.

La estrategia del Jalisco Nueva Generación se caracteriza por una inversión masiva en la adquisición de flotas interconectadas de drones de alta gama, la capacitación de sus integrantes en la fabricación de cargas explosivas personalizadas y el despliegue de sistemas de software para alterar las restricciones geográficas de vuelo impuestas por los fabricantes.

Su doctrina militar se ha desplegado con especial ferocidad en regiones como Tierra Caliente en Michoacán, Jalisco, Zacatecas y Guanajuato, utilizando los ataques aéreos no solo para desplazar territorialmente a sus enemigos, sino como una herramienta de guerra psicológica contra la población y las fuerzas del orden.

En contraposición, los Cárteles Unidos de Michoacán, una alianza heterogénea formada por agrupaciones locales como Los Viagras, el Cártel de Tepalcatepec y los restos de los Caballeros Templarios, adaptaron el uso de drones principalmente como una medida defensiva y de contención territorial.

Ante la expansión agresiva del Jalisco Nueva Generación en los municipios michoacanos de Tepalcatepec, Aguililla, Coalcomán y Buenavista, los Cárteles Unidos desarrollaron sus propias brigadas aéreas para repeler incursiones de vehículos blindados artesanales e infantería enemiga.

En este escenario, la región de Michoacán se transformó en un laboratorio de guerra asimétrica donde ambos bandos intercambian fuego de mortero improvisado y ataques con drones cargados de explosivos, provocando el desplazamiento forzado de comunidades enteras y destruyendo la infraestructura local.

El patrón de uso tecnológico por parte de estos grupos criminales demuestra una adaptación constante. Han incorporado cámaras térmicas y nocturnas para realizar incursiones en la oscuridad, emplean repetidores de señal para ampliar el alcance operativo de las aeronaves a varios kilómetros de distancia y buscan de forma continua evadir los inhibidores portátiles y las tecnologías de bloqueo electromagnético desplegadas por el Gobierno.

La firma del acuerdo entre México y Estados Unidos responde de manera directa a esta compleja realidad operativa. La integración de radares de detección de baja altitud, sensores ópticos, inhibidores de frecuencia de radio y sistemas de interceptación de última generación permitirá al Ejército Mexicano neutralizar la amenaza aérea no tripulada de los cárteles.

De esta forma, el Estado busca recuperar la superioridad en el espacio aéreo táctico, proteger a las tropas desplegadas en las zonas de mayor conflicto y frenar la escalada tecnológica del crimen organizado.