Por. J. Jesús Lemus
La arquitectura del comercio en América del Norte se encuentra en un punto de inflexión histórico. A medida que se desarrollan las mesas de negociación y los intercambios diplomáticos entre las administraciones de Washington y Ciudad de México, la sombra de una reestructuración radical planea sobre el bloque trinacional.
La posibilidad de archivar el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) para dar paso a un Tratado de Libre Comercio puramente bilateral entre México y Estados Unidos ya no pertenece al terreno de la especulación; es una alternativa real que se discute en los pasillos de poder económico y político de ambos países.
Este escenario implicaría el desmantelamiento de un paradigma trinacional que ha regido el flujo de capitales y mercancías desde la entrada en vigor del TLCAN en 1994. Aunque sustituir el marco trilateral por uno bilateral mantendría el acceso al mercado de consumo más grande del mundo, alteraría de fondo el funcionamiento de las cadenas de valor, la certidumbre jurídica y la competitividad de la economía mexicana en el escenario global.
¿Por qué abandonar la vía trilateral?
La tensión en torno al formato del T-MEC responde a dinámicas políticas internas en Estados Unidos y a divergencias estratégicas con Canadá. Para Washington, la relación comercial con México representa la prioridad operativa inmediata debido al volumen de intercambio, la colindancia territorial y la intrincada integración de la industria manufacturera.
En los sectores más proteccionistas de la política estadounidense, el esquema trilateral es percibido como una estructura rígida que limita la capacidad de imponer condiciones comerciales punitivas o de ajustar rápidamente las reglas frente a distorsiones globales, particularmente el avance de las inversiones chinas.
Desde la perspectiva norteamericana, tratar con México de forma aislada otorga a Washington una palanca de negociación desproporcionada. Sin la mediación ni el contrapeso de Canadá, la Casa Blanca puede presionar con mayor efectividad en temas prioritarios para su agenda de seguridad nacional: contenidos de origen industrial, políticas laborales, regulación del sector energético y blindaje contra la presencia de capitales asiáticos en territorio mexicano.
Por su parte, la posición mexicana ha oscilado entre la defensa pragmática del marco trinacional y la necesidad de asegurar la fluidez comercial a toda costa. Ante la amenaza constante de aranceles unilaterales o la parálisis de las revisiones periódicas del T-MEC, la opción bilateral surge como un cortafuegos para garantizar que el acceso preferencial al mercado estadounidense no quede supeditado a disputas ajenas entre Washington y Ottawa.
Potenciales beneficios para México bajo un acuerdo bilateral
Un Tratado de Libre Comercio exclusivo entre México y Estados Unidos no carece de atractivos económicos y estratégicos para México. Si se estructurara con criterios de complementariedad, podría afianzar la posición de México como el socio logístico e industrial insustituible de la economía estadounidense.
En un esquema bilateral, México dejaría de competir de forma directa con Canadá por las cuotas de atención regulatoria y ventajas específicas dentro del texto del acuerdo. Esto permitiría adaptar las cláusulas contractuales a las necesidades concretas de la oferta exportadora mexicana, agilizando la resolución de disputas fronterizas y aduaneras.
La cercanía geográfica se convertiría en un activo aún más determinante. Con un acuerdo a la medida, las corporaciones multinacionales que buscan mudar sus plantas operativas fuera de Asia verían en México un destino blindado por un pacto directo con la Casa Blanca, lo que aceleraría los flujos de inversión extranjera directa en infraestructura del norte y centro del país.
Eliminar a la contraparte canadiense reduciría los frentes de conflicto en temas donde México e industrias del norte de América suelen diferir de Ottawa, tales como ciertas regulaciones ambientales estrictas, la gestión del sector lácteo o mecanismos específicos de protección al trabajo, permitiendo centrar el diálogo en los sectores agropecuario, manufacturero y de servicios de la frontera sur de EUA.
Un tratado bilateral consolidaría la integración energética, asegurando el flujo continuo de gas natural de bajo costo procedente de Texas hacia los parques industriales mexicanos, lo cual mantendría competitivos los costos de producción local frente a otras regiones del mundo.
Afectaciones y riesgos para la economía mexicana
A pesar de los potenciales beneficios pragmáticos, renunciar a la plataforma trilateral entraña severos costos económicos y vulnerabilidades geopolíticas para México.
La principal desventaja radica en el desequilibrio de poder. En una mesa donde solo se sientan la primera potencia mundial y una economía emergente, México pierde el “frente común” que históricamente construyó junto a Canadá para frenar los embates proteccionistas de Washington. Sin la masa crítica canadiense, México queda expuesto a exigencias unilaterales imposibles de eludir.
Las industrias automotriz, aeroespacial y tecnológica no operan sobre fronteras bilaterales puras; funcionan a través de un ecosistema norteamericano cruzado. Un vehículo o un componente aeronáutico cruza las fronteras de los tres países múltiples veces antes de su ensamblaje final. Excluir a Canadá del marco normativo impondría trabas aduaneras, incrementaría las tarifas por la pérdida de origen preferencial y encarecería la producción regional frente a competidores asiáticos y europeos.
La transición del T-MEC a un nuevo tratado bilateral generaría un periodo prolongado de vacío o reconfiguración legal. Las empresas que realizaron inversiones millonarias bajo el amparo de las reglas del T-MEC enfrentarían volatilidad operativa, renegociaciones de contratos y posibles litigios por la alteración de las reglas del juego.
Bajo la amenaza implícita de perder el acceso al mercado norteamericano, México podría verse obligado a ceder en materias sensibles, como la política energética nacional, la regulación de la biotecnología agrícola o la adopción obligatoria de normas laborales y ambientales diseñadas unilateralmente en el Capitolio.
Los sectores industriales perdedores con la transición
El abandono del T-MEC y la adopción de un modelo bilateral no impactaría a la economía de forma homogénea. Determinadas ramas industriales sufrirían fricciones severas debido a la interrupción de sus modelos operativos actuales.
Es el segmento más vulnerable ante una reestructuración de este calibre. La industria automotriz actual depende de un complejo tejido de proveeduría que involucra plantas de estampado, fundición y desarrollo tecnológico repartidas entre Ontario, el Medio Oeste estadounidense y los clusters industriales del Bajío y Norte de México.
Rediseñar las reglas de origen para un esquema bilateral excluiría los insumos canadienses del cómputo de contenido regional, obligando a las armadoras a reconfigurar sus líneas de suministro a un costo astronómico o a pagar aranceles bajo el esquema de la Organización Mundial del Comercio (OMC).
Esta industria, con fuerte presencia en Querétaro, Chihuahua y Baja California, mantiene una vinculación directa con el hub aeronáutico de Quebec y Seattle. La exclusión de Canadá rompería esquemas de colaboración tecnológica y suministro de aleaciones especializadas y turbinas, restando competitividad a las plantas instaladas en suelo mexicano que integran piezas para fabricantes globales.
Los sectores del acero y el aluminio han sido blanco constante de medidas proteccionistas. En un tratado bilateral, la industria siderúrgica mexicana quedaría desprotegida frente a las presiones de los productores estadounidenses, que buscarían imponer salvaguardas, cuotas de importación o reglas de “fundido y vertido” extremadamente estrictas para evitar que el acero procesado en México acceda a su territorio, aislándolo además de los flujos de mineral y chatarra que provienen de Canadá.
El campo mexicano enfrentaría un escenario complejo. Al perder la triangulación o los equilibrios de la oferta trilateral, los productores de granos básicos (maíz, trigo, soya) quedarían expuestos a una apertura total ante el agroindustrial estadounidense altamente subsidiado, sin capacidad de apalancarse en las dinámicas de negociación que en el T-MEC matizaban ciertos impactos regulatorios.
Los sectores industriales ganadores con los cambios
En contraposición, ciertos sectores económicos encontrarían en un tratado bilateral un terreno propicio para expandir sus márgenes de ganancia y consolidar su dominio en el mercado norteamericano.
Los productores de aguacate, jitomate, frutos rojos, tequila y cerveza se perfilan como los grandes beneficiados. La demanda estadounidense de alimentos frescos y bebidas de alta gama es inelástica y no depende de insumos canadienses. Un tratado bilateral directo aceleraría el flujo en los pasos fronterizos, eliminaría barreras fitosanitarias de forma más expedita y consolidaría a México como el principal huerto proveedor de Estados Unidos.
La fabricación de televisores, equipos de comunicación, arneses eléctricos y electrodomésticos concentrada en la frontera norte ganaría relevancia. Al ser procesos de ensamblaje orientados casi en su totalidad al consumo final en Estados Unidos, la eliminación del intermediario canadiense no altera sus cadenas de valor y, por el contrario, se beneficiaría de esquemas de cruce aduanero simplificado (“fast-track”).
El sector del autotransporte de carga, los puertos secos y las empresas de gestión aduanera verían un incremento sustancial en la demanda de sus servicios. La necesidad de adaptar los flujos de mercancías a un nuevo régimen puramente fronterizo demandaría mayores inversiones en infraestructura logística en estados como Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila, Sonora y Baja California, convirtiendo al corretaje aduanero en un negocio altamente rentable.
México se ha consolidado como un exportador clave de insumos médicos y material quirúrgico hacia Estados Unidos. Dado que estos productos responden a normas de certificación bilaterales con la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) y dependen prioritariamente de la cercanía geográfica para entregas “justo a tiempo”, un marco bilateral simplificaría las normativas de certificación sanitaria y potenciaría la atracción de plantas de manufactura biomédica.
Las perspectiva a largo plazo
La eventual sustitución del T-MEC por un tratado bilateral México-Estados Unidos representaría un viraje geoestratégico de gran calado. Marcaría el fin del sueño de una “América del Norte” integrada como un bloque económico tripartito capaz de hacer frente de manera unificada a la hegemonía industrial de Asia o al bloque europeo.
Para México, la decisión implica un dilema fundacional: aceptar una integración subordinada pero altamente lucrativa con la potencia vecina, o sostener el modelo multilateral que, aunque más complejo de negociar, otorga mayor certidumbre jurídica y equilibrio normativo.
La viabilidad y el éxito de un acuerdo de esta naturaleza no dependerían únicamente de la eliminación de aranceles, sino de la capacidad técnica del Estado mexicano para defender cláusulas de salvaguarda, preservar la autonomía sobre sus recursos estratégicos y evitar que el comercio quede condicionado a agendas extraeconómicas en materia migratoria o de seguridad fronteriza. La moneda sigue en el aire mientras las delegaciones diplomáticas miden el costo político y financiero de dar el paso definitivo.
