Por. Luis Calderón
Una caída del 4.5 por ciento en la natalidad de los mexicanos se presentó en los resultados de la Encuesta Intercensal 2025, presentada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el número más bajo registrado desde la pandemia de la COVID-19 en 2020. En aquel año se registraron 1 millón 629 mil 211 nacimientos por cada mil mujeres en edad fértil. Este año, la cifra fue de 1 millón 672 mil 227 nacimientos, una diferencia de 148 mil 661 nacimientos comparados con el millón 820 mil 888 nacimientos registrados en 2024 y solo 523 mil 566 más que la cifra más baja de los últimos 10 años.
Esta mañana, durante su Conferencia del Pueblo, la presidenta Claudia Sheinbaum fue cuestionada sobre el significado de estas cifras. Como es costumbre de la mandataria, intentó dar la vuelta a la pregunta señalando que este fenómeno ocurre no solo en México, sino también en Europa, Estados Unidos y Asia, lo que no representa una respuesta mínimamente congruente que pudiera explicar el comportamiento de la sociedad mexicana, cuyo crecimiento, remarcado por la mandataria, es de tan solo 0.7 por ciento, lo que representa menos de un hijo por pareja desde 2020.
Aunque la mandataria tiene razón y la tasa de natalidad ha caído a nivel global, la realidad es que los motivos son diversos y cada zona del mundo tiene una explicación diferente causada, invariablemente, por el sistema imperialista y de esclavitud que impera en el mundo. Ya no hablar de México, donde a esas características de opresión social que disminuyen la motivación —y el tiempo— para procrear descendencia se suman la crisis de inseguridad, impunidad, violencia y falta de servicios públicos que domina el territorio nacional.
Claudia Sheinbaum aseguró que expertos analistas del INEGI se encuentran analizando la situación para definir una ruta a trazar para atender el problema que, eventualmente, puede convertir a México en un país de adultos mayores insostenible, pues bajo el sistema actual se requiere que haya un equilibrio en el que las personas que están en “edad productiva” puedan mantener a las personas que ya cumplieron con sus obligaciones sociales y se encuentran en calidad de retiro, por ejemplo. Lo que puede provocar una grave crisis en diversos ámbitos para la generación que, dentro de 30 años, envejecerá sin descendencia, según muestran los datos recientes.
No hay condiciones
Analistas han considerado que la baja natalidad responde a un nuevo paradigma, donde las mujeres y hombres en edad fértil prefieren continuar con el desarrollo de sus carreras profesionales o académicas. Si bien esto es cierto y las prioridades de la sociedad han cambiado, la realidad es que el acceso a esta educación también invita a la juventud a mantenerse informada sobre los procesos que ocurren en el mundo y en su propia nación, lo que, cuando menos, daña la intención de traer un hijo a un mundo sobrepoblado que conlleva infinidad de desventajas.
No es ajeno al mundo animal que los seres sintientes eviten su reproducción cuando las condiciones son inviables para habitar un espacio. Si falta alimento, las condiciones climáticas no son viables, no hay un refugio seguro o los depredadores son excesivos, algunas especies aplican una estrategia biológica conocida como diapausa embrionaria, que suspende o pausa el desarrollo embrionario hasta que las condiciones mejoren. Aunque el ser humano es incapaz de utilizar esta estrategia natural, el don del razonamiento permite evaluar la situación y anteponerse a las bajas posibilidades de desarrollo de un descendiente y a su sufrimiento en este mundo.
Por tanto, la respuesta, sencilla y compleja, a la baja natalidad se encuentra en el contexto. Si se les pregunta a los jóvenes en edad reproductiva el motivo por el que no han decidido concebir, las respuestas seguramente abarcarán la complicada situación económica de la nación, la imperante y recurrente violencia que no suelta a ningún estado de la República y la infinidad de peligros a los que los niños se encuentran expuestos en este momento histórico del país y del mundo.
No ha pasado ni un mes desde que se demostrara lo poco seguro que es este caldo de cultivo y fosa clandestina con nombre de país para los niños. Un bebé de un año y cuatro meses, de nombre Juan Alejandro, fue ultimado a balazos el 5 de septiembre en Culiacán, Sinaloa. ¿Esto no basta? Otro ejemplo: a principios de mes, un joven de 15 años fue abatido. Eventualmente, se identificó a dicho adolescente como “El Chuchito Nini”, quien se desempeñaba como escolta de Luis Enrique Barragán Chávez, alias “El R5”, nuevo líder del grupo delictivo Guerreros Unidos, luego de la detención de Alfonso Fernández Magallón, alias “Poncho la Quiringüa”.
La participación de niños y adolescentes en el crimen organizado es uno de los tristes hitos a nivel nacional en el que se han adentrado los cárteles de las drogas. Conocido en exceso es el caso de Guadalajara, donde las desapariciones de jóvenes y adolescentes han ido en ascenso en los últimos años, incluso con zonas foco rojo de desaparición plenamente ubicadas por las autoridades, como la Nueva Central Camionera de Tlaquepaque, donde especialistas como el doctor Jorge Ramírez, de la Universidad Autónoma de Guadalajara, ha logrado identificar un patrón de reclutamiento forzado a través de falsas ofertas de trabajo.
Ya no se trata solo de decir que es una cuestión de educación. La vida paralela de personajes dentro del crimen organizado que terminan siendo devorados por las garras de la violencia y la ambición, producto de la falta de oportunidades laborales y educativas que la ausencia del Estado provoca en las comunidades más marginadas del país. No es de sorprender que los mejores centros de reclutamiento del crimen sean municipios con pocas o nulas oportunidades, donde la migración hacia centros urbanos o hacia los Estados Unidos ya no se presenta como una posibilidad que cubra todas las necesidades económicas del niño o joven.
Por otro lado, ¿qué posibilidad le ofrecemos a nuestra descendencia en cuanto a la educación? Únicamente la de convertirse en mano de obra barata y calificada, pues hoy ni siquiera una licenciatura garantiza el ascenso social que sí lo hacía en los años previos al 2000. Hoy, un trabajo que requiere licenciatura difícilmente es retribuido con la cantidad necesaria para que el trabajador sobreviva; ya no hablar de una familia completa, que antes podía ser mantenida por un solo salario y hoy debe recurrir a ambos padres trabajando.
Y ahí viene otro problema. La débil economía mexicana ya no permite que los padres siquiera convivan con sus hijos, mucho menos que los eduquen emocional y socialmente. No hay tiempo. Entre los trayectos interminables y los trabajos de jornadas agotadoras, a veces solo alcanza el día para que los padres despidan a sus hijos antes de dormir. En otras ocasiones, ni eso.
Sin educación, formación y acompañamiento paterno, los niños se ven obligados al abandono, a medias tintas de atención que no les permiten entender y desarrollar vínculos sanos con sus semejantes. Viven aislados detrás de una pantalla, sin tiempo para que sus progenitores paseen o jueguen con ellos. El ritmo de vida ideal del sueño americano es solo eso, un mito.
Las escuelas ahora son las encargadas de formar a las nuevas generaciones casi en su totalidad, y no cumplen con lo necesario para la formación de valores que, sí, es cierto, dependen únicamente del entorno familiar, como el respeto y la empatía, pero ¿cuándo? ¿En qué momento del día, si no hay espacio?
El abandono de los jóvenes provoca un círculo vicioso donde la falta de supervisión y guía parental provoca una descomposición en los niños, quienes se encuentran a expensas de los valores que la cultura popular y de consumo imponen en su mente a través de las redes sociales y la televisión. Lejos quedaron los tiempos en que los niños soñaban con profesiones y oficios más allá del dinero; hoy, lo que anhelan y desean es convertirse en aquellas figuras adineradas detrás de la pantalla, sin importar cuál sea el costo para lograr ese objetivo.
Es ahí cuando se presenta la tentadora vida de narcotraficante, fantasiosa, de lujos, mujeres y excesos. Aprovecha todas estas características de nuestra destrucción social y las convierte en el próximo niño sicario que estará cobrando piso a un taxista que, de por sí, sufre las carencias de un Estado fallido.
En los casos donde la fortuna ha sonreído a los jóvenes y la seducción del crimen organizado les es ajena, terminan también por ser reclutados o desaparecidos, sin importar clase social o nivel económico y educativo. El crimen no distingue, mientras puedan explotar a alguien para su maquinaria de muerte y dinero. El reclutamiento forzado no solo se da en forma de falsos trabajos; para muestra, el caso del Rancho Izaguirre, donde al menos un par de elementos de la policía municipal de Teuchitlán, quienes, a través de detenciones, obligaban a someterse a un inhumano ritual de adiestramiento para integrarse a las filas del Cártel Jalisco Nueva Generación, so pena de muerte en caso de no lograr acreditar todo el entrenamiento.
Hay 130 mil personas desaparecidas en este país. Entre los desaparecidos plenamente por el Estado y por el crimen organizado se encuentran decenas de ellos. La cifra, de por sí escalofriante, sigue siendo un aproximado que colectivos han desmentido en más de una ocasión, señalando que, de acuerdo con sus estimaciones, en realidad existen más de 300 mil desaparecidos en el país, lo que a cualquier persona le quita las ganas de tener hijos, e incluso de salir a la calle.
No solo es la seguridad
En este siglo, las muertes durante el parto han disminuido considerablemente comparado con décadas anteriores. Eso es una realidad innegable; sin embargo, el nacimiento de un niño y su salud no se cumplimentan al salir del hospital, pues todavía queda un largo camino para el recién nacido. Entre vacunas y sus primeras enfermedades, necesita atención de la más alta calidad, algo que el sistema nacional de salud es incapaz de cubrir.
Tan solo la reaparición de enfermedades como el sarampión demuestra que la falta de continuidad en programas históricos de vacunación durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador y lo que va del de Claudia Sheinbaum ya cobran factura a la sociedad. Una muestra de la falta de insumos en los centros de salud, más clara, es la falta de vacunas para complementar el esquema de salud preventivo mínimo en países desarrollados. Ya no hablar de la atención a situaciones de salud en niños y adolescentes.
Para muestra, el reciente fallecimiento de cinco bebés recién nacidos en una clínica de Durango, donde se les han entregado nulas y poco creíbles explicaciones a los padres sobre el fallecimiento de los menores. De acuerdo con un comunicado compartido por el IMSS, la defunción de los recién nacidos se debió a la presencia de una bacteria. Por sí solo, este dato resulta perturbador, pues es increíble que una institución de ese calibre no logre mantener la esterilidad de un lugar tan delicado como el ala de recién nacidos.
El 20 de octubre de 2025, en Sonora, ocurrió otro lamentable caso que demuestra las malas condiciones del sector salud para la atención de menores, cuando, debido al desabasto de antiveneno de alacrán, una niña de tan solo cinco años perdió la vida. Algo que ocurría y era natural durante el periodo revolucionario, pero que perfectamente es tratable y no debería comprometer la vida de una menor.
Lo peor es que, si los niños mexicanos llegan a padecer enfermedades potencialmente mortales como cáncer, lo más probable es que las instituciones de salud, sin diferencia, dígase IMSS, ISSSTE o IMSS-Bienestar, no sean capaces de suministrar el tratamiento necesario para salvar la vida de los menores. Hecho denunciado en repetidas ocasiones por pacientes oncológicos de toda la República.
Aunque Claudia Sheinbaum niegue la movilización del personal del sector salud a nivel nacional, la cruda realidad es que los médicos que sostienen muchas veces con recursos propios la atención a la salud ya no pueden más. Están agotados y acabados, pues, a diferencia de los directivos como Martí Batres o Zoé Robledo, ellos son quienes ven el sufrimiento encarnado en los pacientes y el sentimiento de impotencia que provoca no poder ayudar a sus pacientes.
En el IMSS, si tu hijo padece epilepsia, enfermedad con la que se puede tener una calidad de vida bastante buena con la medicación adecuada, existe una alta probabilidad de perder el control del padecimiento crónico, pues en un sondeo reciente realizado por Cenzontle400 se logró documentar que medicamentos básicos en el tratamiento de esta enfermedad, como el Valproato de Magnesio y el Levetiracetam, no se encuentran en las farmacias. Bajo la ausencia de estos fármacos, los niños y adultos que padecen la enfermedad pueden empeorar su pronóstico de vida e incluso sufrir accidentes potencialmente mortales debido a lo agresivas que resultan las crisis convulsivas de los pacientes.
En otro caso documentado en Ciudad de México por este medio, se registró que pacientes que padecen diabetes también han sufrido por el desabasto de medicamentos. La diabetes, otra enfermedad que perfectamente puede controlarse con la medicación adecuada, se convierte en una condena de muerte cuando los beneficiarios carecen del acceso a tratamientos tan importantes como la aplicación de insulina, que también escasea con frecuencia, o la metformina.
La desesperación de los pacientes llega a niveles que los orillan a crisis emocionales. Adultos mayores que, con lágrimas en los ojos, le dicen directamente al personal del IMSS que los están matando lentamente al negarles el derecho incondicional a la salud obligado por la Constitución Mexicana.
Con ese sistema de salud, ¿quién puede querer hijos? Reformulo: ¿quién querría tener hijos y verlos sufrir por culpa de la corrupción y mala organización del sector salud?
¿Dónde caminarán y qué respirarán?
En agosto pasado, la presidenta Claudia Sheinbaum, con la venia de un grupo de académicos ansiosos por nuevos puestos en el gobierno, legitimó y casi aseguró que la aplicación del fracking en México será una realidad. Según la mandataria y esos científicos que vendieron el futuro de los niños del país, la aplicación de esta técnica de fracturación, donde se utilizan inhumanas cantidades de agua que son contaminadas permanentemente, es viable y se puede utilizar sin que represente un impacto importante a los recursos naturales.
Como si la fractura del subsuelo para la extracción de bolsas de gas y petróleo por sí sola no causara ya el hundimiento del suelo y cantidad de desgracias naturales que esto conlleva, también se contamina y, a ello, se suma la siempre presente colusión con el crimen organizado, los facilitadores de negocios de multinacionales, quienes quitan del medio a activistas y ambientalistas que tengan el valor de oponerse a cualquier actividad extractiva.
A la destrucción del suelo, el extractivismo y la contaminación del agua se suma la venta de la misma, con comunidades enteras donde el derecho al agua es una falacia. Comunidades donde prospera la industria refresquera y cervecera o, como en el norte del país, las maquiladoras y ensambladoras de autos que también explotan a los trabajadores.
El agua ya es un recurso que escasea en buena parte de la República. En la misma CDMX, la paradoja es evidente. En el centro de la capital, edificios como el de la Fiscalía General de la República carecen de agua la mayor parte del tiempo; ya no hablar de la alcaldía Iztapalapa o la zona de Santa Fe, donde también se asienta una famosa cervecera a la que nunca, ni cuando el Cutzamala reduce su capacidad, le falta el agua.
Para colmo, en México aún se produce electricidad de la manera menos eficiente y más contaminante del mundo: a través del carbón. Eso y las nulas políticas útiles de mitigación a las que el gobierno debe obligar a la industria internacional han provocado que el aire sea uno de los principales factores de desarrollo de cáncer en grandes ciudades.
¿Qué México queda para tener hijos, presidenta? Su generación y la clase política a la que pertenece ya acapararon todo y lo destruyeron para llenarse la cartera de billetes. Del planeta, mejor ni hablamos.
