Andy López Beltrán, bajo la lupa del gobierno de EUA, por Huachicol Fiscal y financiamiento a grupos narcoterroristas

Por. J. Jesús Lemus

Mientras las instituciones judiciales mexicanas descartan abrir líneas de investigación formales en su contra por considerar imprecisos o insuficientes los señalamientos que constan en expedientes oficiales, autoridades federales en Washington mantienen bajo la lupa las actividades del hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador.

Una reciente revelación periodística del diario estadounidense The New York Times expuso que al menos dos agencias de seguridad y procuración de justicia de Estados Unidos evalúan pruebas y testimonios vinculados a presuntas operaciones de crimen organizado y, de manera particular, al esquema denominado huachicol fiscal.

El reportaje del periódico neoyorquino, sustentado en el testimonio de cinco personas con conocimiento directo de las averiguaciones, sostiene que agencias estadounidenses analizan la viabilidad de presentar cargos penales.

Aunque The New York Times aclara que hasta el momento no se ha presentado un indictment o acusación formal en una corte federal, el seguimiento riguroso por parte de las dependencias de control de drogas y fraude transnacional responde a una preocupación estructural: la infiltración del crimen organizado en los esquemas de importación de hidrocarburos entre ambos países y la presunta protección política otorgada a ciertos actores estratégicos en la frontera.

El Huachicol Fiscal, el financiamiento del crimen

El fenómeno del huachicol fiscal no equivale al robo tradicional de combustible mediante la ordeña de ductos de Petróleos Mexicanos. Se trata de un complejo engranaje de contrabando aduanal y evasión fiscal a gran escala.

La maniobra consiste en ingresar hidrocarburos refinados como gasolina o diésel desde refinerías y distribuidores de Texas y otras regiones de Estados Unidos a través de los cruces fronterizos mexicanos, haciendo pasar el combustible por productos químicos exentos de impuestos, aditivos o aceites industriales de menor valor tributario.

Para consumar este fraude masivo se requiere la complicidad o la omisión deliberada de agentes aduanales, personal de la Secretaría de la Defensa Nacional encargados del control fronterizo, funcionarios del Servicio de Administración Tributaria y redes empresariales dispuestas a lavar el producto en estaciones de servicio formales en territorio nacional.

Las pérdidas para el erario mexicano derivadas del contrabando de combustible se calculan en miles de millones de pesos anuales, pero la gravedad del asunto rebasa el ámbito financiero. Para las autoridades del Departamento de Justicia y del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, este esquema representa una fuente multimillonaria de financiamiento para las estructuras del crimen organizado transnacional, las cuales han diversificado sus ingresos más allá del tráfico de sustancias ilícitas.

En este contexto, cualquier entramado corporativo, gestoría o intermediación política que favorezca la libre circulación de estas cisternas o facilite contratos a empresas vinculadas al circuito de combustible ilegal se transforma en un objetivo directo para los investigadores federales al otro lado de la frontera.

Andy, por todas partes

La investigación periodística de The New York Times señala que el nombre de López Beltrán surge a partir de cruces de información, rastreos financieros y testimonios recabados de personas clave que han comenzado a colaborar con la justicia estadounidense.

Dentro de los expedientes que revisan las agencias norteamericanas figuran señalamientos hacia una red de empresarios y prestanombres que habrían actuado como articuladores entre dependencias gubernamentales, asignación de contratos públicos en sectores estratégicos y facilitación logística para operadores comerciales.

Entre los nombres recurrentemente mencionados en los reportajes de investigación se encuentra el de Jorge Amílcar Olán Aparicio, un empresario cercano al entorno personal de los hijos del exmandatario, cuyas empresas registraron una vertiginosa expansión operacional y contractual durante el sexenio anterior.

En el plano diplomático y político, el caso ha derivado en roces constantes y medidas administrativas severas. Meses atrás, el gobierno de Estados Unidos procedió a la revocación de la visa de entrada a territorio estadounidense a López Beltrán.

Aunque el Departamento de Estado no suele ventilar públicamente los motivos individuales para la cancelación de visados por motivos de privacidad legal, el propio involucrado confirmó que la medida se había materializado, calificándola como un acto de persecución política e injerencia extranjera orientada a golpear la continuidad de Morena.

Fuentes citadas por The New York Times indicaron asimismo que, a lo largo de los últimos meses, el entorno del dirigente político ha intentado establecer canales de comunicación e intermediación con funcionarios de procuración de justicia estadounidenses para conocer el estatus de las indagatorias y explorar la situación jurídica, sin que hasta el momento exista una negociación o acuerdo formal.

El sueño de los justos en la FGR

En marcado contraste con la intensa actividad desplegada por las agencias norteamericanas, el papel de las autoridades de procuración de justicia en México ha sido motivo de un severo escrutinio público y mediático. La Fiscalía General de la República ha mantenido una postura categórica respecto a los señalamientos contra Andy López Beltrán.

En declaraciones públicas y posicionamientos oficiales, la institución ha sostenido que no existen carpetas de investigación abiertas de manera directa contra el hijo del expresidente. La narrativa de la representación social en México argumenta que las menciones circunstanciales, trascendidos telefónicos u oficios aislados donde se pronuncia su nombre o el de su grupo cercano no configuran elementos de prueba idóneos o suficientes para estructurar una imputación penal por delitos como delincuencia organizada, operaciones con recursos de procedencia ilícita o huachicol.

Esta discrepancia entre las instituciones de ambos países pone de relieve las dinámicas del sistema judicial en México, donde la apertura de investigaciones que involucran al círculo de poder político suele enfrentar importantes barreras institucionales.

Mientras la Fiscalía mexicana apela a la estricta tipicidad probatoria para desestimar el inicio de un expediente formal contra López Beltrán, analistas y especialistas en derecho internacional destacan que el sistema federal estadounidense opera bajo principios de acumulación de conspiración y lavado de dinero transnacional.

Bajo el marco normativo de Estados Unidos, cualquier individuo que colabore, organice, facilite o se beneficie financieramente de la operación de una red criminal transnacional puede ser procesado aun si los actos materiales no fueron ejecutados directamente en su territorio.

El impacto institucional de estas investigaciones trasciende la esfera personal de los señalados y proyecta sombras sobre el discurso oficial anticorrupción. La negativa a investigar el huachicol fiscal desde sus ramificaciones de alto nivel político consolida la percepción de impunidad selectiva en los órganos de control en México.

Por un lado, la Secretaría de la Defensa Nacional y Petróleos Mexicanos han desplegado operativos constantes en las rutas físicas del contrabando de hidrocarburos, realizando decomisos de pipas y clausuras de bodegas; sin embargo, las redes de protección institucional que hacen posible que millones de litros de diésel y gasolina crucen impunemente los puertos y aduanas del país continúan sin ser desarticuladas en sus niveles más altos.

La cobertura del New York Times subraya que la investigación en Estados Unidos sigue su curso de manera discreta, apoyándose en herramientas como el análisis de inteligencia financiera, la interceptación de comunicaciones de redes dedicadas al contrabando de combustible y las declaraciones de testigos protegidos que buscan atenuar sus propias condenas en cortes norteamericanas.

El caso de Andy López Beltrán se suma así a un historial de expedientes judiciales construidos en Washington y Nueva York que terminan por exhibir la pasividad de los órganos persecutores del delito en México, dejando en manos de agencias extranjeras el juzgamiento de tramas de corrupción e infiltración delictiva que se originan en el corazón de las instituciones mexicanas.