Por lo menos 63 mil menores reclutados a la fuerza, están al servicio del narco

Por. J. Jesús Lemus

Detrás de las cifras de la guerra contra el narcotráfico existe un engranaje silencioso y atroz que sostiene la estructura operativa del crimen organizado en México: la explotación sistemática de la infancia.

Lejos de la retórica oficial sobre el bienestar social, miles de niñas, niños y adolescentes son incorporados diariamente a las filas de los cárteles para desempeñarse como halcones, cocineros de droga sintética, transportistas y sicarios.

Esta realidad configura un fenómeno de reclutamiento forzado que no sólo engorda la mano de obra criminal a un costo extremadamente bajo, sino que devora el futuro de generaciones enteras ante la indiferencia del gobierno federal.

Las estimaciones actuales, con base en una investigación del que esto escribe, indican que al menos 63 mil menores de edad están integrados de manera activa dentro de las estructuras armadas de las organizaciones delictivas.

Este contingente infantil no es un elemento periférico ni ocasional, sino una columna vertebral que permite el reemplazo continuo de personal en las zonas de mayor conflicto.

Grupos de delincuencia organizada como el Cártel Jalisco Nueva Generación, los Cárteles Unidos de Michoacán, Los Viagras, el Cártel de Sinaloa, el Cártel del Noreste y las remanentes de Los Zetas han diseñado mecanismos sofisticados de enganche que van desde la coacción violenta y el secuestro directo hasta el engaño mediante ofertas de empleo falsas y el uso de redes sociales.

El vínculo entre la crisis de desapariciones y el reclutamiento infantil revela un patrón alarmante. Se calcula que por lo menos el 80 por ciento de los niños reclutados por el crimen organizado se encuentran inscritos dentro del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas.

Para las familias y los colectivos de búsqueda, la desaparición de un menor, rara vez representa un acto fortuito; en la mayoría de los casos constituye el punto de partida de un proceso de asimilación forzada en los campamentos de entrenamiento del narco, donde la identidad de la víctima es borrada para convertirla en un activo prescindible de la guerra criminal.

La violencia ejecutada por esta mano de obra infantil impacta directamente en las estadísticas de homicidios del país. En un contexto donde ocurren en promedio 51 homicidios al día, se estima que al menos el 30 por ciento de estas ejecuciones son perpetradas directamente por menores de edad bajo las órdenes de los carteles.

Obligados a perder el respeto por la vida humana a través de procesos de desensibilización extrema y tortura dentro de las células delictivas, estos jóvenes son utilizados en la primera línea de fuego debido a la impunidad operativa que rodea su estatus legal y a la facilidad con la que los mandos criminales pueden sustituirlos en caso de abatimiento o detención.

A la par de su utilización en labores de choque y sicariato, la infraestructura narco ha diversificado el trabajo infantil hacia áreas de alta peligrosidad técnica. Al menos un 10 por ciento de los menores en poder de los cárteles están destinados de forma exclusiva a los procesos de producción de drogas sintéticas, principalmente metanfetaminas y fentanilo.

En laboratorios clandestinos instalados en zonas rurales o apartadas, estos niños manejan precursores químicos altamente tóxicos sin protección alguna, expuestos a gases mortales y explosiones, sirviendo como mano de obra cautiva para satisfacer la demanda internacional de estupefacientes.

A pesar de la gravedad de esta situación, la problemática del reclutamiento infantil permanece como un mal social omitido en la agenda prioritaria del gobierno federal. La ausencia de un tipo penal específico que tipifique el reclutamiento de menores a nivel nacional, sumada a la falta de protocolos de protección estatal en municipios de alto riesgo, ha permitido que los cárteles de la droga experimenten un crecimiento exponencial sustentado en la sobreexplotación de la infancia.

Mientras la mano de obra adulta exige mayores incentivos o resulta más compleja de subordinar, los niños reclutados representan para el crimen organizado un recurso maleable, obediente y desechable que alimenta la espiral inagotable de violencia que atraviesa al país.