Por. J. Jesús Lemus
El dinero del narcotráfico en México no siempre ha viajado a través de avionetas clandestinas cruzando la frontera a baja altura ni mediante lanchas rápidas surcando el Océano Pacífico.
A finales de los años noventa y principios de los dos mil, una de las arterias más prolíficas e insospechadas para el tráfico de drogas a gran escala fue la red ferroviaria comercial que conecta la Ciudad de México con los nodos urbanos más estratégicos de Estados Unidos.
En el centro de esta colosal red logísticas se encontraba un personaje cuyo perfil entrelazó de forma escandalosa el crimen organizado con la pasión popular del balompié mexicano: Tirso Martínez Sánchez, conocido en el submundo criminal con el apodo de El Futbolista.
Nacido en la ciudad de Guadalajara el 9 de diciembre de 1966, Tirso Martínez Sánchez construyó un imperio discreto pero devastador al convertirse en el cerebro logístico del traslado de cocaína para las organizaciones criminales más poderosas de México.
Su método destacaba por una frialdad técnica impecable.
En lugar de arriesgar cargamentos en rutas rústicas o peligrosas, optó por la infraestructura pesada del comercio formal. La droga era ocultada meticulosamente en vagones comerciales de trenes y en remolques de tráileres que partían desde el corazón del país con destino a metrópolis como Chicago, Los Ángeles y Nueva York. Entre los años 1997 y 2001, este sistema operó con una fluidez pasmosa, permitiendo que la acusación federal de los Estados Unidos le atribuyera formalmente el ingreso de setenta y seis toneladas de cocaína a su territorio tan solo en el periodo comprendido entre los años 2000 y 2003.
Sin embargo, en el mapa del crimen organizado nada funciona de manera aislada. La infraestructura ferroviaria que El Futbolista utilizaba no era de su propiedad ni de libre acceso. Durante su posterior testimonio en el juicio celebrado en la corte federal de Brooklyn en diciembre de 2018, él mismo se encargó de detallar la estructura de mando que regía sobre esas vías.
Ante las autoridades estadounidenses, explicó que absolutamente nadie fuera de los miembros del Cartel de Sinaloa tenía permitido utilizar esa vía de transporte. El control absoluto del acceso lo ejercía Joaquín El Chapo Guzmán, quien personalmente decidía qué operadores podían colocar sus mercancías en los vagones.
Por coordinar, empaquetar y garantizar que los cargamentos llegaran sin contratiempos a las bodegas norteamericanas, Martínez Sánchez cobraba una jugosa comisión que oscilaba entre el diez y el quince por ciento del valor del envío.
Esta descomunal cantidad de dinero líquido requería de un mecanismo eficaz para ingresar a la economía formal y perder su rastro de origen. Fue así como los millones provenientes de las vías del tren terminaron saliendo a la superficie en las canchas de fútbol del país.
La afición mexicana por el deporte de las patadas se convirtió en el escenario perfecto para el blanqueo de capitales a plena luz del día, ante la mirada de autoridades, directivos y aficionados. El Futbolista comenzó a adquirir franquicias de equipos de fútbol profesional, integrándose con total naturalidad en el tejido social y empresarial del deporte nacional.
Compró la franquicia del equipo Reboceros de La Piedad
Su incursión más sonada ocurrió en el estado de Michoacán, donde compró la franquicia de los Reboceros de La Piedad por un monto aproximado de dos millones doscientos mil dólares. Tras una gestión que movió cantidades astronómicas de dinero en efectivo para el pago de nóminas y remodelaciones, vendió el equipo en el año 2004 por diez millones de dólares.
Luego de liquidar los sueldos de jugadores, cuerpo técnico y personal administrativo, le quedaron totalmente limpios unos cuatro millones de dólares. Pero su ambición deportiva y financiera no se detuvo en Michoacán. A lo largo de esos años extendió su red de propiedad sobre otros clubes de tradición como los Venados de Yucatán en la ciudad de Mérida, además de tener participaciones directas o control sobre escuadras en Querétaro, Celaya e Irapuato.
El punto cumbre de esta faceta ocurrió el 21 de junio de 2003, cuando la Trinca Fresera del Irapuato logró el anhelado ascenso a la Primera División del fútbol mexicano, un logro deportivo financiado en gran medida por la logística del narcotráfico internacional.
El nivel de protección del que gozaba Tirso Martínez Sánchez era proporcional a la envergadura de sus socios. No era un operador menor; mantenía lazos de compadrazgo y relaciones directas con figuras emblemáticas del narcotráfico como Amado Carrillo Fuentes, conocido como El Señor de los Cielos, y con Arturo Beltrán Leyva, El Baruch.
Para transitar por todo el territorio nacional sin ser molestado por corporaciones policiales ni militares, recurrió al uso de al menos seis identidades falsas. Esta estrategia de camuflaje civil y financiero le permitió vivir durante años como un próspero empresario del deporte, respetado en las directivas del balompié y totalmente impune ante la ley.
No obstante, la impunidad no es eterna en la dinámica del crimen organizado. El entramado protector comenzó a desmoronarse con el paso de los años a medida que las investigaciones internacionales presionaban a las instituciones mexicanas. Tras permanecer prófugo y con perfil bajo durante un tiempo, la Policía Federal logró ubicarlo y detenerlo el 9 de febrero de 2014 en la ciudad de León, Guanajuato.
Lo alcanzó la justicia norteamericana
Su arresto marcó el inicio de un proceso judicial complejo que culminó con su extradición a los Estados Unidos el 17 de diciembre de 2015, donde la justicia federal lo reclamaba por múltiples cargos de conspiración para el tráfico masivo de drogas.
Una vez en suelo estadounidense y enfrentando la posibilidad de pasar el resto de su vida tras las rejas, El Futbolista decidió cambiar de bando y colaborar activamente con el Departamento de Justicia. En el año 2016 formalizó su declaración de culpabilidad, aceptando los cargos en su contra a cambio de una reducción sustancial en su condena si entregaba información valiosa sobre las cúpulas de mando de las organizaciones con las que operó.
Dos años más tarde, en diciembre de 2018, subió al estrado en la corte de Brooklyn para rendir testimonio en el histórico juicio en contra de Joaquín Guzmán Loera, detallando minuciosamente cómo operaban los trenes de la droga y el porcentaje de las ganancias que se destinaba a la estructura del Cartel de Sinaloa.
Su cooperación con el sistema judicial estadounidense rindió frutos en febrero de 2020, cuando el juez federal Brian Cogan le dictó una sentencia de siete años de prisión. Para el momento en que se emitió el fallo, Martínez Sánchez ya había cumplido cuatro años en custodia federal, por lo que su horizonte penal se redujo considerablemente. Su papel como testigo colaborador no concluyó con el caso de El Chapo.
En febrero de 2023, su voz volvió a escucharse en las salas de justicia de Nueva York, esta vez para declarar en el juicio penal contra el exsecretario de Seguridad Pública de México, Genaro García Luna. Durante esta nueva comparecencia, aportó detalles sobre cómo la red de corrupción gubernamental facilitó las operaciones logísticas y la impunidad de las que gozó mientras movía toneladas de cocaína sobre rieles y compraba plazas en el fútbol mexicano.
