Capula y la Catrina, la feria espiritual de los muertos

Por. J. Jesús Lemus/ Texto y fotografías

El corazón de Michoacán vuelve a palpitar al ritmo de una de las expresiones populares más entrañables y vibrantes del occidente mexicano. La tenencia de Capula, ubicada a escasos kilómetros de la capital michoacana, abre sus puertas para celebrar el inicio de la XVI Feria Nacional Artesanal y Cultural de la Catrina, un encuentro de magia, tradición y destreza técnica que se consolida como el prólogo idóneo para las festividades del Día de Muertos en la región.

Desde las primeras horas de la mañana, de este 18 de octubre, los callejones empedrados y las fachadas de adobe y teja de la comunidad reciben a miles de visitantes con una atmósfera saturada de olores a barro fresco, leña encendida, copal y flores de cempasúchil que anuncian la llegada de las almas.

El ambiente festivo se respira en cada rincón del pueblo. Cientos de creadores locales e invitados de diversas regiones del estado y del país han instalado sus talleres al aire libre y sus puestos de exhibición alrededor de la plaza principal y las avenidas contiguas.

Este escaparate no solo celebra la maestría de la alfarería local, sino que también reafirma la vitalidad de un patrimonio intangible que trasciende fronteras. La Feria de la Catrina es el reflejo vivo de cómo una comunidad ha sabido reinterpretar sus raíces ancestrales y amalgamarlas con la imaginación contemporánea, convirtiendo a la calavera sonriente y elegantemente ataviada en una embajadora universal de la cultura mexicana.

Alfarería y espiritualidad

Para comprender la trascendencia de este evento es indispensable viajar en el tiempo y analizar el origen de la alfarería en Capula y su estrecho vínculo con el ambiente espiritual de la Noche de Muertos. Historias orales y registros históricos recuerdan que Capula ha sido desde tiempos virreinales una tierra de alfareros, herederos del conocimiento que Vasco de Quiroga impulsó en la cuenca del lago de Pátzcuaro y zonas aledañas durante el siglo XVI.

Durante generaciones, las familias de la localidad se dedicaron casi en su totalidad a la elaboración de loza tradicional de uso doméstico, como cazuelas, ollas, platos y jarros de barro vidriado con delicados punteados o trazos de flores, utensilios indispensables en las cocinas michoacanas y en las ceremonias rituales de la región.

Sin embargo, a finales de los años setenta y principios de los ochenta, el panorama socioeconómico de Capula experimentó un giro definitivo. El afamado pintor, escultor y maestro alfarero Juan Torres Arceo, atraído por la riqueza cultural y el potencial plástico de la zona, decidió establecer su taller en la tenencia.

Al convivir con los artesanos locales, observó una destreza técnica excepcional en el manejo de la arcilla, pero advirtió la necesidad de diversificar la producción para ofrecer alternativas económicas sostenibles ante la caída comercial del barro tradicional doméstico.

Fue en ese momento cuando surgió la propuesta de modelar en barro tridimensional la icónica figura de La Calavera Garbancera, inmortalizada originalmente en grabado por José Guadalupe Posada y bautizada más tarde como La Catrina por el muralista Diego Rivera.

Un hito artístico

La transición de la estampa de papel a la escultura de barro supuso un hito artístico de incalculable valor. Los alfareros de Capula comenzaron a moldear rostros cadavéricos expresivos, vestidos señoriales con holanes, sombreros gigantescos repletos de flores, plumas y velos, transformando el barro modelado a mano en verdaderas obras de arte de una elegancia sobrecogedora.

El público reaccionó con asombro y admiración ante estas figuras que capturaban con finura y picardía la visión mexicana sobre la muerte: no como una pérdida trágica o aterradora, sino como una acompañante cotidiana a la que se le rinde culto, se le viste con sus mejores galas y se le invita a la fiesta.

Con el paso de los años, el modelo de la Catrina de barro arraigó de tal manera en el tejido social que Capula pasó de ser una comunidad dedicada exclusivamente a las cazuelas para convertirse en la cuna mundial de las catrinas artesanales.

Un artesano local afina los trazos minuciosos sobre la mirada de una catrina de barro, un proceso paciente que puede tomar semanas de trabajo manual antes de pasar al horno. Foto: J. Jesús Lemus.

Hacia finales de la primera década de los años dos mil, las autoridades municipales y los propios comités de artesanos comprendieron que la producción anual acumulada merecía una plataforma formal que concentrara el esfuerzo de las familias alfareras y atrajera a compradores nacionales e internacionales.

Así nació la Feria de la Catrina, que con el tiempo obtuvo la categoría de feria nacional gracias a la magnitud de sus exposiciones, el concurso artesanal que la acompaña y el flujo constante de turistas que abordan la tenencia año tras año.

Hay algo más allá de lo visual

El contexto cultural en el que se enmarca esta festividad es fundamental para entender su alcance emocional. En Michoacán, la época de velación de los fieles difuntos conocida como Animeecheri K’uinchekua en la cosmovisión purépecha no es un mero espectáculo visual; es un acto sagrado de comunión entre los vivos y sus ancestros.

Aunque Capula posee dinámicas particulares por su cercanía con la urbe moreliana, el trasfondo místico del ciclo ceremonial de la muerte baña cada pieza expuesta. Las catrinas de barro no son simples objetos adornados; funcionan como centinelas de los altares familiares, guardianas de las ofrendas y símbolos artísticos de ese puente espiritual que se tiende a finales de octubre y principios de noviembre.

En esta décimo sexta edición, la feria vuelve a proyectarse como un motor crucial para la economía local y un punto de encuentro para el turismo cultural. Las calles principales lucen repletas de carpas blancas bajo las cuales se despliega un mosaico inagotable de formas, tamaños y colores.

Se calcula que cientos de talleres familiares participan directamente en la exposición, exhibiendo desde piezas en formato miniatura hasta imponentes esculturas que superan un metro de altura.

La celebración de la Catrina en Capula funciona como el preámbulo perfecto para las ceremonias de la Noche de Muertos en el municipio de Morelia y la zona lacustre de Michoacán. Foto: J. Jesús Lemus.

Cada figura requiere semanas o incluso meses de trabajo paciente, abarcando desde la extracción y amasado de la tierra local hasta el modelado individual, el secado lento a la sombra, la quema en hornos tradicionales y el minucioso pintado a mano con pinceles finísimos.

Caminar por la feria es presenciar una lección viva de diversidad plástica. Entre las creaciones se aprecian catrinas de estilo clásico portando trajes folclóricos de diversos estados de la República, catrinas vestidas de novias con mantillas transparentes, figuras inspiradas en oficios tradicionales como vendedoras de flores, panaderas o filarmónicas, e incluso piezas alegóricas que representan a la naturaleza o la mitología prehispánica.

La competencia artesanal que se celebra de manera paralela exige a los maestros un nivel de detalle inverosímil, donde cada pétalo de cempasúchil en el sombrero o cada encaje sobre el vestido es elaborado completamente de arcilla antes de entrar al fuego.

El Mole molido a metate

Junto al universo artesanal, la gastronomía tradicional michoacana desempeña un papel protagónico en la feria. Las cocineras tradicionales de Capula y sus alrededores han instalado fogones de barro para deleitar a los visitantes con platillos típicos que forman parte del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

El aroma del mole molido a metate, las corundas envueltas en hojas de planta de maíz, los de olla, las gorditas de trigo, el churipo y el atole de grano inunda el ambiente festivo. Comer en Capula durante estos días es adentrarse en la memoria del sabor ancestral, donde la cocina es una extensión directa de la identidad y la hospitalidad del pueblo michoacano.

El impacto cultural de esta décimo sexta edición trasciende las fronteras de la propia tenencia. Durante las semanas de duración de la feria, la carretera que conecta a Morelia con Quiroga experimenta un tránsito constante de familias, investigadores, colectores de arte y fotógrafos de distintas latitudes del planeta.

El gobierno municipal y las autoridades estatales han coordinado operativos de seguridad, movilidad y promoción turística para garantizar que la estancia de los visitantes se desarrolle en un clima de tranquilidad y fiesta comunitaria. La meta compartida es clara: salvaguardar el prestigio del trabajo artesanal, evitar el regateo que demerita el esfuerzo de los creadores y asegurar que la derrama económica llegue sin intermediarios a los hogares de las familias alfareras.

La herencia cultural

Más allá del aspecto mercantil, la Feria Nacional de la Catrina funciona como un mecanismo de transmisión generacional de conocimientos. En los talleres familiares de Capula es habitual ver a niñas, niños y jóvenes trabajando codo a codo junto a sus padres y abuelos.

Mientras las manos más experimentadas guían los trazos complejos sobre la cerámica vidriada, las nuevas generaciones aprenden a modelar sus primeras caritas de calavera, asegurando el relevo generacional y la continuidad de este arte emblemático. De este modo, la feria es también un acto de resistencia cultural frente a la producción masiva industrializada, reivindicando el valor inestimable del trabajo hecho completamente a mano.

El legado del maestro Juan Torres Arceo perdura en cada rincón de la comunidad, donde la icónica calavera de Posada pasó del grabado sobre papel a la escultura en barro vidriado y a la personificación. Foto: J. Jesús Lemus.

El inicio de las actividades en Capula marca formalmente el arranque del calendario conmemorativo del Día de Muertos en el municipio de Morelia. Las autoridades locales han resaltado que esta festividad actúa como la gran puerta de entrada a la semana mayor de los difuntos, conectando a la capital con el circuito cultural de la zona lacustre.

A lo largo de los días de exhibición, el recinto ferial se nutre también de una variada cartelera de eventos culturales que incluye presentaciones de música folclórica, danzas tradicionales como la Danza de los Viejitos, representaciones teatrales, callejonadas y talleres interactivos donde los propios visitantes pueden experimentar el proceso de moldeado de la arcilla.

La Catrina de Capula es, en última instancia, un homenaje colectivo a la memoria y a la identidad. A través de sus vestidos coloridos y sus sonrisas eternas, estas figuras de barro recuerdan la fragilidad de la vida y el respeto profundo por quienes ya han cruzado el umbral.

Al recorrer las calles de esta tenencia en el inicio de su fiesta más importante, queda manifiesto que la muerte en México no es olvido, sino pretexto para la reunión, el arte y la celebración comunitaria. Capula invita al mundo a mirarse en el espejo del barro y a celebrar la vida honrando la memoria de los difuntos a través del talento incomparable de sus artesanos.