¿Por qué Sheinbaum quiere que Talleres Gráficos de México suministre la papeleróia electoral al INE?

la historia demuestra que la concentración del poder y la falta de contrapesos dentro de las paraestatales solo generan la tormenta perfecta para la impunidad financiera y la manipulación política. En el horizonte de las elecciones de 2027, la propuesta oficialista perfila un escenario donde el remedio anunciado no solo resulta infinitamente peor que la enfermedad denunciada, sino que amenaza con dejar a la democracia mexicana sin el más elemental de sus insumos: la confianza incondicional en la imparcialidad del voto registrado en cada boleta

Por. J. Jesús Lemus

En el discurso público de la Cuarta Transformación, las crisis institucionales no se corrigen con auditorías severas ni con el fortalecimiento de la independencia contable; se resuelven centralizando las funciones del Estado bajo el manto de la administración pública centralizada.

La más reciente propuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ilustra a la perfección este modus operandi: frente a las presuntas irregularidades, sobreprecios y redes de opacidad detectadas en licitaciones del Instituto Nacional Electoral (INE) con proveedores privados, el Poder Ejecutivo ha planteado que sea Talleres Gráficos de México (TGM) la entidad estatal que concentre de forma exclusiva el suministro, la producción y la impresión de las boletas y materiales electorales para los comicios intermedios de 2027.

Bajo una narrativa moral que promete desterrar a las “empresas voraces”, los intermediarios amasiados con la burocracia y los “coyotes” del sector privado que han encarecido las elecciones mexicanas, el Gobierno de la República presenta este movimiento como un acto de saneamiento ético y soberanía institucional.

Sin embargo, un análisis riguroso de la historia reciente y de la operación administrativa del aparato estatal revela una paradoja preocupante: el remedio propuesto amenaza con ser considerablemente más peligroso que la enfermedad que pretende curar.

Entregar el control absoluto de la papelería electoral a Talleres Gráficos de México no solo erosiona de forma directa la autonomía presupuestal y operativa del órgano electoral, sino que delega la custodia de la herramienta técnica más sensible de la democracia mexicana en una empresa paraestatal que dista radicalmente de ser un modelo de honestidad, eficiencia o transparencia.

La retórica del rescate estatal contra la trampa de la captura

La argumentación de Palacio Nacional parte de una premisa real para construir una conclusión conveniente. Nadie puede ignorar que las compras consolidadas y las contrataciones de servicios dentro del INE han estado salpicadas por constantes sospechas de colusión privada, sobrecostos inexplicables y asignaciones dirigidas a un puñado de corporativos gráficos que se han repartido millonarios presupuestos en cada proceso electoral. Las distorsiones del mercado de la imprenta electoral en México son notorias y requieren investigaciones judiciales profundas, así como sanciones severas a los responsables.

Sin embargo, en lugar de perfeccionar los mecanismos de fiscalización, sancionar a las firmas corruptas y obligar al instituto autónomo a transparentar sus licitaciones, el Ejecutivo propone despojar al INE de su capacidad de decisión para trasladarla al corazón de la Secretaría de Gobernación, dependencia de la cual depende Talleres Gráficos de México. La trampa política es evidente: bajo el pretexto de combatir la corrupción privada, el gobierno busca asumir el control operativo de los insumos indispensables para la jornada electoral.

Como han advertido diversos especialistas en derecho constitucional y materia electoral, cuando el Ejecutivo decide qué comprar, a quién contratar y en qué condiciones se imprimen las boletas del árbitro electoral, la frontera entre la gestión técnica y la injerencia política se desvanece por completo. Apropiarse de la logística del árbitro mediante el monopolio del papel es una forma sutil, pero devastadora, de captura institucional. La democracia no solo se pone en riesgo cuando se alteran los resultados en el escrutinio, sino también cuando se somete la independencia logística del organismo encargado de organizar las votaciones.

La honestidad de un ente gubernamental plagado de sombras

El problema central del argumento oficialista no reside únicamente en el plano teórico de la división de poderes, sino en la cuestionable reputación de la entidad elegida para fungir como salvadora de la integridad electoral. Presentar a Talleres Gráficos de México como un bastión inexpugnable de rectitud presupone que las empresas del Estado están exentas por naturaleza de las desviaciones de la ambición privada, una afirmación que se estrella de frente contra el historial reciente de la propia imprenta estatal.

Talleres Gráficos de México no es un laboratorio aséptico de probidad. Al contrario, el historial contable e institucional de este organismo descentralizado está marcado por recurrentes escándalos de presunto fraude económico, triangulación de recursos y falta de rigor presupuestal.

Investigaciones periodísticas e informes de auditoría han documentado a lo largo de diversos sexenios cómo TGM ha recurrido sistemáticamente a la subcontratación de terceros para cumplir con los pedidos que formalmente recibe del Estado. Esta práctica, lejos de erradicar a los intermediarios privativos, creó una opaca “caja negra” donde la empresa paraestatal recibía presupuestos multimillonarios de dependencias públicas para luego adjudicar directamente, sin licitaciones transparentes, los trabajos a imprentas privadas afines, reteniendo un margen de intermediación y eludiendo las leyes de adquisiciones.

En los propios expedientes de la gestión pública reciente han quedado al descubierto convenios donde TGM sirvió como fachada para canalizar cientos de millones de pesos a empresas privadas mediante esquemas que emulan las peores prácticas de estafas maestras pasadas. Reportes de auditoría y registros del portal de compras públicas revelan adjudicaciones sospechosas a redes de proveedores con domicilios fantasma o sin la capacidad técnica instalada para responder a las exigencias del servicio, lo que demuestra que la corrupción no es una exclusividad del sector privado ni desaparece mágicamente por el simple hecho de estampar el sello del gobierno en la orden de producción.

En fechas recientes, incluso han salido a la luz contrataciones otorgadas por Talleres Gráficos a empresas vinculadas a grupos de poder interno del propio sistema electoral, evidencia innegable de que los vasos comunicantes del amiguismo y el conflicto de interés cruzan las puertas de TGM con absoluta naturalidad.

Cadena de custodia comprometida y el fantasma de las vulnerabilidades electorales

Más allá del ámbito estrictamente financiero y del mal manejo de los recursos públicos, existe un factor aún más delicado que cuestiona la conveniencia de confiar el futuro de la elección de 2027 a Talleres Gráficos de México: las fallas históricas y estructurales en el control de calidad, la custodia y la seguridad física del material electoral impreso.

El principio fundamental que rige la producción de las boletas electorales en una democracia funcional es la certeza absoluta sobre la trazabilidad de cada hoja de papel de seguridad. Cada boleta debe contar con folios rigurosamente controlados, marcas de agua infalsificables, fibras ópticas y, sobre todo, una contabilidad milimétrica que garantice que ni una sola tira de papel salga de las rotativas sin autorización o registro.

La historia del sistema electoral mexicano registra episodios sumamente oscuros en los que la falta de rigor operativo en la imprenta del Estado encendió las alarmas de la oposición y de los observadores internacionales.

Se han documentado casos donde la incapacidad técnica y operativa de Talleres Gráficos de la Nación obligó a la entidad a recurrir a la maquila externa sin los controles de seguridad mínimos requeridos por los reglamentos electorales.

Esta falta de control sobre las prensas y sobre los volúmenes reales de impresión alimentó durante años la sospecha de la existencia de boletas sobrantes o “espejo”, así como el extravío no aclarado de papelería oficial durante los traslados y las fases de empaquetado. Cuando el control de la impresión pierde rigor técnico, el fantasma del fraude electoral deja de ser una mera especulación de los perdedores para convertirse en una vulnerabilidad logística real.

¿Se puede confiar de manera ciega la fe pública de los comicios de 2027 a un taller que no ha podido demostrar un control estricto e ininterrumpido sobre sus insumos y procesos de maquetación? La respuesta racional es no. La seguridad del voto no solo depende de la tinta indeleble o de las casillas, sino de la certeza matemática de que las boletas contabilizadas al final de la jornada coinciden exactamente con las producidas bajo supervisión civil estricta en las imprentas. Entregar este proceso a un organismo estatal vulnerado administrativamente abre una grieta inaceptable en la cadena de custodia democrática.

El peligro del remedio frente a la enfermedad

El diagnóstico presentado por la presidenta Sheinbaum identifica una dolencia real en el INE: el abuso corporativo y el encarecimiento injustificado de los procesos democráticos a manos de contratistas voraces. Sin embargo, la terapia prescrita por el Ejecutivo incurre en un error trágico de lógica institucional.

Para extirpar el tumor del sobreprecio y la colusión privada, se pretende amputar la independencia organizativa del árbitro y entregar el monopolio de la papelería electoral a una burocracia que padece los mismos vicios de opacidad, pero agravados por el conflicto de interés inherente a su condición de entidad gubernamental.

Sustituir a las empresas privadas corruptas por un ente público con antecedentes de fraude económico y descontrol operativo no es una solución ética; es una regresión autoritaria disfrazada de austeridad y eficiencia. Si el INE ha incurrido en negligencia al supervisar sus licitaciones, el camino correcto es la intervención de la Auditoría Superior de la Federación, la cancelación de registros de proveedores anómalos, la apertura a licitaciones internacionales con estricta supervisión ciudadana y la reestructuración profunda de sus áreas de administración.

Pretender que la solución radica en transferir el control operativo de las boletas a Talleres Gráficos de México equivale a apagar un incendio arrojando combustible. La ciudadanía mexicana no tiene garantizada la honestidad del proceso solo porque el papel provenga de una imprenta del Estado.