Por. J. Jesús Lemus
El deceso del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano marca el fin de una era en la historia contemporánea de México. Con su partida concluye la vida del arquitecto fundamental de la transición democrática en el país y el último bastión de una estirpe política irrepetible.
Cárdenas representa el cierre definitivo de la auténtica izquierda revolucionaria, esa tradición del nacionalismo popular que convirtió la defensa del patrimonio colectivo y la justicia social en un proyecto ético y republicano. Al lado de figuras históricas como Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, el ingeniero formó la tríada definitiva que fisuró al régimen de partido casi único y trazó las rutas democráticas del México moderno.
Su partida no solo entristece a la vida pública de la nación, sino que abre un espacio indispensable para la reflexión sobre el origen, la desviación y la crisis de la izquierda partidista que hoy ostenta el poder.
El Hijo del General
Nacido el 1 de mayo de 1934 en la Ciudad de México, Cuauhtémoc Cárdenas creció bajo la sombra tutelar y el peso simbólico de su padre, el general Lázaro Cárdenas del Río, figura emblemática de la Revolución Mexicana, artífice del reparto agrario y de la expropiación petrolera de 1938.
Lejos de ampararse únicamente en el prestigio familiar, Cárdenas se formó como ingeniero civil en la Universidad Nacional Autónoma de México, profesión que ejerció activamente en proyectos de infraestructura hidráulica y desarrollo regional. Esa visión técnica y territorial modelaría su aproximación a la política: sobria, rigurosa, distante del ornato populista y profundamente comprometida con la soberanía sobre los recursos naturales y el desarrollo integral de las comunidades marginadas.
Su trayectoria en el servicio público inició dentro de las filas del Partido Revolucionario Institucional, donde se desempeñó como senador y posteriormente como gobernador del estado de Michoacán entre 1980 y 1986. Sin embargo, su vocación democrática chocó inevitablemente contra el viraje neoliberal que el priismo adoptó a mediados de la década de los ochenta.
Ante la tecnocracia dominante y el abandono de los principios de la Carta Magna de 1917, Cárdenas tomó una decisión sin precedentes: encabezar en 1986 la emblemática Corriente Democrática junto con Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez. Aquel movimiento no fue un mero disentimiento interno, sino la fractura tectónica que resquebrajó la hegemonía del PRI.
Al exigir la democratización de los procesos internos de selección y la recuperación del nacionalismo social, la tríada revolucionaria desafió directamente al presidente Miguel de la Madrid y a la cúpula partidista, culminando en una inminente expulsión que cambiaría el rumbo político del país para siempre.
El origen de la defensa por la democracia
De esa ruptura germinó la candidatura presidencial de 1988 a través del Frente Democrático Nacional, un abanico diverso de fuerzas progresistas, campesinas, obreras y sociales que identificaron en Cárdenas a un líder legítimo. Las elecciones de aquel año se convirtieron en un hito imborrable.
La célebre “caída del sistema” orquestada desde la Secretaría de Gobernación y el posterior e irrefutable fraude electoral que otorgó la victoria a Carlos Salinas de Gortari no destruyeron la causa cardenista; al contrario, fundaron el movimiento democratizador más potente del México contemporáneo.
En lugar de optar por la vía de la confrontación violenta o el llamado al levantamiento, Cuauhtémoc Cárdenas encauzó la indignación popular a través de la resistencia pacífica y la vía institucional, demostrando una estatura de Estado que evitó el derramamiento de sangre y obligó al régimen a ceder espacios de apertura institucional.
De aquella hazaña derivó en 1989 la fundación del Partido de la Revolución Democrática, espacio donde convergieron distintas sensibilidades de la izquierda: socialistas, militantes comunistas, líderes sociales y priistas disidentes. Bajo la presidencia inicial de Cárdenas, el PRD se constituyó en la herramienta clave para forzar las reformas electorales de los años noventa, de las cuales nacería la autonomía del órgano electoral y el establecimiento de condiciones mínimas de equidad contienda tras contienda.
La trascendencia de su liderazgo cristalizó en 1997, cuando triunfó de manera abrumadora en las primeras elecciones para elegir al Jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal. Al convertirse en el primer gobernante electo de la capital, Cárdenas demostró que la izquierda podía gobernar con legitimidad, responsabilidad administrativa y sensibilidad social en el corazón político del país.
Fue el ideólogo de la tergiversada 4T
Es en este recorrido histórico donde reside el verdadero origen de la política progresista contemporánea de México. El proyecto político que a partir de 2018 asumió el control del país e impulsó el modelo bautizado como la Cuarta Transformación o 4T abreva, en su génesis, de las aguas que el cardenismo abrió a contracorriente durante décadas.
No obstante, un análisis de fondo evidencia que el esquema actual dista enormemente de la doctrina original de Cárdenas y constituye una tergiversación del ideario revolucionario. Mientras la izquierda histórica encarnada por el ingeniero, Muñoz Ledo y Martínez ponía el acento en la edificación de instituciones sólidas, el pluralismo democrático, la división de poderes, el respeto irrestricto a la ley y la participación ciudadana crítica, la versión hegemónica de la 4T se desvió hacia un modelo de caudillismo centralizado, polarización social y debilitamiento contundente del entramado institucional republicano.
La ideología cardenista concebía al Estado nacionalista no como el patrimonio personal de un líder mesiánico, sino como el garante institucional del bienestar social y la independencia económica. En el proyecto original de la izquierda de 1988, la soberanía energética y la justicia distributiva caminaban a la par con el fortalecimiento del Poder Judicial, el fomento del pensamiento crítico, la transparencia institucional y la alianza con los órganos autónomos conquistados a base de luchas ciudadanas.
En contraste, la 4T impuso un pragmatismo vertical que sacrificó la deliberación democrática en aras del culto a la personalidad, sustituyó el debate ideológico con la descalificación sistemática a los opositores y desmanteló el equilibrio de poderes que tanto trabajo costó construir a la generación de la transición.
Se alejó de AMLO y la corrupta 4T
Por esta razón, la postura final del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas en los últimos años de su vida cobró un valor ético insustituible. Con la misma congruencia con la que enfrentó al régimen autoritario del PRI en el siglo pasado, Cárdenas guardó una firme distancia crítica frente al movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador y la consolidación de la 4T.
El ingeniero rechazó convertirse en un mero adorno testimonial o en la comparsa simbólica del régimen en turno. Con tono pausado pero firme, el líder histórico alzó la voz ante los atropellos a la legalidad y el hostigamiento sistemático contra las instituciones democráticas, destacando especialmente su defensa irrestricta de la autonomía del organismo electoral, una conquista ciudadana que consideraba inviolable por ser el pilar de las libertades de la nación.
En sus múltiples intervenciones públicas, escritos y foros de debate en el tramo final de su existencia, Cárdenas dejó en claro su deslinde conceptual y moral respecto del oficialismo. El michoacano no dudó en señalar que la gestión gubernamental de la 4T había traicionado las causas estructurales del país: la persistencia de una violencia criminal desbordada, la creciente e preocupante militarización de la vida pública y la falta de una política económica verdaderamente distributiva y con visión de futuro.
Para Cárdenas, el uso de la retórica popular para justificar el desgaste institucional y el sometimiento de los contrapesos democráticos constituía una burla directa a la sociedad mexicana, un retroceso imperdonable en la larga marcha por la que miles de ciudadanos lucharon desde la gesta de 1988.
Con la desaparición física de Cuauhtémoc Cárdenas, sobrevenida tras las partidas previas de Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, se cierra definitivamente la página de la verdadera izquierda revolucionaria de México. Esta trinidad política comprendió que la transformación de un país exige la elevación del debate cívico, la defensa inquebrantable de los principios constitucionales y una profunda decencia personal que no se doblega ante los chantajes del poder temporal. El vacío que deja el ingeniero en la geografía política nacional es incalculable.
Ante la ausencia de referentes morales de su calado, la historia juzgará la distancia entre la izquierda democratizadora que el ingeniero fundó con dignidad y el modelo autoritario que hoy usurpa su memoria; un legado, el de Cárdenas, que permanecerá imborrable como el faro moral de quienes conciben a la política como una vocación intransigente al servicio de la patria y de la libertad.
