Por. J. Jesús Lemus
El poder público en México siempre ha tenido una relación directa y feroz con el escarnio público. Durante décadas, el error presidencial viajaba en las ondas hertzianas o quedaba aprisionado en las carteleras políticas de los periódicos. Sin embargo, en el ecosistema digital contemporáneo, la errata y el tropiezo verbal no solo se registran, sino que se mutan en memes, se amplifican en tendencias de redes sociales y alimentan la voraz maquinaria de la funa digital.
Bajo ese contexto es imprescindible analizar cómo la figura de la primera mujer presidenta del país, Claudia Sheinbaum Pardo, enfrenta una fiscalización mediática nada distinta a la de sus antecesores. La tecnocracia pulida y acartonada de la era priista y panista dio paso a la exposición diaria, desmenuzada y prolongada de la llamada mañanera. En este cuadrilátero matutino, la brecha entre el rigor académico y la retórica populista genera chispazos de insólita virulencia digital.
Las mofas del viejo régimen y el filtro científico
Para rastrear el momento exacto en que la sociedad mexicana pasó del emblemático “faltan tres minutos para aterrizar, no, menos, como cinco” de Enrique Peña Nieto al célebre “si se gasta menos luz, entonces se va a pagar menos luz” de Claudia Sheinbaum, es necesario desmontar los modelos de imagen presidencial que representan ambos mandatarios.
En el caso de Enrique Peña Nieto, la mofa colectiva respondía al desmantelamiento del mito del presidente telegénico. Diseñado desde la mercadotecnia televisiva tradicional, el peñanietismo basaba su prestigio en la compostura física y la dicción estructurada.
Por ello, cuando el mandatario tropezaba con los nombres de libros en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, inventaba estados de la República o trababa su cálculo matemático a bordo del avión presidencial, la audiencia interpretaba el error como la confirmación de una sospecha: la falta de preparación intelectual detrás de la fachada institucional.
La burla contra Peña Nieto era festiva, casi carnavalesca, y funcionaba como una válvula de escape frente a la corrupción estructural del sexenio. El ciudadano se reía del gobernante porque lo percibía ajeno, desconectado y torpe.
Con Claudia Sheinbaum, la dinámica de la percepción pública dio un giro radical. Sheinbaum llegó al Palacio Nacional respaldada por una narrativa diametralmente opuesta: la de la científica, la investigadora de la UNAM, la doctora en Ingeniería Ambiental que aportaría rigor técnico, datos fríos y precisión matemática a la conducción del Estado.
Por esta razón, cuando Sheinbaum incurre en tautologías simplistas como afirmar que gastar menos luz se traduce en pagar menos luz, o cuando tropieza en explicaciones conceptuales básicas, la reacción en redes sociales no es de simple risa, sino de una aguda paradoja.
El fenómeno de la funa contra la presidenta no surge del desprecio a su origen, sino del choque entre la expectativa de la eminencia académica y la realidad de la consigna política cotidiana. En el afán de traducir problemas complejos de política pública —como las tarifas eléctricas, la seguridad o los presupuestos territoriales— a un lenguaje llano para la masa de electores, la presidenta recurre a fórmulas enunciativas reduccionistas. El resultado es percibido por sus críticos no como un esfuerzo pedagógico, sino como una condescendencia discursiva o una desconcertante falta de profundidad.
Este cambio de paradigma refleja la evolución de la comunicación política en la era de TikTok y X. Mientras que Peña Nieto cometía errores por desconocimiento del libreto, Sheinbaum se tropieza cuando intenta simplificar un guion denso dentro de un formato de exposición que dura más de dos horas diarias. La sobreexposición mediática permanente destruye cualquier blindaje institucional, transformando la oratoria del poder en un campo minado de clips de diez segundos redactados para la viralidad del enojo.
Diez episodios de tensión discursiva y virulencia digital
A lo largo de su trayectoria al frente de la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México y en su transición hacia la Presidencia de la República, diversos momentos de la mandataria han encendido los motores de la crítica cibernética. Estos episodios ilustran la fricción permanente entre el discurso oficial y la fiscalización en plataformas digitales.
El primer episodio de amplio impacto en redes sociales se produjo durante una explicación sobre las tarifas de la Comisión Federal de Electricidad. Al intentar defender la estabilidad de los costos de la energía eléctrica frente a las duras críticas por los apagones veraniegos en el norte del país, Sheinbaum pronunció la célebre frase: “Si se gasta menos luz, entonces se va a pagar menos luz”.
La redundancia lógica de la sentencia detonó de inmediato una oleada de etiquetas irónicas y ediciones en video donde los usuarios emularon la frase aplicándola a otros ámbitos cotidianos, como la economía familiar o la salud, convirtiendo una explicación gubernamental en un meme de alcance nacional sobre la obviedad.
El segundo hito discursivo ocurrió en el terreno de la seguridad pública, cuando al abordar la baja en la percepción de violencia en ciertos municipios, la mandataria sostuvo que en esos lugares “no hay más homicidios, lo que pasa es que hay más cuerpos encontrados”. La declaración, cuyo propósito técnico era diferenciar entre la comisión del delito en el presente y el hallazgo de fosas clandestinas de años anteriores, fue calificada en redes como una insensibilidad semántica alarmante.
Las plataformas digitales se llenaron de reclamos de colectivos de búsqueda que interpretaron el matiz lingüístico como una minimización de la tragedia de los desaparecidos en México.
El tercer tropiezo mediático tuvo lugar durante la crisis sanitaria por el COVID-19 en la capital del país. Frente a los cuestionamientos sobre el uso obligatorio del cubrebocas y las recomendaciones internacionales, Sheinbaum afirmó en una rueda de prensa que la mascarilla servía principalmente “para no contagiar, pero no necesariamente para evitar ser contagiado”.
Aunque la premisa contenía un fundamento de salud pública sobre el control de la fuente de emisión de gotas, la formulación atropellada provocó la burla masiva en redes, donde fue tildada de contrasentido médico y generó confusión entre la ciudadanía en pleno pico epidémico.
En el cuarto caso, la discusión gravitó en torno a los proyectos de infraestructura ferroviaria. Al defender la viabilidad y los tiempos de traslado del Tren Maya y sus conexiones con el centro del país, la presidenta dio una serie de estimaciones de tiempo y velocidad que resultaron matemáticamente incompatibles.
Los usuarios de las redes sociales desenredaron las cifras en tiempo real, evidenciando que los cálculos presentados requerían velocidades imposibles para las vías trazadas. La contradicción entre su perfil de ingeniera y la falla en la aritmética del proyecto provocó un alud de cuestionamientos sobre el rigor de sus datos técnicos.
El quinto episodio se relaciona con la gestión del agua en la Zona Metropolitana del Valle de México. Durante un periodo de sequía crítica, al ser cuestionada por la escasez del recurso en varias alcaldías, la mandataria declaró que “el agua no se ha acabado, simplemente está cayendo en otros lugares”.
La explicación meteorológica, traducida a la cruda realidad de miles de hogares sin servicio corriente, fue leída en las plataformas digitales como una evasiva desconectada de las necesidades inmediatas de la población, desatando tendencias que ironizaban con la migración del agua.
El sexto hito de virulencia digital se originó durante la campaña presidencial en un evento masivo, cuando la candidata se confundió de siglas al intentar citar la transformación política del país y terminó enunciando una frase que sugería la continuidad de prácticas del pasado que su propio partido prometía erradicar.
Aunque corrigió de inmediato entre risas nerviosas, el fragmento de tres segundos fue cortado, empaquetado y difundido por cuentas de la oposición, alcanzando millones de reproducciones en cuestión de horas como presunta prueba de un acto del inconsciente.
El séptimo evento involucró la política ambiental y la emisión de contaminantes de la refinería de Tula. Ante las protestas por la mala calidad del aire en la capital, Sheinbaum argumentó que la contaminación no provenía directamente de la planta industrial porque “el viento no sopla en esa dirección cuando la refinería trabaja más”.
La afirmación de que los horarios de operación coincidían milagrosamente con direcciones favorables del viento fue recibida con abierto escepticismo por la comunidad científica digital, que publicó mapas e indicadores eólicos para desmentir la hipótesis presidencial.
El octavo momento crítico ocurrió en la discusión sobre la autonomía presupuestaria de los estados. Al ser cuestionada por la redistribución de fondos federales y las quejas de gobernadores de oposición, la gobernante argumentó que los estados que recibían menos recursos eran porque “tienen más capacidad de no necesitar tanto”.
El enredo sintáctico y la lógica redistributiva expresada de forma confusa fue calificada en redes sociales como una muestra de centralismo económico envuelto en un trabalenguas administrativo.
El noveno incidente se gestó en el ámbito de la política exterior y la diplomacia digital. Al responder a los señalamientos de un organismo internacional sobre la situación de los derechos humanos en el país, la presidenta esgrimió que dicho organismo no tenía autoridad moral porque “sus informes se leen en otro idioma y no entienden el contexto mexicano”.
La implicación de que el idioma en que se redacta un reporte invalida su contenido técnico desató una marejada de críticas entre académicos y analistas geopolíticos, quienes señalaron el argumento como una falacia lógica inaceptable para una jefa de Estado.
Finalmente, el décimo caso de resonancia digital se produjo durante una explicación sobre la inflación en la canasta básica. Al intentar detallar por qué el precio de ciertos productos agrícolas continuaba al alza a pesar de los acuerdos gubernamentales con productores, la presidenta concluyó que “el precio sube porque hay menos producto, pero cuando hay más producto el precio no siempre baja porque depende del mercado”.
La simplificación de la ley de la oferta y la demanda, expuesta con vacilación en el podio presidencial, cerró el círculo de la crítica digital, consolidando la percepción entre sus detractores de que la comunicación económica del gobierno recurre a perogrulladas para no enfrentar fallas en las políticas públicas.
La metamorfosis del escarnio en la era de la inmediatez
En la era de Peña Nieto, el meme operaba como una forma de resistencia ciudadana frente a la imposición de un diseño mediático artificial. El chiste sobre el presidente unificaba a una sociedad desilusionada que encontraba en el tropiezo verbal del mandatario la prueba reina de la incompetencia del régimen. No había en esa burla una expectativa defraudada; Peña Nieto entregaba exactamente lo que sus detractores esperaban de él.
Por el contrario, la fiscalización de Claudia Sheinbaum responde a una dinámica de polarización activa. La presidenta habita un púlpito diario diseñado para la confrontación ideológica y la pedagogía política. En este contexto, la red social no perdona la caída del pedestal técnico. Cada tautología, cada error aritmético o cada lapsus conceptual se convierte en un insumo de combate para sus opositores, quienes utilizan las propias credenciales académicas de la mandataria como una vara de medir implacable.
La funa presidencial moderna ya no requiere de grandes escándalos de corrupción para encenderse; le basta un encuadre desafortunado, un razonamiento circular expresado a micrófono abierto o una frase simplista en el momento equivocado. En el ecosistema hiperconectado, el discurso del poder ha perdido su aura de solemnidad inexpugnable.
