Detrás de la fachada de un anciano solitario, atento y dispuesto a colaborar en los asuntos comunitarios de la colonia Lomas de San Miguel, en Atizapán de Zaragoza, Estado de México, se ocultaba la figura del feminicida serial prolífico
La historia de Andrés Filomeno Mendoza Celis revela un fenómeno criminológico donde la invisibilidad social y la normalidad cotidiana sirvieron como la pantalla protectora para la perpetración de violencia sostenida durante más de tres décadas
Por. J. Jesús Lemus
El modus operandi de Andrés Filomeno Mendoza Celis se caracterizó por la depredación oportuna y el engaño afectivo o utilitario. Mendoza Celis no recurría a la fuerza bruta ni a la emboscada violenta en la vía pública; su táctica se basaba en la aproximación selectiva a mujeres en situación de vulnerabilidad económica, familiar o emocional.
Solía entablar amistad con sus víctimas en mercados locales, comercios o espacios comunitarios, ofreciéndoles ayuda material, dinero, despensas o falsas oportunidades laborales.
Una vez establecido un vínculo de confianza o dependencia parcial, las atraía a su domicilio situado en la calle Margaritas. Ese inmueble funcionó como un espacio controlado, una trampa arquitectónica diseñada para garantizar la impunidad del delincuente.
Una vez dentro de la vivienda, Mendoza asestaba ataques sorpresivos utilizando armas punzocortantes, aprovechando la asimetría de fuerza física e inmovilizando a las víctimas antes de que pudieran generar una alerta ruidosa en el vecindario.
El proceso posterior al homicidio ponía en evidencia sus habilidades operativas y sus conocimientos técnicos previos como practicante de carnicería.
Mendoza descuartizaba los cuerpos de sus víctimas metódicamente. Retiraba la piel y el tejido muscular con instrumentos específicos de corte, conservaba piezas anatómicas, salaba la carne para prolongar su conservación y empaquetaba los restos en bolsas plásticas.
Los huesos sobrantes y fragmentos no consumidos eran enterrados en las habitaciones o en el subsuelo del inmueble, cubiertos con capas de cemento y cal para sofocar los olores de la descomposición.
El principio criminológico del loco
Desde el análisis criminológico formal, el caso de Mendoza Celis refuta las concepciones simplistas sobre la locura y el delito. En la criminología clásica y contemporánea se estudia el mito del agresor irracional a través de la distinción entre la psicosis y la psicopatía.
El principio que contrapone la locura a la imputabilidad establece que la ausencia de un juicio de realidad alterado distingue al individuo verdaderamente demente del psicópata perverso.
Mendoza Celis no actuó impulsado por alucinaciones auditivas, ni por mandatos divinos o delirios que rompieran su nexo con la realidad observable. Poseía una conciencia plena del carácter ilícito de sus conductas y ejerció una capacidad de planificación metódica para evitar ser descubierto durante décadas.
Mostró un nivel adaptativo elevado dentro de su entorno social: pagaba sus impuestos, participaba en gestiones de política vecinal y mantenía un trato cordial con las autoridades y habitantes de su zona. Esta capacidad para mantener la dualidad entre el ciudadano común y el criminal despiadado demuestra un autocontrol situacional incompatibles con la enajenación mental.
En la clasificación criminológica de asesinos en serie, Mendoza se posiciona como un agresor organizado, caracterizado por la metalicidad en el ocultamiento de las evidencias y la premeditación. Su perfil revela rasgos severos de psicopatía: ausencia total de empatía, instrumentalización afectiva de las personas, manipulación utilitaria y falta de sentimiento de culpa.
El uso de fetiches o trofeos —tales como calzado de mujer, identificación oficial, accesorios, ropa interior y la fijación por grabar en video las mutilaciones— responde a una necesidad de dominación prolongada. Al conservar los objetos personales de las víctimas y llevar libretas de registro detallado donde anotaba nombres, fechas y pesos de los restos, Mendoza perpetuaba el acto de posesión sobre las mujeres incluso años después de haberlas privado de la vida.
La práctica del canibalismo en este expediente criminológico no responde a un móvil de necesidad nutricional, sino a una dinámica de consumo simbólico e ingesta asimilativa. Al descuartizar, cocinar y consumir la carne de las víctimas, el agresor ejercía la forma definitiva de control y destrucción del objeto deseado o rechazado. El canibalismo actuaba como el estadio supremo de la cosificación humana, convirtiendo a la persona en un producto sustituible y descartable.
Relación de víctimas y desarrollo de la evidencia
Las investigaciones ministeriales y periciales forenses permitieron reconstruir la presencia de múltiples víctimas en el domicilio de Atizapán mediante la exhumación de miles de restos óseos y evidencia documental. Aunque los indicios sugieren que el número de agresiones fatales supera las dos decenas, la reconstrucción histórica ha logrado documentar de manera detallada el trágico destino de varias de ellas:
Flor Nínive Vizcaíno, una mujer de 38 años de edad y madre de familia, desapareció en el año 2016 tras entablar contacto con el agresor. Mendoza aprovechó la cercanía afectiva y la confianza generada para atraerla a su propiedad.
En ese espacio se ejecutó el homicidio y la posterior desmembración del cuerpo. Sus pertenencias, al igual que sus credenciales de identificación, fueron retenidas por el agresor como trofeos de dominio en el sótano del inmueble.
Rubicela Gallegos, de 32 años y originaria del estado de Nuevo León, llegó a la zona metropolitana en búsqueda de oportunidades laborales para brindar sustento a su hijo. Desapareció en el año 2019 tras ingresar a la red de contacto del agresor.
El patrón violento se repitió de forma sistemática: neutralización física, asesinato con arma blanca y el ocultamiento de la evidencia biológica mediante técnicas de carnicería.
El caso de Reyna González Amador, de 34 años de edad, marcó el punto final en la trayectoria delictiva de Andrés Filomeno Mendoza. González Amador mantenía una relación comercial y de amistad previa con Mendoza, quien solía ayudarla en el traslado de mercancía para su negocio local.
En mayo de 2021, la víctima acudió al domicilio del feminicida para adquirir productos. Al no regresar a su hogar, su entorno cercano inició una búsqueda inmediata. A diferencia de ocasiones anteriores donde la falta de una línea directa de investigación postergó el hallazgo de las desaparecidas, el cónyuge de la víctima rastreó la última ubicación confirmada de Reyna hasta el domicilio de Mendoza Celis.
Al ingresar por la fuerza a la vivienda, se descubrió el escenario del crimen. El cuerpo de Reyna se encontraba sobre una mesa de trabajo, desmembrado y en proceso de conservación de tejidos. El hallazgo flagrante derivó en la detención inmediata del anciano y en la intervención de los servicios periciales de la Fiscalía General de Justicia del Estado de México.
Las excavaciones sistemáticas realizadas en el suelo de la casa sacaron a la luz miles de fragmentos óseos, cabelleras, rostros desollados, calzado femenino, bolsos de mano, maquillaje, libretas de notas escritas de su propia mano y cintas de video grabadas por el propio agresor.
Las evidencias científicas corroboraron que el espacio había funcionado como un rastro clandestino durante décadas, confirmando la existencia de un agresor serial con un nivel de arraigo e impunidad extendido en el tiempo.
El expediente criminológico de Andrés Filomeno Mendoza Celis demuestra cómo la mezcla de discreción social, selección de víctimas vulnerables, destreza técnica en el manejo de restos y la omisión o lentitud de los sistemas institucionales de búsqueda de personas desparecidas permitieron que la violencia feminicida se ejerciera de forma ininterrumpida.
El sujeto no actuó bajo el descontrol de la locura clínica, sino mediante la fría ejecución de un plan de satisfacción sadocaníbal sostenido por la perversión y el cálculo punible.
