La liturgia del engaño: Chiapas y el teatro de la alfabetización

Por. Luz del Alba BELASKO

Hay lugares que cargan con el peso de ser espejo. Chiapas es uno de ellos: territorio donde México se contempla a sí mismo y decide, con la obstinación de los imperios que se niegan a morir, maquillar lo que ve. La elección de San Juan Chamula y San Cristóbal de Las Casas como escenario del Día Internacional de la Alfabetización no es un homenaje a la educación, sino la consagración de una mentira vestida de gala. Es la ceremonia del vacío, el ritual de una nación que ha hecho del simulacro su más refinada forma de gobernar.

Hablemos, pues, de lo que no se dice en los discursos. Hablemos de un estado que ocupa el último lugar nacional en movilidad social, donde el 59.8 por ciento de sus habitantes padece pobreza laboral —más del doble del promedio del país— y donde el ingreso per cápita apenas roza la mitad de lo que un mexicano promedio gana. Hablemos de Chiapas, ese sur profundo donde la selva se desangra a razón de tres mil hectáreas anuales y donde la frontera con Guatemala se ha convertido en una herida abierta de tráfico, violencia y derechos humanos pisoteados. Hablemos de la verdad, esa dama incómoda que rara vez es invitada a los convites del poder.

Y, sin embargo, ahí están: los guardias presidenciales, los militares, los operadores políticos, la inteligencia encubierta. Ahí están, desplegados como si se tratara de una ocupación militar en territorio hostil, custodiando no la alfabetización sino el miedo. Porque el aparato de seguridad que rodea este evento delata exactamente lo que se pretende ocultar: que Chiapas no es seguro, que la narrativa oficial es una ficción, que el emperador —como en el cuento— está desnudo y solo los aduladores fingen verle el traje.

Gramsci lo advirtió con la precisión de un cirujano del alma colectiva: cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no alcanza a nacer, en ese claroscuro surgen los monstruos. Y México, ese país que se niega a mirarse de frente, ha decidido que el claroscuro es su hábitat natural.

La UNESCO como instrumento de una farsa

Conviene desmontar el mito: la UNESCO no llega a Chiapas movida por un reconocimiento técnico. Los organismos internacionales, como las cortesanas de antaño, acuden donde el poder los invita, con los recursos que el poder les otorga, a cambio de la legitimidad que el poder necesita. El evento del 8 y 9 de septiembre es, en esencia, una operación de imagen pública donde el anfitrión paga, la institución avala y la realidad queda sepultada bajo capas de retórica hueca.

La subdirectora general de la UNESCO, Lidia Arthur Brito, es recibida con la pompa reservada a los virreyes de la colonia, mientras el gobernador Ramírez despliega una hospitalidad que contrasta con la miseria de los municipios que gobierna. Ministros de varios países desfilan por San Cristóbal como si visitaran un museo viviente, ajenos a la ironía de celebrar la alfabetización en un estado donde 514,962 personas mayores de quince años no saben leer ni escribir, y donde 1,850,000 arrastran un rezago educativo que se reproduce como un destino inexorable.

El programa “Chiapas Puede” —ese oxímoron administrativo— reporta haber alfabetizado a 150,000 personas. Pero el consumo de libros en la entidad es de 0.8 a 1.5 ejemplares por persona al año, frente al promedio nacional de 3.2. ¿Qué alfabetización es esa que no produce lectores? ¿Qué triunfo es ese que no se refleja en los hábitos, en las oportunidades, en la movilidad social? Es la alfabetización del simulacro: la que sirve para la foto, no para la vida.

La seguridad como máscara del miedo

El despliegue de seguridad en San Cristóbal es, quizá, el detalle más revelador de esta farsa. Las “trokas de la austeridad” —como las bautiza el ingenio popular— atestadas de policías y guaruras. Los elementos del supuestamente extinto Estado Mayor Presidencial, resucitados como fantasmas de un autoritarismo que se niega a morir. Los “pakales” recorriendo el centro histórico, con la solemnidad de quienes protegen algo que saben frágil.

¿Qué protegen? ¿A los ministros de educación de países africanos que acuden a aprender de la experiencia chiapaneca? ¿A los funcionarios que vienen a pronunciar discursos sobre el poder transformador de la lectoescritura? No. Protegen la narrativa. Protegen el relato de una transformación que no existe. Protegen la versión oficial de un México que prefiere blindarse contra la realidad antes que enfrentarla.

Porque si algo delata el dispositivo de seguridad es precisamente lo que se quiere negar: Chiapas no es seguro. La presencia militar no es garantía de orden, sino confesión de fracaso. Y la presidenta Claudia Sheinbaum, que seguramente acudirá a dar su aval a esta simulación, gasta más recursos en este espectáculo que en el dichoso programa “Chiapas Puede”, con sus indicios de desvío de recursos y sus jóvenes de la corrupta COBACH sin pago por su labor alfabetizadora.

La herida de la selva y el silencio de la frontera

Hay una geografía que no aparece en los discursos. La Selva Lacandona ha perdido el 72 por ciento de su extensión original, y cada año se desangran tres mil hectáreas más. El 44 por ciento de la palma africana —ese cultivo voraz que devora ecosistemas— se encuentra en zonas que alguna vez fueron selva. Mientras tanto, la frontera con Guatemala es un territorio sin ley, donde el tráfico de personas, las violaciones a derechos humanos y la violencia de los grupos criminales se han naturalizado como parte del paisaje.

Y, sin embargo, ahí está la ironía suprema: se busca certificar a San Juan Chamula como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y nombrar al volcán Tacaná como Geoparque Mundial de la UNESCO. Como si los reconocimientos internacionales pudieran suturar las heridas de un territorio que se desangra. Como si el título de patrimonio pudiera alimentar a los hambrientos, educar a los ignorantes, proteger a los migrantes que cruzan la frontera con la esperanza rota y el miedo en la garganta.

La bienvenida surreal del aeropuerto de Chiapas —ese “corazón de selva” de plástico que saluda a los visitantes— es el símbolo perfecto de esta era: la naturaleza reducida a decoración, la identidad convertida en mercancía, la cultura disecada para el consumo turístico.

El espejo roto

Dice Carlos Fuentes, en algún rincón de su vasta obra, que México es un país que ha vivido de espaldas a sí mismo, negándose a reconocer sus contradicciones hasta que estas estallan en violencia. Chiapas es el espejo roto donde esa negación se vuelve insoportable. Porque no se trata solo de alfabetización: se trata de la movilidad social que se estanca, de la economía que no produce, de la migración que se convierte en la única salida, de las remesas que sostienen lo que el Estado abandona, de las transferencias públicas que mantienen a las comunidades en una dependencia estructural que se confunde con la paz social.

El semáforo de movilidad social del CEEY pinta a Chiapas de rojo intenso: el 31.48 por ciento de la población que no estaba en pobreza laboral cayó en esa condición durante el último año. Cada cifra es un rostro, una familia, un futuro que se desvanece. Y mientras tanto, el poder celebra. Mientras tanto, la UNESCO aplaude. Mientras tanto, la simulación se perfecciona como forma de arte.

Bienvenidos a Chiapas, ese estado donde la realidad es más tenaz que el discurso, donde los datos se rebelan contra la propaganda, donde la selva arde mientras se discuten títulos honoríficos. Bienvenidos a la liturgia del engaño. Bienvenidos al México de la simulación.

Que alguien apague las luces del escenario. Que alguien abra las ventanas. Que entre el aire de la verdad, aunque duela, aunque queme, aunque nos obligue a mirar lo que somos: un país que no termina de nacer porque se niega a enterrar a sus muertos.