Estos son los gobiernos de derecha que preocupan, por su avance, a los gobiernos narco populistas como el de la 4T

Por. J. Jesús Lemus

El reordenamiento geopolítico global atraviesa un momento de profunda transformación estructural. Aquella marea rosa que durante la primera década del siglo XXI dominó América Latina y aquellos consensos socialdemócratas que vertebraron a la Unión Europea parecen ceder terreno de forma acelerada. En su lugar emerge un bloque conservador, heterogéneo y pragmático, que ha logrado sintonizar con el desencanto ciudadano mediante un discurso volcado hacia el orden, la mano dura en materia de seguridad y la liberalización económica radical.

Desde los despachos de Palacio Nacional en la Ciudad de México y en diversos foros continentales donde resuena el proyecto de la Cuarta Transformación, la expansión de estas corrientes es observada con innegable preocupación geopolítica. La narrativa oficial que durante años situó a las fuerzas progresistas como las únicas herederas de la justicia social enfrenta hoy una doble tenaza: el cerco electoral de una derecha que conquista las urnas y la fractura interna de una izquierda tradicional que cuestiona abiertamente la deriva de ciertos gobiernos de la región.

Para comprender esta reconfiguración es indispensable establecer cómo las viejas banderas del socialismo democrático se han distanciado de regímenes señalados por su autoritarismo y su colusión con estructuras delictivas, así como mapear con precisión los liderazgos que hoy encabezan esta embestida conservadora tanto en Europa como en el continente americano.

El socialismo, despedazado por el dinero del narco

El debate político contemporáneo exige distinguir entre el pensamiento socialista histórico y la praxis de varios gobiernos que en los últimos años asumieron la etiqueta del progresismo latinoamericano. El ideal socialista clásico, construido sobre la colectivización de los medios de producción, la redistribución equitativa de la riqueza, la defensa de la clase obrera y el fortalecimiento de la institucionalidad pública, contrasta agriamente con la realidad de varios regímenes del siglo XXI.

Referentes de la izquierda internacional sostienen que gran parte de los proyectos que hoy se autoproclaman progresistas han devenido en un fenómeno de corte populista y asistencialista, permeado por la cooptación de las instituciones y la tolerancia, cuando no la complicidad, con las organizaciones del crimen organizado. El concepto de narco populismo describe justamente esa simbiosis donde el Estado utiliza la entrega directa de subsidios para consolidar bases electorales cautivas, al tiempo que cede el control territorial a carteles del narcotráfico a cambio de gobernabilidad o financiamiento opaco.

Esta metamorfosis provocó un cisma inevitable. Académicos, intelectuales y dirigentes del socialismo democrático histórico han emprendido un paulatino pero firme distanciamiento. Quienes defienden la tradición socialdemócrata o el socialismo ético argumentan que la captura del Estado por parte de mafias criminales, el debilitamiento de la división de poderes y la erosión de las libertades civiles distorsionan por completo la matriz de pensamiento de la izquierda. Para estos sectores, el narco populismo no constituye una variante del socialismo, sino su antítesis: una degradación del aparato estatal que sacrifica el desarrollo integral de las naciones a cambio de la permanencia perpetua en el poder.

Este vaciamiento ideológico de las izquierdas ha dejado un enorme vacío de representación. La ciudadanía, acorralada por el aumento vertiginoso de la violencia, la extorsión sistemática y la parálisis económica, dejó de percibir en el discurso progresista una solución a sus problemas cotidianos. Es en ese foso de descontento social donde la derecha contemporánea ha encontrado un terreno fértil para edificar sus victorias.

América Latina se olvida de las izquierdas

América Latina ha dejado de ser el bastión inexpugnable de las fuerzas progresistas. El péndulo electoral se ha desplazado hacia figuras que combinan posturas de libre mercado con políticas de seguridad de altísima severidad, un fenómeno que incomoda de manera directa la proyección regional del gobierno mexicano.

En Argentina, el economista Javier Milei irrumpió en la Casa Rosada encabezando un experimento libertario sin precedentes en la historia reciente de la región. Con un discurso centrado en el recorte drástico del gasto público, la eliminación de ministerios y el enfrentamiento directo con lo que denomina la casta política, Milei se ha consolidado como un referente regional. Su estrategia de desregulación masiva y su alianza abierta con las corrientes más conservadoras de Washington generan una seria preocupación en los gobiernos de la trinchera izquierda, que ven en el modelo argentino una amenaza contra el concepto del Estado de bienestar.

El fenómeno de la mano dura tiene su epicentro en El Salvador con Nayib Bukele. Aunque su origen político no provino de la derecha tradicional, su gestión al frente del Ejecutivo salvadoreño ha articulado un régimen de excepción permanente, la construcción de infraestructura penitenciaria de máxima seguridad y una retórica abiertamente antipolítica. Bukele ha demostrado que la centralización del poder y el aplastamiento de las pandillas generan cotas inéditas de popularidad, convirtiéndose en el espejo donde se miran los candidatos conservadores de todo el hemisferio.

En Ecuador, Daniel Noboa ha encarado la crisis de inseguridad mediante la militarización de los puertos y las prisiones, declarando el conflicto armado interno contra los carteles de la droga que operan en el Pacífico. Noboa ha demostrado que el electorado está dispuesto a respaldar liderazgos pragmáticos de centro-derecha si estos priorizan la pacificación del territorio por encima de las garantías procesales tradicionales.

Hacia el Cono Sur, la llegada de José Antonio Kast a la presidencia de Chile representó un giro sustancial en el panorama regional. Kast, un abogado de marcada tendencia ultraconservadora, logró capitalizar el malestar social derivado de la crisis migratoria y el aumento de los delitos violentos. Su plataforma de gobierno, enfocada en el fortalecimiento de las fuerzas armadas, el control estricto de las fronteras y la defensa de los valores tradicionales, liquidó la hegemonía del proyecto progresista chileno y reabrió el debate sobre el equilibrio ideológico en el Mercosur.

El avance de este bloque se extiende a otros países de la región. En Bolivia, Rodrigo Paz logró romper décadas de hegemonía del Movimiento al Socialismo impulsando una agenda de reactivación económica y apertura comercial. En Honduras, el triunfo de Nasry Asfura marcó el retorno de la derecha al poder tras años de convulsión política bajo el mandato de la izquierda. De igual manera, Costa Rica experimenta un viraje bajo la conducción de Laura Fernández, mientras que en Colombia la victoria del abogado Abelardo de la Espriella instaló un discurso de confrontación contra las estructuras del narcotráfico y la guerrilla. En Perú, el protagonismo de Keiko Fujimori reafirma la fortaleza de los sectores conservadores en los órganos del poder público.

Se erosiona el discurso del pueblo y las izquierdas

Para la administración mexicana y sus aliados ideológicos, la consolidación de este corredor conservador latinoamericano entraña un aislamiento geopolítico paulatino. La posibilidad de construir consensos en organismos multilaterales o en espacios de integración regional se erosiona a medida que los nuevos mandatarios asumen el poder con un discurso abiertamente crítico hacia el modelo de la 4T.

A la par de los vertiginosos cambios en América Latina, el continente europeo atraviesa un ciclo político caracterizado por la consolidación de partidos conservadores, soberanistas y de derecha radical en el centro de las decisiones comunitarias.

En Italia, Giorgia Meloni se ha establecido como la figura más relevante de esta ola europea. Al frente del gobierno en Roma, Meloni ha logrado articular una fórmula que combina el rigor fiscal exigido por Bruselas con una postura inflexible en materia de contención de la inmigración irregular y la defensa de la identidad nacional. Su capacidad para institucionalizar a la derecha radical dentro del marco de la Unión Europea sirve de modelo para otros movimientos del continente.

En Hungría, Viktor Orbán continúa siendo el referente ideológico de lo que él acuñó como la democracia iliberal. Su retórica basada en el rechazo a las políticas migratorias comunitarias, la protección de la familia tradicional y la firmeza soberanista frente a las directivas de las instituciones europeas ha influido de manera decisiva en la política del Viejo Continente.

El panorama europeo se completa con la participación o el respaldo legislativo de fuerzas conservadoras en países como Finlandia, Eslovaquia y Croacia, además del notable crecimiento electoral que la Alternativa para Alemania (AfD) registra en el motor económico de Europa. Esta reconfiguración dificulta la adopción de agencias globales enfocadas en la transición ecológica o la migración abierta, promoviendo en su lugar agendas centradas en la seguridad nacional, el proteccionismo industrial y la recuperación de competencias por parte de las naciones soberanas.

El ascenso coordinado de estos liderazgos en ambos lados del Atlántico obedece a un cambio fundamental en las prioridades de las sociedades contemporáneas. Frente a una narrativa progresista que con frecuencia se enfocó en la agenda de derechos de las minorías y la ampliación del gasto social, las corrientes conservadoras han logrado articular respuestas enérgicas ante las dos principales ansiedades de la época: el deterioro de la seguridad pública y el estancamiento económico.

El fenómeno criminal, exacerbado por la expansión de redes delictivas transnacionales, transformó la demanda de orden en una exigencia primaria de las poblaciones. Promesas electorales basadas en la construcción de infraestructura penitenciaria masiva, la presencia militar en las calles y la modificación de los códigos penales se convirtieron en plataformas invencibles frente a discursos que apelaban a la prevención del delito a través de programas asistenciales.

En el plano económico, la inflación y el déficit fiscal erosionaron la confianza en los modelos basados en la expansión de la deuda y el gasto estatal. La propuesta de desregulación, reducción impositiva y atracción de inversión privada formulada por los nuevos liderazgos de derecha ha sido percibida por amplios sectores como una vía pragmática para estimular la productividad y la generación de empleo.

Por inservible, el socialismo será erradicado

El mapa geopolítico actual expone una realidad ineludible para el gobierno mexicano y sus afines: el ciclo de dominio irrestricto de las izquierdas en la región ha concluido. El recelo con el que la 4T observa el triunfo de figuras como Milei, Kast, Noboa o de la Espriella responde no solo a divergencias ideológicas, sino a la constatación de que las premisas sobre las que construyeron su proyecto político enfrentan hoy un contrapeso eficaz y respaldado en las urnas.

El distanciamiento de los verdaderos movimientos socialistas respecto a gobiernos manchados por la corrupción y la penetración del crimen organizado ha privado al progresismo de su autoridad moral tradicional. En este nuevo escenario, la derecha no opera como una fuerza marginal ni de resistencia, sino como una alternativa articulada que gobierna, impone la agenda pública y transforma las estructuras del poder global.